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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 2 (1), 2014, pp 161 - 171
ISSN 2815-6994 (en linea)
DE LA PSICOTERAPIA
DE NIÑOS AL PSICOANÁLISIS
DE ADULTOS
Carmen Rosa Zelaya P
Psicóloga Clínica y Magíster en Estudios Teóricos
en Psicoanálisis de la PUCP.
Candidata egresada del Instituto Peruano de Psicoanálisis.
Candidata en formación en psicoanálisis de niños y adolescentes
en el Instituto Peruano de Psicoanálisis.
Past President de la APPPNA (2000-2001, 2004-2005).
Práctica privada y docencia.
Autora de artículos relacionados a temas de maternidad,
vínculo temprano, sexualidad y género.
Reside en la ciudad de Lima-Perú E mail: crzelaya@terra.com.pe
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Zelaya P C.R. (2014) DE LA PSICOTERAPIA DE NIÑOS AL PSICOANÁLISIS DE ADULTOS
Intercambio Psicoanalítico 2 (1),
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC By 4.0)
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Resumen
El presente artículo intenta dar cuenta del recorrido y articulación
de la experiencia clínica y teórica en la construcción de la identidad
psicoanalítica de la autora a través del tiempo. Del trabajo exclusi-
vo con niños en un primer momento se extiende a la inclusión de la
atención de adultos, lo cual llevó a sentar como principales referen-
cias conceptuales los desarrollos que se han venido elaborando en
torno a las nociones de pulsión e inconsciente para la comprensión
de la dimensión atemporal que se presenta tanto en el material clíni-
co como en la situación analítica. La sala de consulta se divide en dos
espacios separados pero integrados a la vez, lo cual ha favorecido el
desarrollo de una mirada que atraviesa el tiempo; los niños juegan a
ser adultos y los adultos se sienten estimulados en sus recuerdos con
la visión del material infantil. Éste interjuego temporal demuestra la
facilitación de la asociación libre y de la interpretación.
Palabras clave: psicoterapia de niños – pulsión – inconsciente – aso-
ciación libre – juego – interpretación.
Construyendo una identidad
A lo largo de mis 28 años de experiencia clínica, primero aten-
diendo exclusivamente niños y más tarde ampliándola a adultos y adul-
tos mayores he ido congurando una línea de pensamiento sobre la
evolución y articulación del psiquismo que me ha permitido aprender a
mirar y descifrar desde los niveles más profundos, menos organizados
y perturbados de la mente hasta los más organizados y racionales de la
misma.
Mi trabajo, que actualmente abarca a niños y adultos, me dene clínica-
mente como una psicoterapeuta en formación psicoanalítica que apoya
su aprendizaje en la sistematización de su experiencia con niños, con pa-
dres y con adultos. El diseño de mi consultorio es la más clara expresión
de cómo se fue articulando mi quehacer clínico: en un solo ambiente se
abren dos espacios a modo de alas donde un lado contiene muebles y
objetos de juego para niños y al otro lado, pero siempre visible el uno
para el otro, se ubica una sala pequeña con dos sofás y el diván. En este
doble espacio los niños tienen la libertad para desplazarse y hacer uso
del ambiente adulto y los adultos a su vez no pueden evitar sentirse es-
timulados por el material infantil.
La realidad bifocal de mi experiencia clínica me ha llevado a
desarrollar una posición integradora en la recepción, comprensión y
abordaje de las expresiones psíquicas, tanto en los niños como en los
adultos. Los primeros se han permitido desplegar sus fantasías omni-
potentes jugando a “ser como” grandes, y en los segundos se han acti-
vado recuerdos de sus juegos infantiles que han constituido el material
para sus asociaciones.
DE LA PSICOTERAPIA
DE NIÑOS AL PSICOANÁLISIS
DE ADULTOS
Carmen Rosa Zelaya P.1
1Psicóloga Clínica y Magíster en
Estudios Teóricos en Psicoanálisis
de la PUCP. Candidata egresada del
Instituto Peruano de Psicoanálisis.
Candidata en formación en
psicoanálisis de niños y adolescentes
en el Instituto Peruano de
Psicoanálisis. Past President de la
APPPNA (2000-2001, 2004-2005).
Práctica privada y docencia. Autora
de artículos relacionados a temas
de maternidad, vínculo temprano,
sexualidad y género.
Reside en la ciudad de Lima-Perú E
mail: crzelaya@terra.com.pe
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La posibilidad de remitirse a los cuentos infantiles, series de
televisión, películas de cine, juegos y anécdotas de sesiones con niños
ha enriquecido mis posibilidades para correlacionar y comunicar lo in-
trapsíquico, en tanto conictos pulsionales, conictos entre agencias,
conictos surgidos de la realidad y de las fantasías infantiles de las rela-
ciones intersubjetivas proponiendo ideas que ilustren la jación de cier-
tas problemáticas ocurridas en la construcción psíquica de la infancia.
