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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 54 - 63
ISSN 2815-6994 (en linea)
ÉTICA Y PODER:
¿CRISIS DE MODELOS EN LA
SOCIEDAD?
Augusta Gerchmann
Psicóloga, Psicoanalista,
Miembro titular en función didácta de la SBPdePA,
Miembro de la SBPRJ,
Miembro pleno del CEPdePA.
Para citar este artículo / Para citar este artigo / To reference this article
Gerchmann A. (2014) Ética y poder: ¿crisis de modelos en la sociedad?
Intercambio Psicoanalítico 2 (1),
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC By 4.0)
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RESUMÉN
La nalidad de este trabajo es examinar la crisis de modelos en la
sociedad, reriéndose particularmente a la ética y al poder ejercidos
en la actualidad, los cuales asolan los vínculos humanos. La autora
parte de la teoría del desarrollo psicosexual referida por Freud y de
los destinos que la pulsión del sujeto psíquico sufre a lo largo de su
maduración. En seguida, entrelaza eses conceptos al periodo actual
de la posmodernidad, que viene siendo caracterizado por la ganancia
del poder en detrimento de las relaciones humanas. Concluye que el
narcisismo – sellado en las patologías de la actualidad – gana terreno
en la clínica, exigiendo que los analistas busquen pensar en como
abordarlo.
Palabras claves: Ética. Poder. Pulsión de dominación. Violencia. Pos-
modernidad.
El objeto de estudio del Psicoanálisis es el sujeto y su inconscien-
te. En su naturaleza, el hombre nace no domesticado y con la fantasía de
realizaciones de deseos que el psicoanálisis cree ser propia de la especie
– las protofantasías. Las pulsiones, en su esencia, buscan satisfacerse a
cualquier precio movidas por el principio del placer.
Freud concibió la pulsión como:
[…] un concepto fronterizo entre el anímico y el somá-
tico, como un representante psíquico de los estímu-
los que provienen del interior del cuerpo y alcanzan
el alma, como una medida de la exigencia de trabajo
que es impuesta al anímico en consecuencia de su
trabajo con el corporal. (1915, p.117).
Inicialmente fueron divididas en pulsiones de autoconservación
(o del yo) – cuyo modelo es el hambre -, y las pulsiones sexuales, que van
volviéndose complejas a partir de las primeras, buscando placer a través
de un objeto de amor, no limitándose a la conservación de la especie.
Las pulsiones sexuales se distinguen y se caracterizan en su relación con
las fuentes somáticas y sus metas.
Limitaremos esta exposición a uno de los desdoblamientos de
la pulsión, la pulsión de dominación, para articularla con poder y ética,
tema de este artículo.
La manifestación de la pulsión comienza muy temprano; tiene
origen en la necesidad de saciar el hambre y en la respiración. En esa
etapa, oral y canibalística, los bebes pueden presentar un impulso mas
exacerbado de incorporar el objeto – madre, que va más allá del acto
de alimentarse. Consiste en una forma primitiva de identicación, por
la fantasía de devorar el objeto idealizado – una identicación primaria,
ÉTICA Y PODER:
¿CRISIS DE MODELOS EN LA
SOCIEDAD?
Augusta Gerchmann1
1 Psicóloga, Psicoanalista, Miembro
titular en función didácta de la
SBPdePA, Miembro de la SBPRJ,
Miembro pleno del CEPdePA.
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representante del primer lazo emocional que el sujeto establece con el
objeto que participo de la experiencia de satisfacción. Es directa, inme-
diata, pero ambivalente desde el comienzo, como dice Freud en “Psi-
cología de las masas y análisis del yo” (FREUD, 1921). Al periodo inicial
del autoerotismo se agrega un nuevo acto psíquico, que constituye el
narcisismo. En su desenlace, deja como heredero el ideal del yo – así
como la madre o el padre, el bebe deseará ser, como remanente de las
perfecciones y del delirio de grandeza (FREUD, 1914).
En la etapa anal, podrá aparecer como pulsión sádica, cuando se
desgarra y es capaz, a través del dominio del sistema muscular, de reco-
nocer y someter cruelmente el objeto que es fuente de placer. El primer
objeto sometido nuevamente es la madre o su representante. A través
del control esnteriano, podrá experimentar, por primera vez, de forma
voluntaria, el control del ambiente, o, al contrario, ser por este domina-
do. En ese momento, se levantan los primeros diques, que preceden la
represión, como el asco, la vergüenza y la moral (FREUD, 1905).
