122 / FLAPPSIP
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 122 - 129
ISSN 2815-6994 (en linea)
EL TIEMPO DEL DESIERTO
LA MEMORIA IMPEDIDA
Nayaret Saúd
Psicóloga. Universidad de Chile.
Magíster© en Psicología Clínica mención Psicoanálisis, U.D.P.
Doctorante en Psychopathologie et Psychanalyse,
Université Paris-Diderot, Paris 7, France.
Analista en formación ICHPA.
naysa77@gmail.com . Santiago de Chile
Para citar este artículo / Para citar este artigo / To reference this article
Saúd N. (2014) EL TIEMPO DEL DESIERTO La memoria impedida
Intercambio Psicoanalítico 2 (1),
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC By 4.0)
123 / FLAPPSIP
Resumen
¿Qué tiempo para la melancolía? ¿Es la memoria la fijeza del pasado,
o es más bien lo que permite iluminar el presente y hacer la vida
psíquica posible? El texto se plantea éstas y otras preguntas a partir
de referencias a la clínica, a la ciencia, a la historia reciente de Chile y
al arte. Esta intersección es apoyada fundamentalmente a través de
las interrogaciones que se hace el cineasta chileno Patricio Guzmán
en su película Nostalgia de la luz (2010), donde se presentan tres bús-
quedas, tres supercies de la historia, tres capas del espacio en me-
dio del desierto más seco del mundo, tres motivaciones de vida que
coexisten paralelamente, y, de alguna forma también, se trata de
tres generaciones sucesivas de la historia de Chile. La búsqueda del
pasado que realizan el astrónomo, estudiando el cielo y las estrellas,
el arqueólogo, escudriñando los vestigios de culturas precolombinas,
y un grupo de mujeres mayores que, armadas de pequeñas palas,
caminan por el desierto desde hace veintiocho años removiendo la
arena en busca de algún hueso o pedazo de éste de un hijo o herma-
no o marido que la dictadura hizo desaparecer. El tiempo del desierto
es el tiempo de la melancolía.
Palabras clave: Melancolización, tiempo psíquico, desaparición, me-
moria, catástrofe.
Siempre he creído que nuestro origen está en el suelo, enterrado bajo la
tierra o en el fondo del mar, pero ahora pienso que nuestras raíces pueden
estar arriba, más allá de la luz
Patricio Guzmán, 2010.
Si la uidez de la vida y la idea de cambio están asociados representa-
tivamente al agua, el opuesto de ella, aquello combustible y de irrever-
sible extinción está ligado al fuego, al sol, el astro-rey que entrega en
forma de luz uno de los elementos primordiales para que la vida pueda
gestarse y mantenerse, a condición de que exista una distancia sucien-
te desde este centro de fuego hacia los planetas en que la vida es posi-
ble gracias a la presencia del agua. Entre agua y fuego la vida terrestre
inventa sus frutos mortales. Entre sol y océano, en esa distancia vital o
catastróca, la vida humana se vuelve aérea y terrenal, material e inma-
terial, corpórea y psíquica, eterna y perecedera.
Entre sol y océano, el vuelo del joven Ícaro ilustra los riesgos del arrojo
que no mide tiempo ni espacio, siendo abrasado por las llamas en un ex-
tremo o ahogándose en las aguas, en el otro. Ícaro desatiende las adver-
tencias de su padre de que no volase demasiado alto porque el calor del
sol derretiría la cera con que estaban pegadas las plumas de su articio
de pájaro construido para escapar de prisión, ni demasiado bajo porque
la espuma del mar mojaría las alas impidiéndole igualmente el vuelo.
Vuelo suicida, evento único, que lo impulsa hacia la ardiente inmateriali-
dad del fuego para eclipsarlo y hacerlo descender al fondo del mar.
EL TIEMPO DEL DESIERTO
LA MEMORIA IMPEDIDA
Nayaret Saúd1
1 Psicóloga. Universidad de Chile.
Magíster© en Psicología Clínica
mención Psicoanálisis, U.D.P.
Doctorante en Psychopathologie
et Psychanalyse, Université Paris-
Diderot, Paris 7, France.
Analista en formación ICHPA.
naysa77@gmail.com . Santiago de
Chile
124 / FLAPPSIP
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 122 - 129
ISSN 2815-6994 (en linea)
A diferencia de su padre Dédalo, Ícaro carece de historia, él no es más
que el salto mortal que realiza tomando el modelo constructivo del pa-
dre, cuyo solo afán era escapar del laberinto que él mismo había diseña-
do y donde fue encarcelado junto a su hijo, su descendencia. Al igual que
el melancólico, Ícaro carga en sus alas con el peso de un crimen familiar,
de una transgresión, que lo destina a vivir el tiempo en función de un
evento único e irrepetible, de un acto condensado y nal: morir. Ícaro,
generación siempre joven que anhela el paraíso, pero que en la soledad
de su vuelo se extingue en su arrojo mortal.
