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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 151 - 160
ISSN 2815-6994 (en linea)
EDIPO
¿ESTAS AHÍ???
Dra. Martha Vega
Médica. Psicoanalista.
Ex miembro Didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina y
Ex Full Member de la Internacional Psychoanalitic Association.
Consejera Académica de la Maestría
en Psicoanálisis de la Univ. Nac. De La Matanza (UNLAM).
Profesora Titular del Seminario Metapsicología
en la currícula de esa Maestría en la AEAPG.
Socia plenaria de la AEAPG.
Reside en Buenos Aires.
mevega@intramed.net
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Varela Fregoso P.J. (2014) EDIPO ¿ESTAS AHÍ???
Intercambio Psicoanalítico 2 (1),
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC By 4.0)
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Resumen
Planteamos los cambios que el concepto de Complejo de Edipo freu-
diano ha ido teniendo dentro de la teoría en los sucesivos trabajos y
las críticas que se le hicieron desde diversas ciencias interdisciplina-
rias y aquellos cuestionamientos devenidos de sus propios colegas,
de su época y posteriores.
Planteamos también los cambios sociológicos y contextuales de la
normalidad psicosexual desde la época victoriana hasta la actuali-
dad y las características de las familias posmodernas que inciden
grandemente en la función paterna de corte
Deja por ello abierta la pregunta acerca de qué características tiene
el Edipo hoy en día y cuál es el Padre del que se trata en la función de
terciar entre madre e hijo.
Palabras clave: Complejo de Edipo - Cuestionamientos y críticas - Fa-
milias actuales - Función paterna - Psicosexualidad humana.
Vamos a ocuparnos hoy del Complejo de Edipo, pilar del edicio teórico
freudiano para recorrer sus vicisitudes interdisciplinarias y aún dentro
de la Teoría, según ciertas épocas y en distintos trabajos escritos por S.
Freud.
El cambio y las transformaciones de los tiempos atentan contra la con-
cepción de lo Permanente desde cualquier punto de vista y por ende nos
subsume en la “Impermanencia”, verdadera noción de la realidad. Pero
vale recordar hablando de Freud y su obra, el aforismo de la física que
arma: “nada se pierde, todo se transforma”.
Nos lleva de esta forma a la necesidad de explorar una postura teórica
que como arma Freud en Más allá del principio del Placer (1920), “es
plenamente licito entregarse a una argumentación, perseguirla hasta
donde lleve, solo por curiosidad cientíca o si se quiere, como un ad-
vocatus diaboli que no por eso ha entregado su alma al diablo…” (p 57).
Agrega unos párrafos después:
“Creo que cada cual esta dominado por preferencias hondamente
arraigadas en su interioridad, que se ponen en obra cuando se especula
(…) Se pueden refutar intransigentemente teorías que resultan contradi-
chas desde los primeros pasos que uno da en el análisis de la observa-
ción, y a pesar de ello se puede saber que la corrección de las que uno
mismo sustenta es solo provisional” (ibid, p 58).
Nos proponemos entonces, con este aval freudiano, cotejar a lo largo
del tiempo que ha transcurrido hasta hoy, más de un siglo, la conictiva
edípica desde su primera postulación, hasta el momento actual, tan rico
en cambios sobre la comprensión de la psicosexualidad humana de la
que es pívot este concepto.
EDIPO
¿ESTAS AHÍ???
Dra. Martha Vega1
1 Médica. Psicoanalista. Ex
miembro Didacta de la Asociación
Psicoanalítica Argentina y Ex
Full Member de la Internacional
Psychoanalitic Association. Consejera
Académica de la Maestría en
Psicoanálisis de la Univ. Nac. De La
Matanza (UNLAM). Profesora Titular
del Seminario Metapsicología
en la currícula de esa Maestría en la
AEAPG.
Socia plenaria de la AEAPG. Reside
en Buenos Aires.
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No es fácil encarar este salto, en forma detallada, pero sí, es necesario
recordar que el concepto de normalidad responde etimológicamente a
la norma y la norma es un consenso cultural, que la dicta basada en los
paradigmas que desde el ámbito, cientíco se aceptan como valederos
en un tiempo determinado.