En la etapa fálica, aparecerá la lucha con el rival por la posesión
del objeto. En principio, el objeto que se ambiciona es el genitor del sexo
opuesto. La ambición es una característica que se origina de la satis-
facción autoerotica en el periodo del erotismo fálico-uretral, que podrá
seguir señalado por la masturbación, cuando la barrera de la represión
todavía no termino de levantarse, pero está en la etapa de la naliza-
ción. En el caso de la represión exitosa, evolucionará para una relación
de objeto amoroso. Su importancia reside en el hecho del cuestiona-
miento girar en torno del reconocimiento de la diferencia entre los se-
xos, en el auge del Complejo de Edipo. Cuando predominan los aspectos
destructivos de la pulsión, la función interdictora del padre pasa a ser
necesaria, para contener las manifestaciones agresivas del niño.
El deseo de incorporar a un objeto – esta vez el padre – es bien
retractado en el articulo “Tótem y Tabu”, que este año cumple 100 años
(1913), trabajo que reere al mito de la instauración de la civilización,
después del asesinato del padre de la horda primeva. Ese deseo de in-
corporación es resignicado en el desarrollo, cuando del desenlace de la
conictiva edípica. Del narcisismo primario, resultó un ideal del yo, pro-
ducto de la identicación con el padre ideal de la infancia, que va sufrir
sus destinos hasta unirse al yo ideal, como heredero del Complejo del
Edipo. En el camino de la heterosexualidad, el niño intentará ser como
el padre, identicándose secundariamente. En el camino de la homose-
xualidad, va querer tener el padre como objeto de amor, como jación
en el narcisismo originario.
En el periodo siguiente, cuando las pulsiones parciales son domi-
nadas y se reúnen bajo la primacía genital, pasada la latencia y la puber-
tad, puede ocurrir del sujeto no querer dividir su compañero, pasando a
tomarlo como una posesión, lo que vuelve la pulsión sexual antisocial.
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A partir del desarrollo del los artículos metapsicológicos, en los
“Tres ensayos de la teoría sexual”, (publicado en 1905 con acrecimos has-
ta 1924), precisamente con respecto a la pulsión de dominación, Freud
observó que “la crueldad es cosa enteramente natural del carácter in-
fantil”, y supone que la moción cruel es proveniente de la pulsión de do-
minación, emergente en la vida sexual en el periodo de la organización
pre-genital. La inhibición de crueldad, en virtud por lo que la pulsión de
dominación se detiene delante del dolor del otro, a la capacidad de com-
padecerse, es desarrollada relativamente tarde, explicando el hecho de
que la ausencia de la barrera de la compasión trae consigo el peligro de
que ese enlace establecido en la infancia entre las pulsiones crueles y
las erógenas resulte indisoluble mas tarde en la vida (FREUD, 1905, p.
175). La pulsión del saber, por su vez, puede corresponder a una forma
sublimada del dominio que el ser humano desea.
La idea de que la pulsión de dominación es producto de la mes-
cla de las pulsiones sexuales con la pulsión de muerte pasó a ser con-
cebida solamente a partir de 1920, en el articulo “Más allá del principio
del placer”, cuando Freud acrecentó a la teoría de la pulsión de vida otra
naturaleza de la pulsión, opuesta, pero inseparable de la primera, la pul-
sión de muerte. Si el bebe nace bajo la primacía del principio del placer/
displacer como regulador de su funcionamiento psíquico, tendrá que
agregarse y someterse al principio de la realidad, paso inevitable para
poder vivir en sociedad y, sobretodo, como señal de su maduración.
Freud no comprendía lo que ocurría con una clase de personas
que no avanzaban en sus análisis, pero, contrariamente, parecían ser
acometidas de la necesidad de castigo. Fue cuando construyo la segun-
da tópica, sumando la división del psiquismo, hasta entonces caracteri-
zado como teniendo un inconsciente, un preconsciente y un consciente,
estructuras que llamó de isso –ello, eu – yo y un supereu – superyó. Este
ultimo sería un precipitado del yo, heredero del Complejo de Edipo, pero
no sólo. En “Esquema del Psicoanálisis”, artículo publicado póstumamen-
te, acrecentó que:
[…] el Ello y el Superyó, a pesar de su diversidad fundamental, poseían
una cosa en común: ambos representaban las inuencias del pasado; el
Ello las del pasado heredado, el Superyó, esencialmente, las del pasa-
do asumido por otros, mientras el Yo es determinado, principalmente,
por las vivencias propias del individuo – por el actual y accidental (1938,
p.145). 1
1 Traducción de la autora
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En los artículos sociales, el padre del psicoanálisis busco comprender los
agrupamientos humanos a partir de su naturaleza. Observo que, antes
del establecimiento de las normas culturales, la libertad de que el indi-
viduo gozaba era máxima, pudiendo ocurrir, en algunos individuos, la
pulsión de dominio expresarse como una necesidad de poseer el objeto
física o psíquicamente, llevándolo a su destrucción.
