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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 1 (1), 2013, pp 134 - 138
ISSN 2815-6994 (en linea)
LAS
“COMALETZIN”
Carolina Flórez Dyer
Psicóloga Clínica, Psicoterapeuta en formación de la
Escuela del Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima;
profesora de la Universidad de Ciencias Aplicadas en la
carrera de psicología.
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FLÓREZ DYER C. (2013) LAS “COMALETZIN”
Intercambio Psicoanalítico 1 (1),
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC By 4.0)
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En Zautla aprendí que “comaletzin” le dicen a las comadres, aquellos
personajes femeninos que comparten las tareas de crianza, o como les
dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: partera,
vecina y amiga con quien tiene otra mujer más trato y conanza que con las
demás. Esta historia se trata de varias “
comadres
” de un grupo de niñas
internadas en un nuevo hogar, inaugurado en 2007, para el cuidado de
menores en situación de vulnerabilidad, abandono y extrema pobreza,
derivadas por el Ministerio de Justicia de Lima - Perú, para su protección.
La primera terapeuta - comadre de ellas inició el trabajo fundador del
pequeño hogar, rescató a varias de ellas de situaciones y lugares inena-
rrables e instaló en sus vidas la experiencia primera de la terapia y de la
esperanza. Con gran pena para las pequeñas y agotamiento de ella mis-
ma tuvo que dejarlas, conando en que una comadre” - terapeuta po-
dría recibirlas a todas y continuar su labor. Ese fue el encargo que recibí
y que compartí con mi supervisora -
“vecina”
– (¿comadre?) que aceptó
el reto de mirar a través de mis ojos inexpertos y acompañar el proceso
hasta el nal. Sus edades uctúan entre los 2 y los 6 años, y los moti-
vos por los cuales se encontraban allí eran diversos: pornografía infantil,
abuso sexual, violencia familiar, pobreza extrema, abandono, orfandad.
Ellas también se convirtieron en
“comaletzin”
, porque me inauguraron
en mi aprendizaje como terapeuta infantil, en muchos desarrollos de
mi feminidad, en la intensidad del vínculo y sobre todo porque me en-
señaron a amarlas profundamente como grupo y como seres capaces
de luchar determinadamente frente a las adversidades. Comparto con
ustedes unas líneas que dibujan apenas la silueta de estas pequeñas
mujercitas aguerridas, con las que viví intensamente el dolor, la dignidad
y la alegría del ser humano.
D., 2 años, padres desconocidos, vivió hasta el año y medio en la
calle en la mendicidad, fue “vendida” a una pareja con la que vivió
unos meses.
D. llegó al hogar sin hablar una palabra y así permaneció
mucho tiempo, inmutable e imperturbable, moviéndose pesadamente
sólo para acercarse a la comida. D. inauguraba las sesiones con los ri-
tuales de comer y bañar al bebé. Transitamos a construir torres, a la
pelota escondida, a las telas de distintas texturas y colores rozando su
piel y allí apareció la primera sonrisa y la palabra en su media lengua en
la sesión: “Nananina” (mi nombre) y “tpta” (aquí está). Me hallaba distraí-
da construyendo una torre y D. me empezó a jalar de la manga enojada,
pidiéndome jugar con los animales: su demanda y autonomía estaban
creciendo y de allí en adelante hubo variación. Recuerdo con gusto que
las sesiones nales me recibía con el pelo revuelto y sonriente y la cui-
dadora me decía: “¡se ha rebelado!” (con “b”) y yo pensaba que, sí pues,
se ha revelado (con “v”), sentí alivio que se hiciera sentir como persona.
LAS
COMALETZIN
Carolina Flórez Dyer1
1 Psicóloga Clínica, Psicoterapeuta en
formación de la Escuela del Centro
de Psicoterapia Psicoanalítica de
Lima; profesora de la Universidad de
Ciencias Aplicadas en la carrera de
psicología.
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A., 2 años y medio, huérfana de padres VIH, abandonada desde su
nacimiento en un hospital.
A. llamó mi atención por su delgadez, su
piel pálida y la agilidad de sus movimientos constantes, caminando de
un lugar al otro. Hacía esfuerzos por no caerse, cosa que le ocurría con
frecuencia y hablaba ininteligiblemente sin parar. Empezó vaciando la
caja y tocando todo sin orden ni concierto. Pegábamos en las paredes
sus garabatos, los que señalábamos diciendo su nombre y cubrimos la
ventana con varias telas, buscando su privacidad e individualidad. Deba-
jo de la mesita pedía que la hiciera dormir y comer juntas y reprodujo
varias de las escenas vividas como injustas cotidianamente por A. en el
hogar. Muchas veces me sentí impotente, como cuando hizo pataletas
feroces, llorando desgarradoramente, o como cuando se quedó dormi-
da durante la mitad de una sesión. La tentación de acariciarla para aten-
der su desvalimiento fue grande y el recurso de la voz y el juego parecían
insucientes. Pero A. empezaba cada vez con una voluntad de acero a
construirse de nuevo sobre lo anterior.
