
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 15 (2), 2024, pp 84 - 97
ISSN 2815-6994 (en linea) DOI: doi.org/10.60139/InterPsic/15.2.7
90 / FLAPPSIP
que se irán complejizando, sufrirán transcripciones, recomposiciones y
resignicaciones. También hay diferencias respecto del objeto, asentado
en las sensaciones corporales: sensaciones de borde, de ritmos, tonos de
voz del otre, la erogeneidad de la piel y zonas erógenas. Estas diferencias
de excitación pueden devenir intrusivas o ligadoras, dependiendo de las
vías colaterales que el adulte propicie, vaya instalando y de las incipien-
tes capacidades ligadoras del cachorro, en tanto metaboliza, recompone
lo que le viene del semejante.
Avanzando nos encontramos con el segundo tiempo de la vida psíquica
caracterizado por la constitución de la represión originaria y la instau-
ración del Yo- representación narcisista, que sepulta los representantes
del autoerotismo en el inconsciente, fundándolo.
La represión originaria, cuya fuerza tendrá origen en las represiones
pautadas por el adulto, sepultará los representantes pulsionales autoe-
róticos, dando origen al inconsciente en sentido estricto, a un primer cli-
vaje tópico. En este movimiento de clivaje, se va a instalar el proceso se-
cundario, en tanto tenemos el preconsciente como instancia, que tiene
sus legalidades y contenidos propios, sede de la lógica (de la temporali-
dad y espacialidad, la negación, y el tercero excluido) y el Yo como lugar
de investimentos narcisistas, sede del sujeto y de la signicación.
Ahora bien, al decir de Bleichmar (1993):
el famoso ‘acto único’ que propicia el pasaje del autoerotismo al narci-
sismo, no puede ser concebido sino como momento de salto estructural
cuyos prerrequisitos están ya en funcionamiento a partir de los cuidados
tempranos que la madre prodiga, de las ligazones que ella propicia a
partir de la disrupción misma que su sexualidad instaura (p. 46).
Si bien, a modo de aporte, podríamos cambiar “madre” por “semejante”,
des- generizándolo, lo relevante es que estos saltos estructurales no son
sin génesis, sino que cada momento psíquico va encontrando sus mate-
riales (o no) en el que le precede.
Hay en este momento, vía identicación primaria a la propuesta identi-
catoria del adulto, una asunción totalizante del yo y también del género
–que puede o no ser la propuesta por el otre y la cultura–.
Si el adulto ejerce una apropiación ontológica, si le dice qué y quién es,
en principio es indudable que en este ejercicio la determinación mascu-
lino/femenino es central y se rige por cierta propuesta de concordancia
establecida socialmente entre el sexo biológico y la identidad propuesta
(Bleichmar, 2006, p. 99).
Esta asunción del conjunto representacional como propia es anterior a
la diferencia sexual anatómica. Laplanche (1988) siguiendo a Freud sitúa
que hay una diferencia de géneros “pre-castratoria”: “[…] con anteriori-
dad a la problemática de la castración, hay la admisión de una distinción
entre hombre y mujer, y que el niño se ubica en esta distinción, del lado
de los varones o del lado de las niñas” (p. 43). Más allá de la propuesta
clásica, se apunta a que hay en el niñe una distinción de géneros en este
momento que precede a la diferencia anatómica. Cuando la inscripción
de esta última advenga, se recompondrá y resignicará la asunción del