Como refería Freud, la cultura seria el primer intento de regular y apre-
ciar los vínculos recíprocos entre los hombres, precisamente los vínculos
sociales. De lo contrario, los vínculos podrían sucumbir la arbitrariedad
del individuo, en el sentido de que los más fuertes físicamente podrían
tener sus interés conquistados por la fuerza, pudiendo generar conic-
tos y dicultades en la convivencia. Después de la instauración de las
leyes que gobernaban la sociedad, la justicia pasó a exigir que nadie
escape a los limites impuestos, a través de reglas que deberían seguir.
Las leyes no necesitarían ser establecidas si no hubieran el riesgo de
transgredirlas.
Creía ser debido al hecho del sufrimiento provenir de tres fuentes: la
fuerza de la naturaleza, la fragilidad del cuerpo y la insuciencia de las
normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la fa-
milia, en el estado y en la sociedad. En un orden jerárquico, seria un
paso cultural decisivo a la substitución del poder individual por el de
la comunidad, una vez que el poder de la comunidad se contrapone al
poder del individuo.
Para Aristóteles, en dos trabajos que llamó de “losofía de las cosas
humanas”, Ética a Nicómacos (1992) y Política (1997), el hombre virtuo-
so debe ser capaz de deliberar para tomar acción usando los medios
adecuados a n de alcanzar los nes adecuados. Por lo tanto, necesita
adquirir experiencia a través de la vivencia, por medio de las cuales de-
sarrollará phronesis, la sabiduría practica, la prudencia. Con phronesis,
podrá deliberar de manera correcta para, entonces, tomar acción de
manera correcta en cada momento.
La ética, por su vez, consistirá en esa combinación: deliberar de mane-
ra prudente, descubriéndose cuales los nes adecuados a que se debe
llegar y cuales los medios que se emplearán para atingir los objetivos.
En la Política (1997), enseña Aristóteles que:
Todo debe ser investigado primero en sus elementos más simples, y los
elementos primarios y más simples de una familia son el señor y el es-
clavo, el marido y la mujer, el padre y los hijos. […] Mientras ‘Algunos es-
tudiosos opinan que el ejercicio de la autoridad del señor es una ciencia,
y que la función del jefe de la familia, la del señor, la del estadista y del
rey son la misma cosa, otros arman que la autoridad del señor sobre
los esclavos es contraria a la naturaleza, y que la distinción entre esclavo
y persona libre es hecha solamente por leyes, y no por naturaleza, y que
por ser basada en la fuerza tal distinción es injusta’ (1997, p.17).
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La pregunta pasa a ser: ¿con que modelos tratamos en la actualidad?
Abordando psicoanalíticamente la crisis, podemos representarla como
un síntoma decurrente del desequilibrio en el principio regulador del
psiquismo – principio del placer/displacer – principio de la realidad que,
por su vez, genera un conicto entre las instancias psíquicas. Así, la cri-
sis es la manifestación de alguna cosa que se rompió o interrumpió.
Podrá ser decurrente del exceso, comprendido como aquello que causa
el trauma, cuando perdió la cualidad de conexión y hace con que el psi-
quismo no pueda accionar sus condiciones de funcionamiento.
Por otro lado, el individuo normal está, desde el nacimiento, inserido en
un contexto económico y social. Hay una correspondencia entre la reali-
dad externa, de la cual hablamos, y el mundo interno, con su economía
psíquica. Las observaciones biológicas y sociales se unirían para sugerir
que las tendencias sexuales son naturales y universales en el hombre y
que las únicas causas responsables de su represión serían provenientes
de limitaciones nacidas en el medio, en el caldo de la cultura.
Todavía, observamos que la represión intensa del pasado dio lugar a una
permisividad y ausencia de espacios delimitados que puedan distinguir
las funciones de cada miembro del grupo. También, las dicultades en
el trabajo intensican los ánimos, promoviendo una competición que,
por veces, lleva el sujeto a autopromociones y/o a aniquilar el espacio
del otro.