Entre sol y lecho marino conviven bestias de toda clase y especie, y entre
ellas una que ambiciona desentrañar todos los rincones, que quiere ser
todas las especies: ave, planta, reptil, mamífero, roca, dragón, ninfa y
dios. Ese anhelo, vívido en la fantasía del niño, se hace cultura en los dio-
ses que todo lo pueden, que todo lo saben, dioses que pueden adquirir
cualquier forma, dioses mixtos cuerpo de bestia y capacidad de palabra.
El hombre, animal espiritual cuyo cuerpo le estorba cuando quiere ser
luz, cuando se diluye en lo incorpóreo, cuando la vida es la Idea, el ideal.
Formas para enajenarse de la vivencia corporal hay tantas como cate-
gorías diagnósticas podemos precisar. Freud lo vislumbró desde sus
primeras observaciones clínicas, las que desembocaron en concepcio-
nes teóricas en cuyo centro está la problemática de lo psíquico en tanto
agente intermedio entre el cuerpo erógeno y orgánico, por una parte, y
la representación, por otra; el concepto de represión es ejemplo, al mis-
mo tiempo que pilar, del recorrido teórico que elabora la permanente
cuestión de la “distancia” entre el cuerpo, la representación y el afecto
(Freud, S. 1915). Una de estas formas, la melancolía, de afecto triste,
de humor oscuro y subterráneo, posee, sin embargo, la capacidad de
iluminar cada una de las evidencias de su insignicancia, exponiendo
su falta de valor y mérito para la vida, parece buscar la verdad como
ningún otro. Este desnudamiento moral que realiza repetitivamente el
melancólico impresiona por su falta de vergüenza y la monotonía de su
queja. Esta observación certera que hiciera Freud en su invaluable texto
“Duelo y melancolía”, sigue impactándonos hoy por su neza descriptiva
y sus alcances explicativos. Una de las observaciones que Freud hace es
que, si bien el melancólico “describe a su yo como indigno, estéril y moral-
mente despreciable”, (Freud,S. 1917, p. 244), “el cuadro nosológico de la
melancolía destaca el desagrado moral con el propio yo por encima de otra
tachas: quebranto físico, fealdad, debilidad, inferioridad social, rara vez son
objeto de esa apreciación que el enfermo hace de sí mismo” (Freud, S. 1917,
p. 245). Si hay algo que es escotomizado en la melancolía es el cuerpo
propio, único medio que conecta a lo vital de la existencia; es en este
sentido que Freud habla de desasimiento de la libido de los objetos, así
como le asombra la deriva que lleva a estos enfermos al desfallecimien-
to “de la pulsión que compele a todos los seres vivos a aferrarse a la vida
(Freud, S. 1917, p. 245). Si la autocrítica extremada que pinta el melan-
cólico puede parecernos de un autoconocimiento cabal y transparente,
125 / FLAPPSIP
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 122 - 129
ISSN 2815-6994 (en linea)
de una lucidez escasa y brutal, el oscurecimiento y la ceguera selectiva
sobre su propio cuerpo, muestran la enajenación instalada. La ceguera
de la propia imagen, la escotomización en el espejo, la oscuridad de sí
mismo, es en ese punto donde reposa la sombra que ha caído sobre el
yo, ésa que nos advierte Freud como siendo el objeto que ha sido perdi-
do, introyectado caníbalmente, como planteó Karl Abraham (Abraham,
K., 1916)1.
¿Qué tiempo para la melancolía?
El melancólico no se ve, no se reeja, ha perdido su imagen especular;
si hay algo negro en la melancolía es la luna de su espejo. Así, el melan-
cólico pende de una Idea, de una limitada red de palabras incorpóreas
que se reiteran una y otra vez en su discurso abatido y apagado. Hace
un tiempo atrás, en mi consulta y en una única sesión, atendí a un su-
jeto que buscaba ayuda peregrinando entre consultas de psiquiatras y
terapeutas de toda suerte. Se encontraba, desde hacía casi un año, im-
posibilitado de toda acción, insomne, agobiado por la culpa de no poder
salvar a su madre de la hospitalización por depresión y comienzos de
demencia, y de no haber podido salvar a su padre de la muerte, ocurri-
da hacía 20 años, cuyo cuerpo había sido encontrado en el lecho del río
Mapocho. Las culpas que cargaba eran tan innúmeras e inmensas como
infranqueable el delirio de grandeza escondido (aunque revertido en su
contrario), de salvador impotente al extremo tal de no poder salvarse
así mismo de la extinción vital que se anunciaba y que avanzaba como
la marea nocturna.