Ya Prigoyin (1983) nos alertaba sobre los cambios de paradigma, sus
dicultades y el tiempo que demandaban para situar al próximo plena-
mente en vigencia por sobre el anterior.
Vamos entonces a recuperar el contexto en que se postulaba el Edipo
freudiano y al mismo tiempo intercalar algunos cuestionamientos pio-
neros a la norma de la sexualidad victoriana y que fueron modulando no
solamente cambios dentro de las teorías psicológicas de la época sino
dentro mismo de la obra de Freud desde su Tres Ensayos (1905) hasta la
última Conferencia 32 La Femineidad (1933).
También nos proponemos enunciar algunos cuestionamientos que re-
cibió el Edipo freudiano desde lo social, lo antropológico, lo losóco y
de otras disciplinas relacionadas al psicoanálisis, cuestionamientos que
enarbolaron algunos, también ellos psicoanalistas como Adler, Klein,
Karen Horney, Jung y otros.
La temática del Edipo ha interesado desde los comienzos a literatos, es-
critores de teatro, antropólogos, teorías políticas y teorías sociológicas
como el Materialismo dialéctico, el Marxismo, a psicoanalistas y a pin-
tores como Goya, Rubens y otros en obras muy conocidas como por
ejemplo: “Saturno (cronos) devora a su hijo“, pintura de Goya de su Serie
Negra que fuera pintado originalmente sobre las paredes de su casa
y pasado luego a lienzo, entre los años 1819 y 1823. Encara en ella la
temática del licidio donde por haber sido Layo advertido por la Esnge
que su hijo lo mataría ordena matar a Edipo al nacer.
Freud con su cultura general conoció esa obra y también la obra de Ru-
bens, anterior aún, de 1636 que también llamó ”Saturno” donde se lo ve
al dios también devorando a un niño. (Gombrich, 1997)
También toma de la literatura el tema de Edipo Rey de Sófocles para el
estudio del encuentro entre el hijo y el padre y el parricidio e incesto
consiguientes y la ceguera nal al enterarse Edipo que ha asesinado a
su padre y se ha casado con su madre. Castración, y ceguera: retaliación
superyoica ante tamaño crimen.
Yocasta en ningún momento se arrepiente y pese haber tenido a su vez
dos hijos con su propio hijo trata de minimizar la importancia de la situa-
ción ante Edipo pasando por sobre la cuarta proto-fantasía freudiana:
la del no retorno al seno materno que es mandato para el hijo, pero
también tiene el correlato de prohibición para la madre con el: no rein-
tegrarás tu producto.
Ambos mandatos quedan lesionados y transgredidos en la tragedia grie-
ga. El coro no acusa a Edipo de haberse acostado con su madre sino de
que se ha encontrado con su padre en la matriz de su madre como si
esto fuera lo más condenable.
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Esto me hace acordar a que Salvador Dali dice en su autobiografía (1993)
“que recuerda” que cuando estaba en el útero materno vio allí el pene de
su padre… genio y gura..!!
Gil y Núñez, colegas uruguayos, citan a Francoise Heritier que postu-
la que lo verdaderamente prohibido del incesto es el contacto de los
cuerpos y el pasaje de los humores idénticos sobre el mismo cuerpo (el
semen del hijo y del padre sobre la madre).
Todos esos intereses de Freud que mencionamos, tratan de sostener
ese algo para él universal y marca transgeneracional: el Edipo, cuyos
orígenes se hacen inciertos desde las múltiples perspectivas en que lo
analizaron el arte y las ciencias.
Tan así me parece, que Freud mismo en su último trabajo sobre el tema,
El Sepultamiento del Complejo de Edipo (1923), trabajo de síntesis de
todos los aportes previos desparramados en su obra, utiliza para adje-
tivarlo 16 voces en 4 hojas del texto a saber: sepultamiento, zozobra,
cancelación, hundimiento, ida a pique, demolición, catástrofe, supre-
sión, dominación, destrucción, naufragio, declinación, abandono, desva-
necimiento y hasta represión.