De acuerdo con el mito del origen, propuesto por Freud, la historia de
la humanidad partió del patriarcado, de la ley del padre de la horda pri-
meva, del “Tótem y Tabu”, que instauró la cultura, la civilización, a través
del tabu del parricidio, el cual trajo consigo el tabu del incesto (FREUD,
1913). Preguntémonos: el lugar del padre, que es insubstituible para La-
can, se volvió obsoleto en la constitución familiar?
En otro trabajo, en conjunto con un colega César Antunes, defendemos
la idea de que, si el psicoanálisis fuese mujer, seria representada por
Antígona y no por el mito de Edipo, su padre. Ella fue el ejemplo de la
ética que desbanco el poder. A pesar de ese gesto haberle costado su
propia vida, fue para defender el entierro de los hermanos que, en la
lucha con Creonte, fueron muertos y deberían ser tirados a los buitres.
Ella, distinta de la madre, Jocasta, defendió la ley de la naturaleza y, por
esta, la interdicción del incesto, enterrándolos.
Como aduce el antropólogo Lévi-Strauss:
[…] la raíz de la prohibición del incesto se encuentra en la
naturaleza, pero solo podemos apréndela en su punto ex-
tremo, como regla social’. El papel principal de la cultura, en
ese contexto, es asegurar la existencia del grupo como gru-
po y, por lo tanto, substituir en este dominio, como en todos
los demás, la causalidad por la organización. La prohibición
del incesto constituye cierta manera y, hasta, formas muy
diversas, de intervención. Todavía, antes de cualquier otra
cosa, ella es la Intervención (1991, p.68).
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Prosigue, armando que el problema de la intervención debe ser con-
siderado todo el momento que el grupo enfrenta la insuciencia o la
distribución aleatoria de un valor cuyo uso presenta importancia funda-
mental.
La historia de la civilización occidental es sellada por el poder de un pue-
blo sobre otro. Tuvo su comienzo en el dominio de la naturaleza, carac-
terizada por el hecho de que se da sólo lo que se recibe, otra manera
de decir que el fenómeno de la herencia expresa esa permanencia y esa
continuidad. En esta, el pasaje de los procesos naturales a los culturales
sufrirá la inuencia del proceso de acumulación de vivencias que inciden
en el fenómeno de la repetición.
La posmodernidad se agita en la globalización, en la comunicación en
masa, instantánea, sin barreras, en la cual los chicos son el objetivo
y de la cual son victimas. Por el avance tecnológico, las informaciones
son mas rápidas pero, como resultado, menos depuradas. Los estímulos
que llegan a través de los medios de comunicación pueden convertir-
se en factores traumáticos al no corresponder al necesario y deseable.
Todavía, ya se volvió un cliché hablar de la globalización y atribuir a ella
todos los problemas construidos por las manos del hombre, que parece
victima de su propia trampa, aquello que conocemos como ambición.
Sabemos que la ambición puede ser disparada mucho antes, cuando el
niño se ve privado de imaginar y pensar sus propios sueños y proyectos,
pero asolado por la necesidad de ser “el mejor”, cuando no tiene ni idea
en que eso consiste.
En esa perspectiva, Zigmunt Bauman arma que:
[…] lo que se llegó a asociar con la noción posmoderna de la
moralidad es muchísimas veces la celebración de la muerte
del ético, de la substitución de la ética por la estética […] La
propia ética es denegrida y escarnecida como una de las
constricciones típicamente modernas ahora rotas y desti-
nadas al tacho de la basura de la historia (1997, p.6).
Pensando en la película “El diablo viste ala moda”, que retracta un drama
humano de la actualidad: la carencia de los vínculos que coloca en su lu-
gar un deseo irrestricto de crecer, vencer para aparecer. Curiosamente,
tenemos que estar atentos a lo que es expuesto como plan principal,
porque la gestalt nos confunde. La moda, la belleza, la exuberancia, nos
atrae en la trama, mientras se va desarrollando una serie de relaciona-
mientos fracasados en nombre de la fama, de la grandiosidad, del narci-
sismo por el cuerpo. Como en una clásica película americana, al nal, la
esencia del ser vence la crueldad de la competición, en que el personaje
principal abre mano del poder y da lugar a la ética.
No fuese por el hecho de enfrentarnos, en nuestro día a día, el choque
narcisista que caracteriza los relacionamientos de la actualidad, esa pe-
lícula seria pura futilidad. Sin embargo, hasta la futilidad tiene razón de
ser.