Este hombre, de mediana edad, hablaba de su pesar, exponía su discur-
so cansado y desvitalizado, contestaba apenas mis preguntas y por sobre
todo, conducía la palabra hacia una cantinela monocorde que interrumpía
cualquier intento de habla: necesito volver a ser el que era”. Este estribillo
parecía aliviarlo de mis tentativas de historizar su discurso. Aunque la frase
contuviera todos los tiempos vivibles: pasado, presente y futuro (“necesito”,
hoy, “volver a ser”, futuro, “el que era”, pasado), el trabajo de hacer historia
estaba impedido. De esta inmovilidad impenetrable comprendí que su vi-
vencia ocurría en un tiempo inclasicable, quizás todos reunidos a la vez,
quizás en ninguno. Estéticamente, la melancolía se presenta como nostalgia
del pasado, y de alguna forma lo es. La melancolía está suspendida en el
tiempo de la catástrofe ya acaecida, la imagen que exhibe es la de la des-
integración de lo vivo y de la belleza que en ello hubo alguna vez. Aun así,
creo que sería inexacto armar que la melancolía habita el pasado, como lo
hace, por ejemplo, el viejo que sonríe al visualizar algunos bellos recuerdos.
Recordar sería una forma de volver a vivir en el pasado, hacer el puente con
el hoy, es construir una pequeña historia. Este gesto nada extraordinario
de recordar lo vivido y lo perdido comparándolo con el presente distinto,
mejor o peor, es algo que, sin embargo, el melancólico se ve impedido de
hacer, pues signicaría poder representar lo que se perdió. Ya Freud elucidó
que el melancólico “sabe a quién perdió, pero no lo que perdió en él” (Freud,
S.,1917, p. 243).
1 “Contrariamente a las envidias sádicas
del obsesivo, la vía del deseo inconsciente
del melancólico parece tender hacia la
destrucción por devoración del objeto
de amor”. Abraham, Karl. (1916) Examen
de l’étape prégénitale la plus précoce du
développement de la libido en (1966)
Œuvres Complètes Tome II (1913-1925),
Paris: Editions Payot. Traducción libre.
126 / FLAPPSIP
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 122 - 129
ISSN 2815-6994 (en linea)
¿Qué vida humana es posible si la palabra no se inscribe ni en el cuerpo, ni
en la imagen ni en el tiempo?
Si tuviera que poner en imágenes visuales la temporalidad en la melancolía,
las pinturas de Salvador Dalí me prestarían gran ayuda. En muchas de ellas,
y a pesar de la animación de lo inanimado (el ejemplo clásico es “sus relo-
jes cansados”) y del movimiento que exhiben los objetos representados, se
escenica una cierta catástrofe en tiempo estático pero cuya ocurrencia no
alcanzamos a asistir; se trataría de una catástrofe ya realizada cuyo arribo
mantuviera el tiempo paralizado, sin futuro posible; es una catástrofe que a
su paso arrasó la fertilidad de la vida y dejó las huellas de su implantación,
de su explosión desoladora. Esta catástrofe ocurrida no cesa de ocurrir pues
la historia ya no es posible, la deserticación se ha impuesto. Nótese, por
ejemplo, el ocre utilizado insistentemente en las pinturas de Dalí como suelo
de escenicación de los objetos, o en el cielo azul con pocos o sin matices.
Paisaje mineral, paisaje del desierto. El tiempo de la melancolía es el tiempo
del desierto.
Existen variadas formas sublimes de representación melancólica en las dis-
tintas artes: en la pintura, en la poesía, en la escultura, en la música, en la lite-
ratura. Excedería, sin duda, este breve texto clasicar a sus autores y visua-
lizar diferencias epocales y aportes a la cultura, además de presentárseme
como una tarea imposible para mis conocimientos limitados en el tema. El
empeño del arte de ofrecer guración a lo inefable que hay en la experiencia
humana, le da a éste un valor insustituible en la cultura, en la imaginariza-
ción de lo que la razón y la ciencia pueden llegar a explicar transitoriamente,
precariamente, de lo insondable de la existencia, de lo más sensorial a lo
más imperceptible, de lo bello a lo repugnante, de lo diáfano a lo ominoso.
