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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 73 - 85
ISSN 2815-6994 (en linea)
EL PODER
COMO ORGANIZADOR
PSICOSOCIAL
Carlos Jibaja Zárate
Maestría en Estudios Teóricos en Psicoanálisis (PUCP). Se
desempeña como Director del Programa de Salud Mental
del Centro de Atención Psicosocial.
Trabaja como psicoterapeuta, supervisor clínico y es
profesor invitado del curso de Psicopatología en el CPPL.
Es autor del libro
Los múltiples rostros en uno:
el sí-mismo, el uno-mismo y el sujeto,
co-autor de
Un concierto para voces ocultas,
además de haber escrito, editado y realizado
presentaciones en el tema de salud mental y derechos
humanos en Norteamérica y varios países de Europa.
Lima. E-mail: cjibajaz@caps.org.pe
Para citar este artículo / Para citar este artigo / To reference this article
Jibaja Zárate C. (2014) EL PODER COMO ORGANIZADOR PSICOSOCIAL
Intercambio Psicoanalítico 2 (1),
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC By 4.0)
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Resumen
Presentamos un análisis del poder como organizador psicosocial de
los vínculos humanos destacando sus tres ámbitos de interrelación:
lo subjetivo, lo intersubjetivo y lo socio-cultural. El poder se concep-
tualiza como un organizador vinculante que establece un arriba y
un abajo con jerarquías, privilegios, resistencias, marginalidades en
virtud de una trama relacional y de sentido. Las relaciones de poder
se anidan en la estructura bio-psicosocial de la psique, al haberse
congurado e internalizado la manera asimétrica de las relaciones
entre el sujeto en ciernes y sus guras parentales. El modo dialéctico
en que las relaciones de poder son asumidas en identidades y roles
personales, grupales y sociales son analizadas en esta etapa post-
moderna.
Palabras clave: poder, psicosocial, identidad, postmodernidad,
biopoder
Nuestras reexiones se inscriben en el marco de lo que llamamos el
espacio psicosocial. Lo psicosocial es un campo del saber que busca en-
tender y tomar acción sobre la interrelación entre el mundo intrapsí-
quico de los sujetos, las relaciones intersubjetivas y la de los grupos de
pertenencia y las relaciones socio-culturales. Este enfoque denuncia las
relaciones de poder que causan violencia entre individuos, contextos
familiares, género, la relación Estado-ciudadano, etc., y desarrolla una
práctica transformadora, participativa, comprometida con el cambio so-
cial y la reducción de las inequidades. (Jibaja, 2007)
El poder
Una forma genérica de entender el poder es la relación de dominio e
inuencia que una persona, grupo o instancia ejerce sobre otros. Impli-
ca una relación que congura un arriba y un abajo en el que uno está
investido de esa potencia y el otro está en la posición de objeto inuen-
ciable. La intención del que detenta el poder es establecer discursos,
jerarquías, prioridades, recursos, formas organizativas que prevalezcan
y hagan que los otros acepten, resistan, rebelen o se sometan a la volun-
tad hegemónica.
El poder no es algo externo a la construcción identitaria del sujeto, muy
por el contrario, se estructura en el ámbito intra e intersubjetivo por-
que existe un discurso de poder en el ámbito socio-cultural que es ins-
tituyente del psiquismo y de los grupos humanos, a la vez que, son los
propios individuos los portadores, productores y reproductores de las
relaciones de poder que conuyen en esos discursos y prácticas socia-
les.
EL PODER
COMO ORGANIZADOR PSICOSOCIAL
Carlos Jibaja Zárate1
1 Carlos Jibaja Zárate (Lima, 1961)
estudió Psicología Clínica en la
Ponticia Universidad Católica
del Perú (PUCP) , se graduó como
psicoterapeuta psicoanalítico del
Centro de Psicoterapia Psicoanalítica
de Lima (CPPL), tiene una Maestría
en Estudios Teóricos en Psicoanálisis
(PUCP). Se desempeña como Director
del Programa de Salud Mental del
Centro de Atención Psicosocial.