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Si buscamos en la losofía el concepto de razón, esa comprende la facul-
tad del ordenamiento de reglas, como una actividad del pensamiento. Al
defendernos una idea que, para nosotros, sea correcta, ella podrá sufrir
una serie de interpretaciones, tantas cuantas sean las personas que la
interpretan, pudiendo ser juzgada erróneamente, porque de la interpre-
tación participan las sensaciones que la idea causa en cada uno, a partir
de su subjetividad.
El periodo de la represión en Argentina de mayor amplitud, no más im-
portante que la década de 70 en nuestro país, tuvo como maestro la
losofía de aniquilación total del enemigo, sin entregar siquiera su cadá-
ver, adoptándose a la decisión de que la tortura y la ejecución deberían
realizarse de forma secreta. Siguieron el sistema adoptado en la Segun-
da Guerra Mundial, en que todas las personas bajo las cuales pesaba la
sospecha de colocar en peligro la seguridad del Reich deberían ser so-
metidas a un destino peor que el fusilamiento inmediato: la deportación
secreta en el amparo de la noche. Por esa vía, millones de prisioneros
de países ocupados fueron expulsos de sus países y sometidos a trabajo
forzado hasta su muerte en diversos campos de concentración. La pena
de muerte en los territorios ocupados quedaba limitada en los casos de
agrante delito.
A pesar de pasadas ya algunas generaciones, parece que todavía sufri-
mos las consecuencias del malestar que ese salvajismo causó a la cultu-
ra, a través de su repetición, de tiempos en tiempos. Como se acostum-
bra decir en periodo de elección, parece que la memoria del pueblo es
corta.
Esa sería la razón por la que los pensadores modernos sintieron que la
moralidad, antes de ser “trazo natural” de la vida humana, es algo que
necesita ser planeado y inoculado en la conducta humana, cuya conta-
minación es vivida como violencia. La necesidad del hombre de trans-
gredir las leyes lo lleva a ultrapasar los limites de la ética, lo que eviden-
ciamos a través de sus actos, pero no de su resolución.
El patrimonio heredado, que se suma a las vivencias y en los aspectos
constitucionales, constituye la serie complementar que sellará para
siempre el carácter del individuo. A partir de ese conjunto de factores,
pensamos en la violencia que el sujeto del presente sufre no más como
una barbarie colectiva, pero individual, y, ni por eso, menos brutal. So-
mos testigos, en la clínica, de los matices que la tortura adopta, abri-
gando los chicos en la correspondencia de la demanda de los adultos
– dueños de su verdad y de la propia voluntad. De esa manera, silencio-
samente, provocan la muerte psíquica del demandado.
En otro espectro, Freud refería que quien nace con una constitución pul-
sional particularmente desfavorable y no haya pasado de manera satis-
factoria por la transformación y reordenamiento de sus componentes
libidinales, indispensables para su posterior productividad, encontrará
dicultad para obtener felicidad de su vivencia exterior, sobretodo al
enfrentar tareas muy difíciles. En estos casos, acrecentó que podría ob-
tener satisfacciones substitutivas, encontrando refugio en la neurosis,
en el mejor de los casos (FREUD, 1930, p.84).
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El modelos de funcionamiento de las organizaciones es dictado por los
que comandan. Esa es la gran responsabilidad y el mayor riesgo de los
dirigentes: decidir por muchos, volviéndose mas difícil el deber cuanto
mas ascendente es el cargo.
Como armado anteriormente, el poder de los grupos sobre el individuo
es un paso cultural decisivo, una vez que los miembros del grupo se
limitan en sus posibilidades de satisfacción, mientras el individuo des-
conoce tales limites. El grupo, en principio, estaría protegido por la jus-
ticia, por la seguridad de que el orden jurídico preestablecido no seria
interrumpido para favorecer ese o aquel individuo. Ese valor, en última
instancia, implicaría la renuncia al pulsional, protegiendo el
otro
de la
violencia bruta, como una forma de vivir en sociedad.
Para un desarrollo mas harmónico y menos perturbado, la sublimación
seria uno de los caminos posibles para la pulsión, siendo un trazo par-
ticularmente destacado del desarrollo cultural. Posibilitaría que activi-
dades psíquicas superiores cientícas, artísticas y ideológicas ejecu-
tasen un papel decisivo en la sociedad, del mismo modo que haría el
trabajo de reprimir forzosamente la pulsión desgarrada (FREUD< 1930).
