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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 122 - 129
ISSN 2815-6994 (en linea)
de una lucidez escasa y brutal, el oscurecimiento y la ceguera selectiva
sobre su propio cuerpo, muestran la enajenación instalada. La ceguera
de la propia imagen, la escotomización en el espejo, la oscuridad de sí
mismo, es en ese punto donde reposa la sombra que ha caído sobre el
yo, ésa que nos advierte Freud como siendo el objeto que ha sido perdi-
do, introyectado caníbalmente, como planteó Karl Abraham (Abraham,
K., 1916)1.
¿Qué tiempo para la melancolía?
El melancólico no se ve, no se reeja, ha perdido su imagen especular;
si hay algo negro en la melancolía es la luna de su espejo. Así, el melan-
cólico pende de una Idea, de una limitada red de palabras incorpóreas
que se reiteran una y otra vez en su discurso abatido y apagado. Hace
un tiempo atrás, en mi consulta y en una única sesión, atendí a un su-
jeto que buscaba ayuda peregrinando entre consultas de psiquiatras y
terapeutas de toda suerte. Se encontraba, desde hacía casi un año, im-
posibilitado de toda acción, insomne, agobiado por la culpa de no poder
salvar a su madre de la hospitalización por depresión y comienzos de
demencia, y de no haber podido salvar a su padre de la muerte, ocurri-
da hacía 20 años, cuyo cuerpo había sido encontrado en el lecho del río
Mapocho. Las culpas que cargaba eran tan innúmeras e inmensas como
infranqueable el delirio de grandeza escondido (aunque revertido en su
contrario), de salvador impotente al extremo tal de no poder salvarse
así mismo de la extinción vital que se anunciaba y que avanzaba como
la marea nocturna.
Este hombre, de mediana edad, hablaba de su pesar, exponía su discur-
so cansado y desvitalizado, contestaba apenas mis preguntas y por sobre
todo, conducía la palabra hacia una cantinela monocorde que interrumpía
cualquier intento de habla: “necesito volver a ser el que era”. Este estribillo
parecía aliviarlo de mis tentativas de historizar su discurso. Aunque la frase
contuviera todos los tiempos vivibles: pasado, presente y futuro (“necesito”,
hoy, “volver a ser”, futuro, “el que era”, pasado), el trabajo de hacer historia
estaba impedido. De esta inmovilidad impenetrable comprendí que su vi-
vencia ocurría en un tiempo inclasicable, quizás todos reunidos a la vez,
quizás en ninguno. Estéticamente, la melancolía se presenta como nostalgia
del pasado, y de alguna forma lo es. La melancolía está suspendida en el
tiempo de la catástrofe ya acaecida, la imagen que exhibe es la de la des-
integración de lo vivo y de la belleza que en ello hubo alguna vez. Aun así,
creo que sería inexacto armar que la melancolía habita el pasado, como lo
hace, por ejemplo, el viejo que sonríe al visualizar algunos bellos recuerdos.
Recordar sería una forma de volver a vivir en el pasado, hacer el puente con
el hoy, es construir una pequeña historia. Este gesto nada extraordinario
de recordar lo vivido y lo perdido comparándolo con el presente distinto,
mejor o peor, es algo que, sin embargo, el melancólico se ve impedido de
hacer, pues signicaría poder representar lo que se perdió. Ya Freud elucidó
que el melancólico “sabe a quién perdió, pero no lo que perdió en él” (Freud,
S.,1917, p. 243).
1 “Contrariamente a las envidias sádicas
del obsesivo, la vía del deseo inconsciente
del melancólico parece tender hacia la
destrucción por devoración del objeto
de amor”. Abraham, Karl. (1916) Examen
de l’étape prégénitale la plus précoce du
développement de la libido en (1966)
Œuvres Complètes Tome II (1913-1925),
Paris: Editions Payot. Traducción libre.