M., 3 años, padre desconocido, madre adicta, abandonada por ex-
trema pobreza.
Se presentó ante mí desde la primera sesión, mirán-
dose al espejo: “soy M. y me gusta dibujar”. Me conmovió desde el prin-
cipio que M. quisiera salir de la institución, a tres meses de llegar como
sintiendo que no saldría tan fácilmente de allí. Golpeaba su cabeza en
la ventana, rompía cosas, demandaba que la fueran a visitar, y que me
la llevara lejos de allí. Nos inventamos un juego en el que cruzábamos
calles y llegábamos “al parque”, donde jugábamos a las canicas y los ca-
rritos o a subirnos a un tren y viajar por paisajes inventados. En una oca-
sión me comunicaron que no podría seguir atendiéndolas. Probable-
mente M. estaba al tanto, porque me pidió que le hiciera siete personas
con plastilina y las cubrió solemnemente, como en un entierro, como en
mi corazón. M. se estaba despidiendo también de una etapa y entrando
a otra. Jugaba con la muñeca que hacía “unas cacotas” que luego echaba
a unas bolsas y también las enterraba. En las últimas sesiones, me pidió
que le hiciera “stickers” que se puso en las manos y ella hizo otros para
mi, como sellando la reciprocidad de nuestro vínculo.
J., 5 años, ingresó en 2007 con su hermana V., sus padres adictos, las
sometieron a pornografía por Internet.
Tuvimos que trabajar nues-
tra separación desde que J. y yo nos conocimos. Se le hacía intolerable
la despedida y nos inventamos muchos rituales: cintitas de pabilo para
que contara los días que había entre sesión y sesión, una cadena inmen-
sa de pabilo que rodeara el consultorio, salía al baño conmigo y entraba
como si empezara otra sesión, dibujos que pegaba en la cabecera de
su cama. Su inseguridad por los diversos traumas y la rivalidad con su
hermana mayor, pasó una prueba más: descubrieron que no tenía 3
años, sino 5. Jugábamos su angustia en la escuelita, colocando muchos
espectadores frente a los cuales ella dibujaba letras en la pizarra. Pron-
to se convirtió este juego en un escenario más complejo. En la pizarra,
que ponía detrás de ella, dibujaba objetos como frutas, ropa, utensilios,
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mezclados con monstruos terrorícos, que luego me pedía reproducir
en hojas de papel como “fotos”, hasta que se animó a representar varias
de las poses en las que fue retratada. Su mejoría en las últimas sema-
nas fue notable y se despidió diciéndome que se iría de “viaje a la playa”,
soltando la cámara que tenía sujeta, para que yo la sostuviera y nos
liberáramos de su dependencia al dolor y a la vergüenza.
N., 5 años, ingresó en 2007 por abuso sexual, la justicia no termina
de aclarar el grado de implicancia de su padre, su madre la abando-
nó a los 9 meses.
N. me recibió con los brazos abiertos: “… (mi nombre)
ha traído cosas nuevas” declaró a las demás cuando terminó la primera
sesión. Su temperamento expansivo la llevó a inventar nuevos juegos
siempre. A partir de una sesión de “teatro”, armando un escenario con
las telas de distintos colores, construimos un circuito en el que salta-
ba, rodaba, caminaba en puntas de pie, mirándose al espejo con placer.
También mostró su temor al erotismo que despertaba en ella su padre,
escenicando la hora de dormirse en su hogar, o el juego con la goma
en barra esparciéndose por sus manos. Luego empezó a jugar un poco
más con su feminidad: Construimos un “salón de belleza”, en la que me
pedía una vez un peinado especial, o la manicure y hasta la pedicure. Me
pregunté muchas veces quién le enseñaría a ser mamá. Tuvo mucha cu-
riosidad por mi vida personal, por saber si tenía hijos, por querer regis-
trar mi cartera, por identicar mi automóvil, y también por la frustración
de un vínculo que tenía un término. Miraba la ventana al anochecer y
me preguntaba por los otros niños que tenían un hogar en las luces que
identicaba más allá del consultorio. N. siempre supo mirar más allá.