Decurrente de la propia naturaleza, es común el grupo trabajar para
colocar en el poder aquella que mejor representa la fuerza opresora
del grupo. Podrán sentirse protegidos y, sobretodo, atraídos, justamen-
te por ese atributo al mismo tiempo que amenazados y sometidos, ya
que la renuncia al pulsional es consecuencia de la angustia frente a la
autoridad externa. Se renuncia la satisfacción para no perder el amor
del objeto o para evitar la agresión de esa autoridad externa. Esta podrá
ser fruto de aquello que Freud identicó como agresión de la conscien-
cia moral, conservando, en su núcleo, la agresión de la autoridad. O,
como Hanna Arendt deende en “Responsabilidad y juicio” (2007), en el
discurso libertario, armando que el líder aprisiona porque un hombre
que domina otro hombre no es libre, el se mueve en un espacio donde
la libertad no existe.
André Green, en su “Ideas directrices para un psicoanálisis contemporá-
neo”, dedica capitulo especíco al tema de la destructividad sobre el ob-
jeto, diferenciando agresividad de destructividad. Para el autor, la agre-
sividad está conectada al sadismo y corresponde a los periodos sádico
oral y sádico anal. En la destructividad, a la diferencia, prevalece una
dimensión narcisista, en que el destruidor ansía aniquilar el narcisismo
de su objeto. En ese sentido, para Green, sería más bien una cuestión
de omnipotencia de lo que de goce del sujeto, acrecentando que el
desinvestimiento podría comportar la satisfacción de destruir el objeto,
haciéndolo sentir que no existe (GREEN, 2005, p.110-111). Concluye la
idea, entonces, armando que hacer alguien sentir que no existe puede
transformarse en la estrategia indiferencia de que serian capaces eses
sujetos, como un arma más mortífera que cualquier despedazamiento.2
El conocimiento, en esa perspectiva, deberá ser una herramienta con
la cual podemos contar, impidiendo el comprometimiento emocional,
2 Traducción de la autora
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la indiferencia a la diferencia. De esa manera, se valora la revisión del
pasado en vías de ampliar el futuro, sin suprimir los sentimientos que
pueden haber sido derrotados en las circunstancias de la vida moderna,
con imprecisión de las reglas que lleva a la falta del conocimiento de
cómo continuar. Para el caso de las personas que se ven asoladas por la
modernidad, Bauman (1997) dio el nombre de
proteofobia
, entendién-
dola como la aprensión, la ansiedad por el saber equivocado, el desagra-
do por situaciones en las cuales la persona se siente perdida, confusa,
despontencializada.
En ese contexto, podríamos entender como se procesa la ascensión
dentro del grupo. Cuando el líder posee un poder de persuasión, utili-
zándose de la estética, pero no de la ética, para seducir a través de su
conocimiento y su autoconanza, alcanza el sujeto en el momento en
que se encuentra perdido, confuso,
proteofóbico
.
Porque, para Bauman (1997):
Que vivir es vivir con otros (otros seres humanos, otros se-
res como nosotros), es obvio a punto de ser banal. El que es
menos obvio y absolutamente no banal es el hecho de que
lo que llamamos de ‘los otros’ con los cuales vivimos es lo
que sabemos sobre ellos. Cada uno de nosotros ‘construye’
su propia colección de otros desde la memoria sedimenta-
da, seleccionada y procesada de pasados encuentros, co-
municaciones, intercambios, asociaciones y batallas (p.168).
A pesar del psicoanálisis equipar sus adeptos del saber sobre el incons-
ciente, los grupos psicoanalíticos no están inmunes de ˜se extraviaren”
de la ética, en nombre de la estética y, sobretodo, del poder. Movidos,
como ser de la cultura, por el narcisismo que los acompaña a través de
generaciones, aún que el análisis personal habilite a reprimir la pulsión
menos civilizada. Lo que vemos, al contrario, desde el comienzo de la
historia del movimiento psicoanalítico, es que el narcisismo, por las pe-
queñas diferencias, se sobresale al reconocimiento y al respecto por las
diferencias. Vemos que, cuando las dicultades sociales son mayores,
ellas promueven mayor dicultad de los vínculos entre los semejantes.
¿Lo que tendrá empezado antes? Freud arma en “El malestar en la cul-
tura” que la cultura promueve el malestar, pero no podemos vivir fuera
de ella. Y nosotros podemos no ser meros espectadores de la repetición;
podemos descruzar los brazos y pensar.