El mismo Freud apoyó algunas de sus conceptualizaciones en obras de la
literatura, la escultura y la pintura; el “Moisés” de Miguel Ángel, los poemas
de Heine, las obras de Goethe, Schiller, Shakespeare, Schopenhauer y las
pinturas de Leonardo da Vinci, son sólo unas pocas muestras de esto.
Nostalgia de la luz
El Golpe cívico-militar de 1973 –nuestra reciente y gran catástrofe- quebró la
historia de Chile mediante el crimen organizado desde el Estado y la ruptura
institucional. Durante estos 40 años de historia nacional, se ha querido, des-
de distintos medios y esfuerzos, dejar bajo tierra la memoria de este país.
Pero, la memoria se cuela, si no por sus repeticiones sintomáticas, por sus
manifestaciones artísticas. El último lm del cineasta chileno Patricio Guz-
mán, Nostalgia de la luz (2010) regresa a las huellas de la memoria de su
propia historia y a aquellas de la desmemoria en la que se empeña una gran
parte de nuestro país. Para ello, escoge un paisaje: el desierto más seco del
mundo, el desierto de Atacama, donde la vida mineral impera sobre toda
otra forma de vida, imponiendo su tiempo aparentemente inmutable. Si la
representación del cambio, como planteábamos al inicio de este texto, está
ligada a la uidez del agua, imagen losóca propuesta por Heráclito a tra-
vés de su célebre cita “en el mismo río entramos y no entramos, pues somos y
no somos [los mismos]2”, la inmutabilidad vendría expresada en el desierto,
en la ausencia de agua, en la esterilidad de un lecho que ha sido abandona-
do. Guzmán dice:
2Heráclito. En Fil.ex, 2011. “El laberinto y
el hilo de Ariadna”. http://lex.es/historia/
hftema1/53_herclito_todo_es_uno_
cambio_y_permanencia.html
127 / FLAPPSIP
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 122 - 129
ISSN 2815-6994 (en linea)
me imagino que el hombre alcanzará pronto el planeta Marte; el suelo que
tengo bajo mis pies es lo más parecido a ese mundo lejano: no hay nada,
no hay insectos, no hay animales, no hay pájaros, sin embargo, está lleno
de historia. (…) Es una tierra castigada, impregnada de sal, donde los res-
tos humanos se momican y los objetos permanecen. El aire, transparente,
delgado, nos permite leer en este gran libro abierto de la memoria, hoja por
hoja.” (Guzmán, P., 2010)
La investigación de Guzmán hace intersectar tres planos de existencia
en ese desierto, tres búsquedas, tres especies de gente, tres supercies
de la historia, tres motivaciones de vida que coexisten paralelamente,
y, de alguna forma también, se trata de tres generaciones sucesivas de
la historia de Chile. La película interroga la búsqueda del pasado que
realizan el astrónomo, estudiando el cielo y las estrellas, el arqueólo-
go, escudriñando los vestigios de culturas precolombinas, y un grupo
de mujeres mayores que, armadas de pequeñas palas, caminan por el
desierto desde hace veintiocho años removiendo la arena en busca de
algún hueso o pedazo de éste de un hijo o hermano o marido que la
dictadura hizo desaparecer.
Estos tres grupos buscan respuestas a sus inquietudes en la transparen-
cia de este desierto límpido, en el espesor innito del cielo, en los trazos
dibujados por los trashumantes en su paso de la cordillera al mar, o en
la multitud inacabable de la arena del desierto quemante, cuyo único
movimiento es el viento que combina incesantemente el polvo con el
polvo, el polvo con la luz.
Guzmán interroga la memoria de estas tres capas de la historia, les da la
palabra. El astrónomo, por su parte, explica por qué, desde su disciplina,
todas las experiencias sensoriales que se tienen como las palabras y la
grabación de ese momento preciso, ocurren en el pasado, aunque sean
millonésimas de segundo. “Nada se ve en el instante en que se percibe. Esa
es la trampa -maniesta él-, el presente no existe. Nosotros somos manipu-
ladores del pasado” (Galaz, G., 2010). Yo me digo: ¿cómo no pensar en el
trabajo del psicoanalista, trabajo de historización, trabajo de guración
de la experiencia más inefable, ocurrida siempre en al menos dos tiem-
pos para que pueda representarse, en el a posteriori, en el après coup3?
La belleza de las imágenes sobrecoge, la proyección de las fotografías
tomadas a las galaxias por los telescopios gigantes, esa ora del cielo
que habitamos, es intercalada por los recorridos silenciosos que ofrece
nuestro desierto implacable; si hay algo en él que cambia alocadamen-
te es el color de sus composiciones de tierra y sol: todos los azules del
mundo, todos los marrones, del más negro al más rojizo. En la película,
una música aérea, afectivamente repetida, envuelve el recorrido por el
silencio desértico.