Trabaja como psicoterapeuta,
supervisor clínico y es profesor
invitado del curso de Psicopatología
en el CPPL. Es autor del libro Los
múltiples rostros en uno: el sí-
mismo, el uno-mismo y el sujeto,
co-autor de Un concierto para voces
ocultas, además de haber escrito,
editado y realizado presentaciones
en el tema de salud mental y
derechos humanos en Norteamérica
y varios países de Europa. Lima.
E-mail: cjibajaz@caps.org.pe
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Lo que establece el poder es un determinado orden sobre los sujetos, las
cosas, los fantasmas1, las palabras. Establece una racionalidad de domi-
nio, un tablero con jerarquías, privilegios y marginalidades, una red de
relaciones de sentido a través de la cual se maniesta y busca legitimar
el ejercicio de ese poder. Esta acción discursiva tanto hegemónica como
temporal asigna y categoriza personas, roles, recursos, territorios, prohi-
biciones, etc., de acuerdo a una multi intencionalidad que toma cuerpo
y uye de la dinámica propia del individuo, grupo, comunidad, colectivo.
El poder no es un objeto en sí, se trata de un organizador vinculante,
móvil, que se desplaza hacia los objetos en virtud de una trama relacio-
nal y de las cadenas de sentido que ahí se producen. No es el dinero, la
clase hegemónica, el líder autoritario, el pene o el carro último modelo,
señuelos en los que el deseo y el ejercicio de poder se posan temporal-
mente sobre un objeto investido por el juego de las miradas. El poder
a la manera de una piedra arrojada a una supercie de agua, tiene una
presencia, un efecto de resonancia de círculos concéntricos entre los su-
jetos y sus redes vinculantes. “El poder –dice Foucault (1979, p.144) – no
está nunca localizado aquí o allá, no está nunca en manos de algunos,
no es un atributo (…). El poder funciona, se ejercita a través de una or-
ganización reticular (…) transita transversalmente, no está quieto en los
individuos”.
Las personas somos susceptibles a la inuencia del poder porque repro-
ducimos el código de la relación asimétrica al contacto con el otro, en
cualquier resquicio de deseo de ser reconocidos. En ese sentido, el ejer-
cicio violento del poder es la voluntad de asegurarse el deseo del otro,
de tener dominio sobre los signos que de alguna manera maniesten y
le den la certeza, aunque sea momentánea, de ser alumbrado por el de-
seo del otro. Y es que en la estructura bio-psicosocial de la psique están
sedimentadas las relaciones de poder que nos vinculan con el otro y los
otros de manera irrenunciable.
Así, podemos decir que el poder es un organizador psicosocial, un dis-
tribuidor de sentido y de articulación de los ámbitos subjetivo, inter-
subjetivo y macro-social. Como organizador psicosocial se mueve en las
esferas del afecto, las fantasías inconscientes subjetivas y grupales y la
realidad simbólica compartida. Así, el poder aparece como:
a) Un fantasma de gran plasticidad que se inltra en las relaciones in-
terpersonales y que congura una trama vincular y afectiva entre suje-
tos, grupos y colectivos; que predispone a los actores a vincularse con
jerarquías, roles, libretos, alianzas y la gama de emociones entre ellos;
1Para Kaes (1977: 86) el fantasma es una
puesta en escena inconsciente, “se trata
de una estructura de dramatización de la
energía pulsional que propone objetos de
catectizaciòn de los miembros del grupo”.
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que engendra sus propios demonios como la violencia, la transgresión,
el abuso, la represión sobre lo diferente, la corrupción; y que produce
formas dialécticas de resistirla, oponerse a ella, excluirse de ella. Como
el oso de los caños de la casa del relato de Cortázar, en su resbalar in-
cesante por las tuberías de las relaciones humanas, el poder tiñe a és-
tas con afectos y roles anes, antagónicos, polarizados. Admiración y
rebeldía, idealización y denigración, alianzas y antagonismos, dominio
y sumisión, etc., a su paso, el poder extrayendo la fuerza de creación/
destrucción desde su base pulsional, establece una impronta vincular en
el imaginario de “un arriba y un abajo”.
b) A la vez que fantasma altamente estimulante en su capacidad de re-
sonancia entre individuos, grupos de pertenencia y colectivos, el poder
como organizador macro-social se maniesta en la práctica concreta de
las identidades y las interacciones sociales. Establece formas de rela-
ción dialécticas, hegemónicas y resistenciales, de mayor o menor du-
ración aunque siempre temporales; crea orden e instituciones, las que
materializa en el lenguaje, clases sociales, estilos de vida, ritos, Estado,
posiciones ideológicas, etc.; crea subjetividades, les brinda una justica-
ción ideológica, histórica o mítica y las sostiene en el tiempo en la forma
de identidades personales; divide, distribuye, congura el modo en que
los diferentes colectivos que conforman una sociedad le han dado vida
y sentido a esas instituciones concretas.
