
137 / FLAPPSIP
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 1 (1), 2013, pp 134 - 138
ISSN 2815-6994 (en linea)
mezclados con monstruos terrorícos, que luego me pedía reproducir
en hojas de papel como “fotos”, hasta que se animó a representar varias
de las poses en las que fue retratada. Su mejoría en las últimas sema-
nas fue notable y se despidió diciéndome que se iría de “viaje a la playa”,
soltando la cámara que tenía sujeta, para que yo la sostuviera y nos
liberáramos de su dependencia al dolor y a la vergüenza.
N., 5 años, ingresó en 2007 por abuso sexual, la justicia no termina
de aclarar el grado de implicancia de su padre, su madre la abando-
nó a los 9 meses.
N. me recibió con los brazos abiertos: “… (mi nombre)
ha traído cosas nuevas” declaró a las demás cuando terminó la primera
sesión. Su temperamento expansivo la llevó a inventar nuevos juegos
siempre. A partir de una sesión de “teatro”, armando un escenario con
las telas de distintos colores, construimos un circuito en el que salta-
ba, rodaba, caminaba en puntas de pie, mirándose al espejo con placer.
También mostró su temor al erotismo que despertaba en ella su padre,
escenicando la hora de dormirse en su hogar, o el juego con la goma
en barra esparciéndose por sus manos. Luego empezó a jugar un poco
más con su feminidad: Construimos un “salón de belleza”, en la que me
pedía una vez un peinado especial, o la manicure y hasta la pedicure. Me
pregunté muchas veces quién le enseñaría a ser mamá. Tuvo mucha cu-
riosidad por mi vida personal, por saber si tenía hijos, por querer regis-
trar mi cartera, por identicar mi automóvil, y también por la frustración
de un vínculo que tenía un término. Miraba la ventana al anochecer y
me preguntaba por los otros niños que tenían un hogar en las luces que
identicaba más allá del consultorio. N. siempre supo mirar más allá.
Y., 5 años, separada de sus padres por la justicia en 2008, por vio-
lencia familiar.
Y. supo desde que ingresó, que sus padres vendrían
por ella. Tal vez por ello, pasó mucho tiempo en el que no me permitía
intervenir en los juegos que desplegaba ante mi, escenicando muchas
veces procesos edípicos, en los que era rescatada por su padre, simbo-
lizado por un indio, o atacada por animales feroces, como sus impulsos,
o la agresión entre sus padres. Dibujaba a niños que se portaban mal
con su madre y que ennegrecía con energía, culposamente, y que eran
castigados duramente, como en su imaginación. Cuando sus padres
fueron autorizados por la justicia para visitarla, pretendía no hacerles
caso, hasta que fue aceptando su presencia, como la mía, que solicitó pi-
diéndome que lea cuente cuentos, que escriba en la pizarra su nombre
y el de papás y nalmente, dibujando con ella, varias veces, casas a las
que se llegaba por medio de puentes, charcos, muros, como su propio
proceso para salir del internamiento. Con Y. pude notar la diferencia del
trabajo con una niña que tenía padres en conicto, que la amaban a pe-
sar de sus diferencias y que le brindaron la estructura capaz de sobrepo-
nerse y continuar con su desarrollo. No se entremezclaron los aspectos
institucionales ni las fallas iniciales de las otras niñas, que hicieron tan
compleja la tarea con las demás. (Winnicott, 1945)