3 Locación de adverbio francesa que
signica: más tarde, después de la cosa
hecha.
128 / FLAPPSIP
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 122 - 129
ISSN 2815-6994 (en linea)
En ese concierto de interrogaciones al cielo, a la tierra, al sol, pienso en
la desdicha de esas mujeres buscadoras de signos de muerte real, de
muerte efectivamente ocurrida y no sólo creída por la lógica de la au-
sencia, por la incomprensión de la desaparición. Ellas buscan verdad, así
como el lósofo o el cientíco, pero, a diferencia de ellos, o de nosotros
psicoanalistas, que indagamos para enriquecer la vida, para hacer posi-
ble un futuro, estas mujeres, luego de más de veinte años de remover la
inmensidad, han surcado los caminos de la melancolía, en una vía mor-
tífera que da sentido a sus vidas privadas para morir en paz. La hermana
de un joven desaparecido se reere al hallazgo de algunas partes del
cuerpo de su hermano: En la noche, no podía dormir y fui a acariciar su
pie, tenía olor a descomposición, pero era su pie, el pie de mi hermano, es-
tábamos reencontrándonos, fue el gran reencuentro y también la gran des-
ilusión, porque recién ahí tomé conciencia que mi hermano estaba muerto”.
Ellas buscan la verdad de una catástrofe social que ha sido encubierta
y enterrada. El impedimento de saber, el ocultamiento intencionado de
información de parte de los responsables han “melancolizado” a este
grupo de mujeres y a toda una parte de la población de este país que ha
sido destinada a la jeza, que no ha tenido más vida, por decenios, que
buscar rastros de la muerte ocurrida y así morir mejor. Ellas han sido
llevadas a vivir en un tiempo estático como el de la melancolía, en los
restos del pasado y en la imposibilidad de un futuro vital. Ellas han sido
impedidas de historizar sus vidas. La esperanza sigue siendo encontrar
la irrevocabilidad de la muerte de su ser querido. Una señora de 70
años se pregunta infatigablemente dónde está el cuerpo de su marido y
el de tantos otros, a la par que reexiona: “Muchos se preguntarán: ¿para
qué quieren huesos? ¡Yo los quiero…! Si hoy lo encontrara y me dijeran que
mañana me voy a morir, me iría feliz…pero no me quiero morir, no me quie-
ro morir sin encontrarlo”.
¿Cómo se puede aceptar que logremos tener información acerca de lo
que pasó en el universo hace millones de años, en ese origen explosivo
que se describe como el Big-Bang, esa catástrofe cósmica, y que no
podamos reconstituir certeramente la historia recién pasada, de hace
solo 30 años, que dejó seres humanos esparcidos por el desierto y el
fondo del mar?
Patricio Guzmán, luego de entrevistar a estas tres especies de buscado-
res del desierto, y volver a visitar el esqueleto de la ballena que lo intri-
gaba en su infancia, en el Museo de Historia Natural, piensa:
Hoy en día existen otros huesos que no están en ningún museo, son de cal-
cio, el mismo calcio que tienen las estrellas, pero al revés que ellas, no tienen
nombre, no se sabe a qué alma pertenecieron, son restos de restos, restos de
los desaparecidos de la dictadura militar que aún esperan ser identicados.”
(Guzmán, P., 2010)
129 / FLAPPSIP
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 122 - 129
ISSN 2815-6994 (en linea)
Entre sol y lecho desierto, entre cielo y tierra infértil, el arrojo de peque-
ños hombres y mujeres que sostienen ilusiones, removiendo el pasado,
inquiriendo unos a la materia rocosa y salina, y otros manipulando gran-
des ojos, hacen un viaje al origen del agua y de la vida, mientras este
grupo de mujeres toca puertas sordas, y araña el polvo buscando la luz,
acercándose al sol para caer denitivamente al mar.
Bibliografía
Abraham, K. (1916) Examen de l’étape prégénitale la plus précoce du développement de la
libido . En (1966) Œuvres Complètes Tome II (1913-1925), Paris: Editions Payot. Traducción
libre.
Freud, S. (1917 [1915]). Duelo y melancolía en Strachey,J. En (1985) Obras Completas vol. 14.
Buenos Aires: Amorrortu editores.
Freud, S. (1915) La represión en Strachey,J. En (1985) Obras Completas vol. 14. Buenos Aires:
Amorrortu editores.
Guzmán, P. (2010) película Nostalgia de la luz. Documental/drama, 90 min. Chile-Francia-
Alemania.