Relaciones de poder e identidad
El deseo y la voluntad de poder lejos de referirse a una instancia externa
desde la cual se instala y produce sus efectos, uyen desde la intimidad
del sujeto y sus relaciones sociales, aparecen en cualquier encuentro
vinculante, en cualquier pequeña diferencia sobre la cual montan esce-
narios con membresías, antagonismos, exclusiones. El deseo de poder
habita en el sujeto, en tanto que éste desea la plena certeza del recono-
cimiento y voluntad del otro. Son las conguraciones y reconguracio-
nes de las relaciones de poder en la propia identidad del sujeto, las que
sedimentan el carácter instituyente del poder en los vínculos humanos.
La identidad está íntima, denitivamente enlazada al otro y a los otros,
a través de la experiencia de vincularse con los otros en una dialéctica
de reconocimiento y alteridad que le permite al individuo convertirse en
sujeto-de-relación en un determinado contexto socio-cultural. Y es en
esta trama de identidades y alteridades de relaciones interpersonales,
familiares y sociales que los signicantes del poder son vasos comuni-
cantes, productores y organizadores, entre sujetos y colectivos.
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La trayectoria identitaria no es un proceso lineal, secuencial o de un
simple intercambio, se trata de una dialéctica entre órdenes que se in-
terpenetran y se constituyen unos a otros para convertir al individuo
en un sujeto. La dinámica que se suscita en una familia, como grupo
de pertenencia y socialización relevante en la construcción identitaria,
nos puede ayudar a ampliar lo dicho. Una familia muestra patrones de
interacción entre sus miembros, los que se conforman a través de la
sedimentación de reglas y acuerdos, discursos y conductas, liderazgos
y diferenciaciones en una cultura dada; así, los miembros de una fami-
lia establecen una organización temporal, con un grado de continuidad,
del modo en que se relacionan y se sienten unos a otros. Individuos
a la vez que miembros del grupo familiar y del contexto socio-cultural,
tres ámbitos interdependientes entre sí, los miembros de una familia
desarrollan libretos en los que se busca y asigna personajes y roles que
representen, entre otros guiones, situaciones de poder, alianzas y anta-
gonismos en distintas variaciones.
Los propósitos y tareas concientes de una familia (v.g. la familia como lu-
gar de soporte y afecto) quedan de lado cuando las relaciones de poder
se inltran y despliegan entre sus miembros, emergiendo fantasmas,
posiciones, actitudes y conductas en la forma de conictos familiares.
Ejemplicaré lo dicho con el caso de un grupo familiar en el que la esca-
lada de peleas entre hermanos y hermanas es el emergente sintomático
que los hace ir a terapia. La pareja parental conserva roles tradicionales
de una cultura patriarcal y ha naturalizado la violencia contra la mujer.