Si algo merece tantos nombres o adjetivos no parece ser (a mi juicio)
muy bien y muy acabadamente conceptualizado, sino encarado desde
diferentes vertientes o modelos para transmitirnos su meollo
Entre estos términos con que lo calica predominan los modelos náu-
ticos que nos permiten imaginar algo que se hunde pero no desapa-
rece sino que permanece hundido (como el Titanic) y con vitalidad en
el inconsciente, permanencia que explica la transmisión generacional,
logenética, del mismo en forma de proto-fantasías como plantea en
el historial del Hombre de los Lobos (Freud, 1917) que deben ser luego
llenadas en la ontogenia de cada individuo con sus experiencias paren-
tales personales.
Veamos que la cuestión del Edipo ya se conguraba en las cartas a Fliess
de 1900 con referencias de Freud a sueños con su madre mucho más
joven que su padre y recién recibe esta síntesis nal en la obra de 1923.
Con el planteo del Narcisismo en 1914 Freud escribe que es imposible
situar el complejo central de las neurosis sobre el estrecho piso del Com-
plejo de Edipo.
Y dice:
“Juzgo totalmente imposible colocar la génesis de la neurosis sobre
la base estrecha del complejo de castración, por grande que sea la fuer-
za en que aora en ciertos hombres entre las resistencias a la curación
de las neurosis, por último conozco también casos de neurosis en los
cuales la “protesta masculina” (o bien en nuestra doctrina el complejo
de castración) no desempeña papel patógeno alguno o ni siquiera apa-
rece…” (ibid, pp 89 - 90)
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O sea que sugiere que hay en la patología algo que es independiente
del Edipo.
Al Edipo le pertenece el tema de la castración y da cuenta del n de la
primera fase de la sexualidad humana, la sexualidad infantil y la poste-
rior amnesia sobre la misma.
Cuando señala más tarde en el Yo y el Ello (1924) nuevamente al Edipo
como el Complejo Central de las Neurosis, recibe una carta del Dr. Weiss
donde le interroga sobre aquella primitiva armación y con sorpresa
Freud le contesta:
“….Me deja usted perplejo, ya no se en qué pensaba yo en esa época,
hoy no sabría indicar neurosis alguna en que no se encontrara este com-
plejo… pero como nuestro panorama sobre la totalidad de este campo
es todavía imperfecto preferiría no pronunciarme de manera denitiva
en ninguno de ambos sentidos” (Freud, 1914, p 90, nota al pie)
Es una muestra de la honestidad intelectual de Freud que puede postu-
lar otra cosa que contraría la anterior sin desdecirse de ella sino incluirla
en una nueva espiral dialéctica.
Deja nalmente igual la idea de que el Edipo es el complejo central de
las neurosis y no sólo eso, sino que queda planteado como fenómeno
universal independiente del entorno cultural.
Personalmente creo que era coherente su postura en 1914 al decir que
no podía colocarse cierta patología sobre el estrecho piso del Complejo
de Edipo, en tanto en la línea del narcisismo y las que llamaba por enton-
ces Neurosis Narcisísticas dominaba la temática de la completud y de
la binariedad: “o yo o el otro” y aún no se había instalado en el aparato
la temática de la terceridad en la que se inscribe el Edipo: Mamá, Papá y
Yo y tener que reconocer en pentagramas distintos la “clase padres” de
la “clase hijos”.
Kohut como postfreudiano plantea, con verdadero acierto, estos dos ca-
minos de comprender las neurosis, el narcisismo y el Edipo, que tienen
incluso dos formas de interpretación independiente para ambas, en la
línea del narcisismo o en la línea del Edipo según los momentos en las
sesiones y en el tratamiento, pero separadamente.
Esfuerzo de Kohut de reunicación de aquellas dos formulaciones freu-
dianas que le sonaban opuestas al Dr. Weiss.
La universalidad del pene dentro de las Teorías Sexuales Infantiles, es
el pivote para toda la obra freudiana, con el eje puesto en la castración,
pero con ciertas características temporales diferentes en la niña y el
niño.
La angustia de castración en el varón a la visión de la falta de pene en la
mujer, y el complejo de castración en la niña.
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Como esta temática del Edipo es bien conocida por todos nosotros, no
me detendré demasiado en su descripción detallada, pero sí quiero ha-
cer un recorrido breve y panorámico sobre él y sobre las consecuencias
que a posteriori tuvo su postulación desde varias ciencias interrelacio-
nadas con el psicoanálisis, con diversos enfoques, críticas, acuerdos y
desacuerdos con tal planteo.