Y., 5 años, separada de sus padres por la justicia en 2008, por vio-
lencia familiar.
Y. supo desde que ingresó, que sus padres vendrían
por ella. Tal vez por ello, pasó mucho tiempo en el que no me permitía
intervenir en los juegos que desplegaba ante mi, escenicando muchas
veces procesos edípicos, en los que era rescatada por su padre, simbo-
lizado por un indio, o atacada por animales feroces, como sus impulsos,
o la agresión entre sus padres. Dibujaba a niños que se portaban mal
con su madre y que ennegrecía con energía, culposamente, y que eran
castigados duramente, como en su imaginación. Cuando sus padres
fueron autorizados por la justicia para visitarla, pretendía no hacerles
caso, hasta que fue aceptando su presencia, como la mía, que solicitó pi-
diéndome que lea cuente cuentos, que escriba en la pizarra su nombre
y el de papás y nalmente, dibujando con ella, varias veces, casas a las
que se llegaba por medio de puentes, charcos, muros, como su propio
proceso para salir del internamiento. Con Y. pude notar la diferencia del
trabajo con una niña que tenía padres en conicto, que la amaban a pe-
sar de sus diferencias y que le brindaron la estructura capaz de sobrepo-
nerse y continuar con su desarrollo. No se entremezclaron los aspectos
institucionales ni las fallas iniciales de las otras niñas, que hicieron tan
compleja la tarea con las demás. (Winnicott, 1945)
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V., 6 años, fue internada con su hermana menor por pornografía
infantil por Internet en 2007.
V. me expresó su desconanza desde
que nos conocimos: “Tú no eres como R. (antigua terapeuta), tú no sabes”,
fue su emblemático recibimiento. V. es de mirada desaante y lenguaje
claro y uido. Indiscutiblemente, la líder del grupo. Mi alianza con ella
empezó cuando pude representar que cada una de ellas sería diferente
para mí y a la vez que todas representaban un todo en su contexto. Me
entregó varias muñecas para que las haga dormir y preparé una cama
distinta para cada una de ellas, cantando una canción diferente para
arrullarlas, las cargué a todas ellas en una manta y me preguntó, casi
supervisándome: “¿no serán muchas?” a lo que respondí “no, hay espacio
para todas”. V. perdió muy pocas veces el control. Me puso al tanto de
cada novedad en la institución, disputa o acontecimiento. Logramos sin
embargo, en ocasiones, jugar como una niña de su edad: a la velocidad
de los carritos, a las cometas, a escribir una carta a su antigua terapeu-
ta expresándole su pena por la partida, a sus padres, preguntándoles
dónde se encontrarían y a soñar con que un día sería maestra, para “en-
señar a otros niños”. Sin embargo, los temores de V. tenían fundamento
y aprendí que una tarea como la encomendada requería un abordaje
multidisciplinario. Las sesiones de terapia debían complementarse con
terapia y capacitación para las cuidadoras, con trabajo de voluntarias
que organicen paseos al exterior, o actividades expresivas de arte que
desarrollen sus talentos y asistentas sociales que puedan velar por ubi-
carlas en nuevos hogares sustitutos. (Winnicott, 1948)
Las comaletzin afrontamos varios desafíos: una terapeuta para todas
(y todas para una), marco institucional (terapia delivery), cambio de te-
rapeuta (misión “comaletzin”), psicoterapia sin historia clínica (o la legión
extranjera), los ingresos y las salidas de las niñas y el personal (bésame
mucho como si fuera la última vez). (Winnicott, 1947)
Las poblaciones vulnerables, marginadas, constituyen una razón más
del psicoterapeuta que convive con la diversidad. Los procesos de for-
mación en psicoterapia requieren implementar en sus estudiantes el
abordaje adecuado a contextos variables, precarios e inestables, que
permita implementar procesos de resiliencia en las personas.(Cyrulnik,
2003)
“Lo más terrible se aprende enseguida, lo más hermoso nos cuesta la vida”
(Silvio Rodríguez)
BIBLIOGRAFÍA:
CYRULNIK, B.(2003). El murmullo de los fantasmas. Barcelona: Gedisa
WINNICOTT, D. (1945/ 2007). “El niño evacuado”.
(5ª edición)
(1947/2007). “Manejo residencial como tratamiento para niños difíciles”
(1948/2007). “Albergues para niños en tiempos de guerra y de paz”. En: El niño y el mundo
externo. Buenos Aires: Horme