El marido trabaja en un Ministerio y sostiene económicamente el hogar;
a la manera de un pequeño reyezuelo, en casa, su palabra es ley y dis-
tribuye sus inuencias y recursos de acuerdo a sus deseos. Abusa psi-
cológicamente de su pareja y descalica con facilidad a las dos hijas en
cuanto a sus capacidades y futuro, ninguna decisión o acción se realiza
sin su control y aprobación. Por su parte, la madre tiene la responsabili-
dad del cuidado de los hijos y de la casa, si bien tiene educación superior
nunca entró al mercado laboral. No tiene mayor consciencia del cons-
tante abuso psicológico que recibe del marido, sino que al provenir de
un hogar en el que estos patrones eran los habituales entre sus propios
padres, encuentra muchas maneras de racionalizar su descontento. Se
observa en ella un patrón pasivo-agresivo y la tendencia a hacer alianzas
con las hijas como formas de agresividad y resistencia inconsciente. En
la fratría se observa claramente dos bandos: los dos hijos varones y las
dos hijas mujeres, el primero goza de los privilegios que depara los pre-
juicios machistas del padre y el segundo grupo que se resiente y entabla
discusiones y peleas territoriales. Para ilustrar la dinámica relatamos la
causa precipitante de las consultas: la hermana menor, una adolescen-
te en el colegio, tiene la esta de quince años de una compañera de
colegio. Consigue el permiso del padre, sin embargo llegado el día por
no haber arreglado las cosas de su cuarto en la mañana del sábado, el
padre la castiga diciendo que no va al quinceañero. El hijo varón, un año
y medio mayor que ella, llega el viernes por la noche alcoholizado, nunca
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arregla su cuarto y por la noche del sábado se prepara para salir con sus
amigos. Estos dos hermanos tienen un intercambio de frases, él le “saca
pica”, que va a su reunión, mientras que ella, no, y empieza la pelea.
Primero con insultos y luego físicamente. Los padres intervienen y luego
de separarlos y escucharlos, el padre sin consultar con la madre, dicta-
mina la sentencia: ambos están castigados. Sin embargo, unas horas
después a insistencia del hijo, el padre le da permiso para salir con sus
amigos. La chica le reclama a su mamá lo injusto de la situación y ésta le
da a entender que los hombres pueden hacer cosas que ellas no. Esta
escena termina cuando la hermana mayor llega a casa y se entera de la
situación y le reclama airadamente al padre que “ellas no son segundo
plato y que allá mi mamá si es que lo aguanta”. El padre le pega una
cachetada.
El caso de esta familia ilustra las vías por las que circula el poder: un
discurso parental hegemónico que divide y racionaliza un estado de co-
sas, roles de dominio, sumisión, resistencia, goce de privilegios y resen-
timientos desaantes al que juegan los miembros de esta familia, tanto
en la fantasía inconsciente como en la interacción. El machismo que
tiene su lugar de expansión en la esfera socio-cultural - atraviesa toda la
trama de las relaciones familiares e impregna el discurso familiar bajo
los parámetros de un arriba y un abajo a partir de signicantes basados
en las diferencias anatómicas y las construcciones de género. La diferen-
ciación del ámbito público (en el que se mueve principalmente el padre)
del otro privado (en el que se mueve la madre) está también condicio-
nada por los juicios de valor hegemónicos: el trabajo de uno y de otro
tiene diferentes valores de cambio y de uso. Por otro lado, la subjetivi-
dad identitaria de cada uno de ellos está marcada por este desbalance:
la madre acusa síntomas de depresión y ansiedad, la hija mayor trata
de estar lo menos posible en casa, el hijo mayor es descalicador como
el padre con relación a las mujeres de la casa, los dos menores no se
soportan entre sí. Tres ámbitos de vinculación en una puesta en escena
en el que las relaciones de poder son la piedra de toque. La congura-
ción de ese orden hegemónico conforma, de esta manera, identidades
en relación a otras, bajo los supuestos de pertenencia y antagonismos:
“yo soy en tanto portador de ciertas insignias (sexo, raza, clase, religión,
habla, moda, etc.), que tú y otros no tienen”.
La reconguración de las relaciones de poder en la matriz edípica
Desde el ángulo de nuestra exposición, la experiencia edípica es una
recomposición de relaciones de poder por las que atraviesa el niño(a) en
las esferas intrapsíquica, intersubjetiva y macro-social. Revisaremos de
manera sintética algunos procesos y momentos claves de esta recon-
guración:
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La pulsión de dominio del infante como factor económico y represen-
tativo. La base pulsional de las relaciones de poder es sustantiva. Esta
particular fusión de pulsiones libidinales y tanáticas, en sus dimensiones
de fuerza, afecto y representación, emerge con la cualidad del apodera-
miento o dominio, apoyándose en el instinto de autoconservación y los
reejos como el de prensión o el de succión en el neonato. La pulsión
de dominio se maniesta en un inicio y en su manera más radical, re-
chazando/destruyendo la vinculación con el objeto, aunque en su fusión
con la libido toma la cualidad de apoderarse del objeto por la fuerza.
