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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 54 - 63
ISSN 2815-6994 (en linea)
La pregunta pasa a ser: ¿con que modelos tratamos en la actualidad?
Abordando psicoanalíticamente la crisis, podemos representarla como
un síntoma decurrente del desequilibrio en el principio regulador del
psiquismo – principio del placer/displacer – principio de la realidad que,
por su vez, genera un conicto entre las instancias psíquicas. Así, la cri-
sis es la manifestación de alguna cosa que se rompió o interrumpió.
Podrá ser decurrente del exceso, comprendido como aquello que causa
el trauma, cuando perdió la cualidad de conexión y hace con que el psi-
quismo no pueda accionar sus condiciones de funcionamiento.
Por otro lado, el individuo normal está, desde el nacimiento, inserido en
un contexto económico y social. Hay una correspondencia entre la reali-
dad externa, de la cual hablamos, y el mundo interno, con su economía
psíquica. Las observaciones biológicas y sociales se unirían para sugerir
que las tendencias sexuales son naturales y universales en el hombre y
que las únicas causas responsables de su represión serían provenientes
de limitaciones nacidas en el medio, en el caldo de la cultura.
Todavía, observamos que la represión intensa del pasado dio lugar a una
permisividad y ausencia de espacios delimitados que puedan distinguir
las funciones de cada miembro del grupo. También, las dicultades en
el trabajo intensican los ánimos, promoviendo una competición que,
por veces, lleva el sujeto a autopromociones y/o a aniquilar el espacio
del otro.
De acuerdo con el mito del origen, propuesto por Freud, la historia de
la humanidad partió del patriarcado, de la ley del padre de la horda pri-
meva, del “Tótem y Tabu”, que instauró la cultura, la civilización, a través
del tabu del parricidio, el cual trajo consigo el tabu del incesto (FREUD,
1913). Preguntémonos: el lugar del padre, que es insubstituible para La-
can, se volvió obsoleto en la constitución familiar?
En otro trabajo, en conjunto con un colega César Antunes, defendemos
la idea de que, si el psicoanálisis fuese mujer, seria representada por
Antígona y no por el mito de Edipo, su padre. Ella fue el ejemplo de la
ética que desbanco el poder. A pesar de ese gesto haberle costado su
propia vida, fue para defender el entierro de los hermanos que, en la
lucha con Creonte, fueron muertos y deberían ser tirados a los buitres.
Ella, distinta de la madre, Jocasta, defendió la ley de la naturaleza y, por
esta, la interdicción del incesto, enterrándolos.
Como aduce el antropólogo Lévi-Strauss:
[…] la raíz de la prohibición del incesto se encuentra en la
naturaleza, pero solo podemos apréndela en su punto ex-
tremo, como regla social’. El papel principal de la cultura, en
ese contexto, es asegurar la existencia del grupo como gru-
po y, por lo tanto, substituir en este dominio, como en todos
los demás, la causalidad por la organización. La prohibición
del incesto constituye cierta manera y, hasta, formas muy
diversas, de intervención. Todavía, antes de cualquier otra
cosa, ella es la Intervención (1991, p.68).