Comenzando el siglo XX en el contexto de una sociedad victoriana res-
trictiva y que aceptaba una doble moral sexual para el hombre y un
control total para la sexualidad femenina hasta el casamiento, aparece
Freud, totalmente disruptivo, postulando la sexualidad infantil.
Huelga el comentario acerca de los enconos y las críticas que desplegó
en 1905 con sus “Tres Ensayos de teoría sexual” razón por la cual debió
fundamentarlo al poco tiempo con las observaciones del padre de Juani-
to en el historial homónimo.
Como si esto fuera poco, en el terreno de las histerias hablaba de la
seducción por el padre, cosa que hasta sus discípulos, según dice Peter
Gay (1989), debieron decirle que diera marcha atrás con el tema, porque
de esa forma rechazarían el psicoanálisis aún en sus comienzos y es ahí
cuando surge la frase ya no creo en mi neurótica y el abandono de la
verdad histórica por la pregnancia de la fantasía.
Lo cierto es que Freud dio marcha atrás a una situación que no era uní-
voca, pero tampoco excepcional en aquellos tiempos.
La aceptación de la sexualidad infantil y de los deseos incestuosos ha-
cia ambos progenitores, devenido luego en identicaciones secundarias
como consecuencia del sepultamiento del complejo y la constitución del
Superyo, era para Freud precedido por una identicación con el padre
como modelo (Freud,1922), el padre de la prehistoria personal o el ar-
quetipo paterno que daba origen al ideal del yo como remanente de
la primitiva omnipotencia infantil conformando la sede de los valores
dentro del aparato y congurando la primera diferenciación dentro de
él, cuya constitución es la condición para la represión como defensa.
Desde ahí la marca “Como yo deberás ser” primera parte del mandato
de origen narcisista y omnipotente y por ello mismo tiránico.
Este ideal que forma el núcleo del superyo es revestido, a posteriori,
por las identicaciones post-edípicas o secundarias, con los padres de
la historia personal que ordenan “como yo no deberás ser”, instalando
la paradoja, y que como toda paradoja debe ser descompuesta para en-
tenderla, en los dos planos diferentes de su enunciación: el del narcisis-
mo y el del Edipo.
El aporte Freudiano de las Protofantasias en el Historial del Hombre de
los Lobos (1917) las hace venir de la logenia para ser rellenadas en la
ontogenia de cada individuo, y esta vez sí, con los padres de la historia
personal.
Remarcábamos anteriormente el interés de la cuarta de ellas, que en ge-
neral no se toma mucho en cuenta y es la única que se dirige no solo al
niño: no regreso al seno materno sino que como contrapartida le señala
a la madre no reintegrarás tu producto.
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Función de corte que desde el vamos queda inscripta, como transgene-
racional, dentro del inconciente nunca reprimido.
En Tótem y Tabú (Freud, 1914) con el mito de la horda primitiva
y el asesinato del padre primitivo, Freud pone allí el origen de la cultura
separando en fratrías a los hermanos para evitar el incesto. Padre muer-
to, que en el Tótem adquiere todo su valor simbólico en la obediencia
retroactiva (culpa inconsciente) y las identicaciones periódicas con él a
través de la comida totémica.
Como la teoría Freudiana es falocéntrica, con la universalidad
del pene, al concebir al yo armándose desde la percepción (la percep-
ción es al yo como las pulsiones son al ello) ecuación que postula en la
segunda tópica, en “El Yo y el Ello (1924) no queda otra que signicar la
falta a partir de lo percibido; y lo percibido es el pene.
Diferencia clave con Melanie Klein que postula fantasías incons-
cientes innatas acerca del conocimiento en ambos sexos de sus genita-
les y un yo también inicial que en la posición esquizo-paranoide organiza
un splitting y proyecta la pulsión de muerte sobre dos tipos de objetos y
esto a partir de la relación con el pecho, admite entonces un Edipo tem-
prano en la segunda mitad del 1º año de vida. Su teoría parte del Freud
de 1920.