El pecho es un objeto parcial fundante, vinculante, que plantea una re-
lación asimétrica. Cargado y recargado por el plus de la libido sobre
las pulsiones destructivas, el pecho emerge investido de la función om-
nipotente de calmar las vivencias de desamparo del infante. El pecho
es un objeto del mismo (un objeto “no-yo”, que es imaginariamente
susceptible de ser controlado como parte del sí-mismo), que sostiene la
escenicación asimétrica entre un objeto omnipotente y la representa-
ción parcial de un sí-mismo que succiona, muerde, juguetea, se retrae.
El pecho para la psique, en su aspecto negativo, tiene la condición signi-
cante de esbozar el espacio de los objetos “no-yo” idealizados/odiados
susceptibles de ser dominados por el control omnipotente.
Las relaciones de poder hunden sus raíces en la subjetividad a través
de la identicación primaria. La identidad en ciernes del ser humano es
moldeada por el discurso y la práctica materna, paterna, familiar y del
entorno socio-cultural. Los signicantes del poder, entre otros, estable-
cen un lugar, un territorio, un orden simbólico, imaginario y afectivo en
el modo en que se enhebran las imágenes de cuerpo del infante en su
relación con la gura materna, base sensorial y perceptual del sí-mismo.
La interpretación radical de la gura materna sobre la psique del infante
es violenta, señala Aulagnier (1977), en la medida que moldea la subje-
tividad incipiente del niño(a) bajo los parámetros en que la psique ma-
terna ha sido estructurada. La violencia primaria remarca en la relación
asimétrica materno-lial, el ejercicio del poder materno sobre el recién
nacido, naturalizado en las sociedad humana. La psique consolidada de
la gura materna, agente funda-mental de la socialización del infante, a
la vez que entrega amor, sostén, nutrientes, calor, lenguaje va perlan-
do un ámbito, un ordenamiento, unas coordenadas de sentido sobre el
registro pulsional, sensorial, de intensa interacción del infante con su
propio cuerpo y con el entorno.
El infante demanda el reconocimiento materno como vector de sentido
identitario. La estructura primaria de la identidad se basa en la asunción
de la relación asimétrica entre un objeto investido de omnipotencia y la
asunción del infante de una imagen gestáltica que requiere del reejo
especular y sostén del otro, todavía en condición de objeto del sí-mis-
mo. El sí-mismo se arma, se revitaliza, se recarga o desvitaliza ante el
reconocimiento de ante otro; obtener la insignia que imaginariamente
asegura el reconocimiento del otro signicativo, posiciona al sí-mismo
en una relación de dependencia y subordinación hacia aquel que deten-
ta el poder de reconocerlo y conducirlo.
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El deseo materno se alinea al poder de interdicción de un Tercero. El
embeleso totalizante de la relación materno-lial se rompe ante la fun-
ción de la castración simbólica de la psique materna, que es el pivote de
la condición deseante de la madre. La interpretación radical del mundo
de la madre en su relación hegemónica para la psique de su vástago
debe estar constituida por la función simbolizante de la castración para
que el Tercero posea la investidura de un otro interdictor con el poder
de expulsar al niño/niña del paraíso narcisista de la identicación con el
falo materno. Llamémosle padre, tío, abuelo, instancia comunitaria, sue-
gra, deidad, la gura del Tercero interdictor, en el juego de las miradas
edípicas, aparece ante el niño/a, como una arbitrariedad investida de
omnipotencia que ejerce el poder-ley para su conveniencia y voluntad.
El tercero personicado es el otro que permite el paso de la omni-po-
tencia a la potencia. Frente al vértigo del no-ser para la madre, el niño(a)
gira su mirada allá donde se orienta el deseo de la madre. El niño(a) se
enla hacia donde imaginaria y simbólicamente este deseo aparece en-
carnado, un tercero personicado (la relación con un padre, un abuelo,
una institución) ante el cual el niño despliega las vicisitudes de sus de-
seos, carencias y ansiedades. De la omnipotencia del Tercero, fantasma
investido de poder-ley en la trama de las miradas y reejos edípicos,
instituido en el discurso socio-cultural, el niño deberá transitar a la po-
tencia como objeto de identicación secundaria. Por la operatividad del
fantasma de la castración, el sujeto no puede ni debe responder desde
el lugar del signicante totalizante, a menos que se aliene en identida-
des de héroe, perseguido o mártir delirante; desde entonces su deseo
tendrá esa potencia, esa ansia de poder que tanto destacó Nietszche,
aunque ltrado por el juicio de imposibilidad de la castración.
