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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 1 (1), 2013, pp 11 - 27
ISSN 2815-6994 (en linea)
Sin embargo, la pulsión sometida a un único objeto se marchita, se replie-
ga, se vuelve contra sí misma y se transforma en lo contrario. Donde hubo
fuerza, debilidad ha de advenir. En los devenires de la pulsión sexual y su
fuerza motora, la libido, la vida se nos va pasando y, si algo es un boleto
de ida, es -al menos yo dudas no tengo- la vida. Por eso es necesario y
también placentero, pensar cómo sostenemos la vida del psicoanálisis,
pensando a éste como un dispositivo teórico, técnico y político. Si en lugar
de dispositivo decimos “sistema”, podemos avanzar en algunas ideas. La
teoría general de los sistemas plantea que todo sistema viviente necesita
estar abierto a su ecosistema. A través de una frontera porosa intercam-
bia “energía, materia e información” ¿Por qué no pensar al psicoanálisis
como un sistema viviente para el cual el acto de intercambio con el ecosis-
tema es, justamente, la interpelación por diferentes contextos? Contexto,
ecosistema., diferentes maneras de decir lo mismo, premisa desde la cual
la transdisciplina se hace posible. Esa interpelación que los contextos ha-
cen al “sistema psicoanálisis”, permite el intercambio necesario para pro-
logar y complejizar la “vida psicoanalítica” en su dimensión teórica, técni-
ca y política. De esta forma, es posible la descarga de lo que denomino
pulsión de autoconservación del psicoanálisis. La multiplicidad de objetos
en los cuales esta descarga es posible es directamente proporcional a la
diversidad de contextos que podamos percibir desde nuestra implicación.
Nadie puede ver desde sus escotomas. Recordemos que el escotoma es
un punto ciego de percepción. Escotomas de clase, de género, de origen,
ideológicos, afectivos, sexuales, etc, hacen que la interpelación posible
naufrague en un pseudo diálogo de sordos o al menos, de hipoacúsicos
severos. Si las fronteras del “sistema psicoanálisis” dejan de ser porosas y
comienzan a calcicarse, a esclerosarse, los contextos golpean pero nadie
les abre. Roberto Castel, sociólogo recientemente fallecido, denominó a
esta forma del psicoanálisis esclerosado “psicoanalismo”. No por suerte,
sino por mucho trabajo de muchos colegas, hay terapias de rejuveneci-
miento para nuestra “anciana dama psicoanalítica”. El fundante: dejarse
interpelar, dejarse criticar, dejarse cuestionar (Bauleo, 1971). Sostener
dentro del sistema psicoanálisis ese pedido de Rodolfo Walsh: “sienta la
satisfacción moral de un acto de libertad”. Satisfacción de una moral sin
dogmas. O lo que es casi lo mismo: de una moral no superyoica. Cuando
propiciamos y sostenemos esta magia del intercambio fundante, la mara-
villa acontece. El contexto pasa a ser texto instituyente. Y entonces los
dogmas esclerosados son conmovidos primero y arrasados después. Es
posible escribir un nuevo evangelio laico. Recibir la “buena nueva” o el
“alegre mensaje”, la novedad radical. Por eso sostengo que hay un psicoa-
nálisis del palacio, esclerosado, academicista, dogmático, de catequesis y
ecolalia, para el cual no hay “nada nuevo bajo el sol de Villa Freud”.1 Pero
hay otro, un psicoanálisis de la plaza, que no solamente se abre a otros
contextos, a otros ecosistemas, sino que además, los va creando. Hacien-
do psicoanálisis al andar. El consultorio se desterritorializa y la buena nue-
va puede ser apropiada en diferentes espacios. La militancia social y polí-
tica que sostengo desde hace cuatro décadas es también, desde el
1 Villa Freud: zona de la ciudad de Buenos
Aires donde en las décadas del 60, 70
había la mayor densidad de psicoanalistas
por metro cuadrado. En la actualidad, hay
consultorios de psicoanalistas en toda la
ciudad y en zonas de lo que llamamos el
“conurbano”