A raíz de estas y otras críticas y algunas nuevas perspectivas
Freud va incluyendo en diferentes escritos modicaciones en la caracte-
rización sobre todo de la sexualidad femenina.
No sólo fue Melanie Klein sino las culturalistas como Karen Horney quie-
nes enfatizaron el papel de la cultura en la valoración de lo masculino
por sobre lo femenino y por fuera de los deseos incestuosos hacia am-
bos padres en el Edipo.
Es así como en su último escrito sobre sexualidad femenina, la Confe-
rencia 32: La Feminidad (1933), dice Freud que a raíz de lo trasmitido por
sus colegas mujeres que han recibido con más facilidad las transferen-
cias maternas que él, por facilitarlo así su sexo (no era que el analista no
tiene sexo?!!!) marca con énfasis la pregnancia de la etapa preedípica de
la niña, de fuerte jación a la madre, de la que se aparta con hostilidad
a veces bien entrado el 4º año de vida al reconocer su falta de pene y
atribuirle a ella esa “castración” y que desde esa envidia al pene la lleva a
dirigirse al varón como un apéndice del pene que desea tener como ar-
ma en “Sobre la trasposición de las pulsiones y en especial del erotismo
anal“ (1917). Entonces postula el Edipo en la niña como una formación
secundaria a la castración, ella entra en el Edipo cuando el varón sale
por la misma causa.
Ya vemos como desde las cartas a Fliess donde habla de su pro-
pio Edipo con esa madre mucho más joven que el padre, hasta avanzada
la teoría en el 23 recién da forma al Sepultamiento del Edipo y a la for-
mación del Superyó como su heredero.
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Freud abrevaba también con su gran cultura general y literaria en las
obras griegas sobre todo en la más antigua del teatro griego. La Ores-
tiada de Esquilo que por primera vez da entrada a la venganza del hijo
sobre la madre (Clitemnestra) que ha dado muerte al padre (Agamenón)
a su regreso de la guerra de Troya, para continuar una relación con su
amante (Egisto) que detentaba el poder.
Sus hijos Orestes y Electra matan a ambos y en el juicio que les hace el
tribunal de las Erinias, por mediación de Apolo y de Palas Atenea, Ores-
tes es declarado inocente.
Aparece en esta obra por vez primera en el teatro griego la primacía del
derecho paterno por sobre el materno, derecho que tomará en Roma
toda su consistencia con el valor legal de la herencia patrilineal dentro
de la justicia.
También psicoanalistas como Klein, Jung, Karen Horney y Adler con su
protesta masculina, han aportado variables al tema si bien pocos enfati-
zaron la no universalidad del mismo.
Malinowski fue el primero en plantear que en sus experiencias en las
islas Trobriand no encontraba reejos de la impronta paterna en los
salvajes de esas islas, pero otros antropólogos posteriores a los que si-
guió luego Levy-Strauss hablaron del avunculado o sea la autoridad del
hermano materno por sobre el padre real y que era colocado en ese
lugar de Padre-función arrastrando aún todavía la herencia matrilineal
familiar. Malinowski aceptaba el papel del Edipo para el occidente pero
no como universal.
Lacan (1957-58) enuncia el papel de la función paterna como simbólica
por sobre el planteo de Freud en Tótem y Tabú como mito de origen
para el Edipo.
No es tributario del padre real y por eso aún en su ausencia esta función
de corte entre la madre y el hijo se lleva a cabo instalando la terceridad
con algo que hasta podría ser meramente el trabajo de la madre (ejem-
plo de mi autoría) que la convoca a partir y alejarse del niño y de su
fusión inicial, manera de introducirlo en el lenguaje social y sus normas.
Karen Horney (1924) dentro de la línea culturalista armaba que la envi-
dia al pene freudiana era una ofensa para las mujeres dentro del plan-
teo de universalidad del pene o de su falta. Se adentró un poco en lo que
Freud habla de identidad de género y de la conciencia en la niña que el
pene fuera superior al genital femenino pero entendiéndolo como una
cuestión cultural que se le impone a la niña, si bien no planteaba que los
genitales femeninos fueran iguales o superiores a los del varón.
Por suerte Mafalda1 entre nosotros se ocupó de eso cuando le señala a
Felipito: dice mi mamá que con lo que tenemos nosotras podemos tener
muchos de lo que tienen ustedes.