El super-yo como instancia de poder y de sentido interiorizado. El su-
per-yo establece relaciones de poder, dominio, guía y control; posee un
rol hegemónico, taxativo sobre la instancia yoica y las bras relacionales
que constituyen al sí-mismo. La angustia de castración, y en última ins-
tancia, el miedo impensable al derrumbe narcisista y el retorno del fan-
tasma de fragmentación, es la fuente del poder desde el cual el super-yo
ejerce su mandato sobre el yo. “Del mismo modo que el niño se hallaba
sometido a sus padres y obligado a obedecerlos, se somete el yo al im-
perativo categórico de su super-yo”, nos recuerda Freud (1923, p.2721).
A la vez, el mandato superyoico es una propuesta de sentido para el
sujeto en su contexto social. El acercamiento del yo a las expectativas
ideales superyoicas produce afectos cargados de libido y reconocimien-
to en el sujeto. “Vivir equivale para el yo a ser amado por el super-yo”,
nos vuelve a recordar Freud (Ibid. p.2727). Esta instancia funciona, des-
de la intimidad, como un ideal teleológico, que comanda al individuo a
la obtención de insignias, logros, membresías, sueños, poder, es decir a
recorrer el trayecto de su propia vida debido a una promesa de sentido
y goce, que incluso antecede al sujeto. Así lo arma Castoriadis (1997,
p.6) cuando dice:
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“la sociedad puede hacer de la psique lo que quiera, volverla poligámica,
poliándrica, monógama, fetichista, pagana, monoteísta, pacíca, belico-
sa, etc. Mirando más de cerca, constatamos que esto efectivamente es
cierto, siempre que se cumpla una condición: que la institución ofrezca a
la psique un sentido -un sentido para su vida, y para su muerte”.
Espejismo, utopía, llamado a la ilusión de un proyecto identitario, el su-
jeto construye su camino al andar - en un contexto social contingente,
histórico, con frecuencia carente de ofertas de sentido - con la promesa
de colmar esas expectativas inconscientes parentales inscriptas en lo
más íntimo de su ser.
El biopoder y su articulación con la psique
Nos detuvimos en el modo dialéctico en que las relaciones de poder son
asumidas en la intimidad de la subjetividad, congurando un proyecto
identitario; ahora expondremos el modo en que estas identidades/alte-
ridades se juegan en la llamada post-modernidad.
En la sociedad contemporánea, en la que Foucault (1975) destaca la
llamada sociedad de control, se ejerce el poder biopolítico. Son las men-
tes y cuerpos (¿¡bienvenido el botox!?) los que encarnan una cultura
que normaliza las conductas de asimilación y exclusión que se extien-
den a través de los medios de comunicación, redes de interconexión,
la generación de “espacios comunes” virtuales, des-territorializados. El
tejido en red del poder no es ejercido por un centro de dominio, único
o polarizado, una clase privilegiada, una “mano negra”, llámese el im-
perialismo yanqui o un grupo de poderosos que planican controlar el
mundo. Hardt y Negri (2002, p.259-305) sostienen que las principales
factorías en red que mueven al capitalismo contemporáneo y producen
sistémicamente la subjetividad biopolítica en la sociedad de control son:
el desarrollo de las empresas y centros nancieros multinacionales y
trasnacionales en el libre mercado, la globalización, el debilitamiento de
los Estados y de sus fronteras, el auge de la tecnología, particularmente
en el área de comunicaciones, el desenclave de la subjetividad de las
categorías de tiempo y espacio. Así, instituciones del orden internacional
como Naciones Unidas, Banco Mundial o el G8 adquieren relevancia o
la pierden dentro del marco de la producción del biopoder. En efecto,
el capital está en una nueva fase de producción no sólo de mercancías
sino fundamentalmente de subjetividades. Para Hardt y Negri la noción
misma de postmodernismo “es, en realidad, la lógica a través de la cual
opera el capital global” (Hardt & Negri, 2002, p.147).
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A diferencia de la sociedad disciplinaria en el que la territorialidad de la
escuela, la iglesia, el manicomio, la cárcel, la noción tradicional de Es-
tado, las instituciones formales que moldeaban las subjetividades, en
el mundo contemporáneo, la sociedad de control ejerce el biopoder a
la manera de un ecosistema totalizante, omnipresente. A diferencia de
la sociedad disciplinaria, los sujetos “controlados” no se ven forzados a
usar uniformes distintivos, a obedecer reglas impuestas desde una exte-
rioridad, a seguir hábitos y formas de pensarse y actuar con los demás;
no hay un adoctrinamiento, un corsé disciplinario que proviene de una
institución o de un conjunto de ellas y que busca la pertenencia y -
digos de conducta de sus miembros. La sociedad de control ejerce su
poder estandarizando expectativas y comportamientos, naturalizando
relaciones de consumo y entretenimiento como las formas inmanentes
de relación social predominante, haciendo que cada sujeto se dena en
términos de costo y benecio, de consumo o “liquidez”2. El objeto del
biopoder es regular la producción y reproducción de la vida misma.
Basta con observar la conguración estandarizada de los malls, muy si-
milares en todos los países del Imperio3, la reproducción de las franqui-
cias de las cadenas de servicios multinacionales, las colas de comprado-
res para obtener las últimas versiones del IPad, las noticias priorizadas
de acuerdo al rating, el uso masivo del Facebook, para notar que se trata
de una cultura global y totalizante4. Adorno (1962, p.13) nos habla acerca
de las condiciones sociales existentes de la producción capitalista con-
temporánea, las que nos conducen a ser asimilados a vivir “en la prisión
al aire libre en la que se está convirtiendo el mundo”
Hoy, a diferencia del enclave colonialista de los países imperialistas del
pasado, lo que tenemos son las grandes empresas transnacionales,
Google por ejemplo, en el que el mayor negocio está en la explotación
del espacio virtual. Los espacios claramente denidos de la sociedad
disciplinaria y su conuencia al caudal principal del discurso hegemóni-
co, ahora se han desterritorializado y uyen, en la sociedad de control
diseminándose en el aire que respira la producción de la subjetividad:
se convierte en hábito, en estilo de vida, en un orden que goza de le-
gitimidad aunque requiera disfrazarse con el engaño de la libertad de
elección, entre opciones predeterminadas, en la llamada “atención
personalizada”. Matrix, la película de los hermanos Wachowski, en ese
sentido, es una metáfora sugestiva de la sociedad contemporánea sub-
rayada, entre otros, por Zizek (1999).
2 Bauman ha acuñado un adjetivo, la
modernidad líquida
3 Título de la obra citada de Hardt y Negri.
4 You tube es otro medio de
comunicación en el que la persona no
es solo consumidora sino productora y
reproductora en la cultura del consumo y
entrenamiento.
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El caso de Z. nos ayudará a ejemplicar cómo el fantasma del poder se
constituye en un organizador de las relaciones entre psique, vínculos y
el contexto social del biopoder. Z. es un joven adulto que viene a tera-
pia porque quiere controlar el impulso de acosar a una ex-pareja. Hace
unos pocos meses que había terminado la relación, pero no podía dejar
de pensar y sentir por él. El acoso era a través de Internet. La situación le
producía un grado de malestar, pero el disfrute de Z., un hacker muy há-
bil que trabajaba en una compañía de comunicaciones, de intervenir en
los correos electrónicos y el celular de su “ex” era, literalmente, irrepri-
mible. En su historia personal y familiar existían experiencias traumáti-
cas y acumulativas que tuvieron impacto en su construcción identitaria.
Z. era el hijo varón de una pareja que le invistió con libido narcisista muy
poco diferenciadora. A los 6 años fue seducido y violado sexualmente en
varias oportunidades por un tío materno, los padres negaron este hecho
hasta que a los 14 años Z. abusa sexualmente de un sobrino de la familia
materna. Al poco tiempo de este hecho que produjo la ruptura con una
parte de la familia extensiva materna, la pareja se separa; la causa ma-
niesta: la indelidad de la madre de Z. La nueva pareja de la madre es
un muchacho que no llegaba a los 20 años, un conocido de Z. del barrio.