1 Referencia a la mundialmente conocida
Mafalda, el personaje del historietista
argentino Quino.
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Eric Fromm, lósofo humanista, otro detractor del Edipo como uni-
versal, admite que sí, que forma parte del desarrollo de la psicosexualidad
infantil, pero que no seria el papel central sino que la hostilidad y rivalidad
con el padre provendría más bien de la rebelión por sobre su autoridad y
la de las estructuras sociales patrilineales que lo avalan como tal autoridad.
No quisiera olvidar a Rascovsky, psicoanalista argentino reconocido mun-
dialmente por su teoría sobre el Filicidio, que da vuelta al Edipo del héroe y
apunta a Layo con sus deseos de muerte sobre Edipo por la profecía de la
esnge que anuncia Tiresias que su hijo lo mataría, profecía que nalmente
se cumple, como todo, por primacía de lo destinal.
Por último me interesa señalar el trabajo de dos colegas de la Asociación
Psicoanalítica Uruguaya, Daniel Gil, psicoanalista y Sandino Núñez, lóso-
fo, que publicaron en el año 2002 un libro llamado “Padre por qué me has
abandonado” subtitulado “El psicoanálisis y el n de la sociedad patriarcal”
parafraseando lo dicho por Jesús en el Huerto de los Olivos y se preguntan
¿Cuál es ese padre que hoy nos ha abandonado? Y plantean la necesidad
de reexionar y discutir el papel de la función paterna en un contexto más
actual caracterizado por los cambios de los referentes conocidos de antiguo
y si fuera necesario, replantear también los fundamentos en que se asienta
nuestra práctica psicoanalítica.
Los importantes cambios que se han dado sobre la familia patriarcal de
aquellos tiempos victorianos hacen necesario posicionarse diferente res-
pecto de la concepción de familia patriarcal tradicional. Así como Engels
(1884) revisaba en su libro El Origen de la Familia la Propiedad y el Estado la
secuencia que Bachofen (ya en 1861) describía como sucesivas constelacio-
nes familiares desde el matrimonio colectivo a la monogamia, necesitamos
hoy agregar otras formas de familia: las familias ensambladas, las monopa-
rentales, las homoparentales, etc., que sin duda obligan a postular nuevos
paradigmas de funcionamiento que aún no llevan suciente tiempo para
ser totalmente cambiados y que lo vemos ir cambiando en la sanción de las
leyes que sobre el tema se van sucediendo.
También en base a ello es necesario postular la necesidad de interrogar-
se sobre el papel de la función de corte ejercida por la madre o la abuela
u otras variables en estas familias monoparentales o ensambladas como
nuevas construcciones sociales. Entre nosotros es común en las provincias
pobres del Norte que las jóvenes dejen sus hijos a su madre para ir a las
ciudades a trabajar y sea la abuela quien crie a los nietos y generalmente sin
guras masculinas que como su nombre lo indica son “peones golondrinas”
que llegan a levantar la cosecha, embarazan a las mujeres y luego de la co-
secha desaparecen.
Ahora si podemos contestar a la pregunta con que nos convocaba nuestro
título: Edipo, ¿estás ahí?
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Exclamando por boca de él mismo como respuesta en “Edipo en Colona “:
“Estoy en Colona, viejo y ciego acompañado por mi hija Antígona y rechaza-
do por desconanza y despreciado por los habitantes de esta ciudad que
desconfían y desconocen mi identidad de ex-rey” ¿Es también nuestro con-
cepto un ex-rey? ¿Desconamos de su vigencia? ¿Desconocemos al Edipo
o preguntamos qué ha sido de él en estos tiempos para revincularlo a la
historia actual?
Con esto he planteado sucintamente al Edipo freudiano en su secuencia his-
tórica básica y sus cuestionamientos históricos más esenciales y los cambios
familiares fundamentales que pertenecen a esta época y obligan a la re-for-
mulación o por lo menos a poner bajo la vista nociones del psicoanálisis
que seguramente requieran una adecuación en una nueva espiral dialéctica,
cosa que como dijimos era la manera epistemológica de operar Freud con
los diferentes conceptos en su obra.
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