La dinámica inconsciente de Z. resulta muy extensa para la exposición,
pero quisiéramos señalar algunas características estructurales de su
personalidad: el uso de la escisión como mecanismo clave en el manejo
de sus profundas ansiedades; la necesidad de ocupar la posición domi-
nante en sus relaciones; la marcada vulnerabilidad narcisista que ante
frustraciones y “desengaños” gatillaba una retracción de libido y la con-
guración de un escenario esquizo-paranoide donde él se ubicaba en
el papel de vengador omnipotente; la emergencia poco simbolizada de
contenidos pulsionales anales, entre otros aspectos.
La dicultad de Z. de hacer amigos en el colegio empezó a ser sobre-
compensada por las horas de Internet en la que mantenía relaciones
virtuales con muchos contactos utilizando diferentes avatar. Ya, en la
universidad, empieza a frecuentar un grupo de amigos y amigas con los
que ensaya momentáneamente vínculos más sólidos. Sin embargo, un
grupo de amigas mujeres critica su manera de manejarse socialmente,
lo que le produce sensaciones de vergüenza y humillación muy intensas.
Z. acusa una regresión muy marcada: se retrae, deja de hablar con la
mayoría de las personas que había empezado a frecuentar, y empieza a
hackear a tres de las amigas que habían “hablado mal de él”. “Estas bru-
jas”, tal como las llamaba, se convierten en las protagonistas de fantasías
persecutorias y contrataques en el mundo virtual. El placer de ingresar a
los correos de ellas e insultarlas o enviarles imágenes pornográcas de
tipo anal no fue descubierto por lo que se convirtió en un gran triunfo
narcisista, maníaco y clandestino, de su omnipotencia. El tiempo pasa,
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termina su carrera y aunque es una persona de inteligencia brillante, su
funcionamiento social y laboral está muy por debajo de lo que él espe-
raba. Para hacer la historia más corta, Z. a través de sus contactos en
Internet empieza a tener una vida sexual promiscua y en uno de sus en-
cuentros conoce a su ex-pareja. La relación no se prolonga más de tres
meses, pero para él es la relación en la que se sintió más enamorado
“fue como si fuéramos uno”, repetía en sesión. El ciber-acoso empieza al
cabo de unas tres semanas, luego de haber “terminado”, cuando en una
discoteca, encuentra a la ex-pareja con otro.
Z. se imagina un personaje omnipotente en el ciberespacio, tiene el po-
der de leer los correos, de implantar mensajes, intersectar llamadas, car-
garle a la cuenta de su ex-pareja montos que no ha utilizado, tiene el po-
der de desaparecerlo y reaparecerlo del sistema a voluntad. El domina
y somete al otro en un juego virtual que tiene una frontera muy difusa
con la realidad fáctica. Y a la vez este supuesto individuo poderoso, este
príncipe de las mareas informáticas, no llega a ocultarse a sí mismo, las
profundas carencias de su integración identitaria. La falta, que es decisi-
vamente inscripta en la psique por la asunción de la castración simbóli-
ca, y que en los juegos de signicado se representa, desplaza, sublima y
produce junto a los otros, el mundo en que vivimos, es escindida. Lejos
de ser una interdicción que potencie, para Z. la castración simbólica es
un corte que a la manera de un vórtice se traga las insignias de su pre-
caria identidad.
Termino aquí con una cita de Foucault (1988, p.7) sobre el biopoder que
nos ayuda a quedarnos con algunas de las ideas principales de la expo-
sición:
“Esta forma de poder se ejerce sobre la vida cotidiana inmediata que
clasica los individuos en categorías, los designa por su propia indivi-
dualidad, los ata a su propia identidad, les impone una ley de verdad
que deben reconocer y que los otros deben reconocer en ellos. Es una
forma de poder que transforma a los individuos en sujetos. Hay dos
signicados de la palabra sujeto: sometido a otro a través del control y
la dependencia, y sujeto atado a su propia identidad por la conciencia o
el conocimiento de sí mismo. Ambos signicados sugieren una forma de
poder que subyuga y somete”.
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