De otro lado, debo señalar también cuánto del curso del desarrollo de
mi pensamiento se ha visto anclado en mi condición de mujer y madre.
La importancia del género en psicoanálisis y en la psicoterapia psicoana-
lítica es un tema de reciente consideración. Los estudios que sobre él se
han realizado destacan la profunda inuencia que alcanza a tener el gé-
nero del analista sobre la calidad de la transferencia, sobre el contenido
del material y sobre la secuencia en la aparición de conictos durante el
curso del tratamiento (Mendell, 1993; Tallandini, 1997).
Gornick (1994) sostiene que una analista mujer tiende a evocar cuali-
dades y aptitudes maternales, y será precisamente aquello lo que se
espere de ella.
Meyers (1986) y Tallandini (1997) piensan que la fuerza regresiva preci-
pitaría el que se revivan estados simbióticos pre-ambivalentes repitién-
dose temas de desvalidez, deseos eróticos, dependencia, identicación,
separación y pérdida.
Acompañar el juego de los niños me ha ofrecido el privilegio de
observar y contener un psiquismo en desarrollo, desde una cualidad
maternal, así como ser testigo de la construcción de la subjetividad fe-
menina y masculina. Niños que comunican los esfuerzos que desplie-
gan en su necesidad por articular los mensajes provenientes de su cuer-
po y de sus impulsos con las fantasías que buscan encontrar un sentido
de identidad en la interacción con los otros.
El psicoanálisis ha recorrido un largo camino teórico y clínico para ofre-
cer modelos que permitan representar y conceptualizar la transforma-
ción de la vivencia corporal y de los estados afectivos concomitantes en
contenidos psíquicos comunicables.
Reconocer al sujeto en su vitalidad pulsional nos permite comprender
los psicodinamismos que se mueven y expresan en sus distintos mo-
mentos de la vida. El psicoanálisis desde sus inicios ha destacado el co-
rrelato psíquico que se construye en función de la experiencia corporal.
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El lugar del arraigo biológico en el psicoanálisis
Para muchos psicoanalistas contemporáneos la referencia a los
aspectos biológicos de la pulsión de Freud se vincula a su procedencia
médica y a la necesidad por responder a la mentalidad cienticista de
su época. Si bien en el curso de su desarrollo teórico se ve limitado para
avanzar en la formulación de una clara descripción cientíca sobre las
conexiones entre lo somático y lo psíquico, también constatamos que
no cesa de buscar denir un concepto que cuenta de dicha interde-
pendencia. Su alusión a los aspectos orgánicos en la constitución de
la mente están presentes desde el comienzo hasta el nal de su obra,
tanto para ensayar inicialmente una explicación de los aspectos neuro-
lógicos comprometidos en el funcionamiento de la mente (Freud, 1895),
como para anclar luego su teoría sobre el desarrollo psicosexual (Freud,
1905). Introduce el concepto de pulsión para describir aquella energía
originada en el cuerpo que existe por su particularidad de ser un or-
ganismo vivo. La pulsión revelaría el grado de sensibilidad y la fuerza
vital, de por sí incontrolable e intemporal, encargada de promover el
despliegue de la actividad psíquica. Lo distingue de lo instintivo por su
conexión con lo psíquico. Su experiencia clínica con casos graves le exige
profundizar en los componentes orgánicos: la pulsión de vida, arraigada
en la sexualidad y la pulsión de muerte, validada sólo por sus evidentes
manifestaciones destructivas.
Actualmente, desde los avances de las neurociencias podemos enten-
der más claramente que la intensidad de esta energía surgiría de la in-
teracción de componentes hormonales, genéticos y neurológicos que
provocarían una tensión energética tendiente a ser descargada a través
de distintos modos de acción. La adolescencia por ejemplo se muestra
claramente como un momento del desarrollo en el que la fuerza del
despliegue hormonal y los bruscos cambios corporales originan una cre-
ciente e incesante irrupción pulsional sobre el psiquismo, poniendo a
prueba la capacidad para contener y procesar las ansiedades y fantasías
que corren paralelas a dicho proceso. La menarquía, el embarazo y la
menopausia en la mujer se constituyen también en momentos en los
cuales el despliegue o cese hormonal tienen fuertes implicancias en la
elaboración de las ansiedades que generan estos cambios en el orga-
nismo.
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Tanto la experiencia clínica de Freud, así como la de muchos de sus
seguidores conduce a la necesidad de complementar el modelo energé-
tico con el modo e implicancias derivadas de tales descargas. El campo
de entendimiento de la pulsión se extiende cuando se constata que los
contenidos psíquicos delatan una organización fantasmática en la que la
experiencia con el objeto (Freud, 1915; Fairbairn, 1949; Klein, 1957; Bion,
1959; Winnicott, 1971) adquiere un signicado particular en la mente
del sujeto. Ésta no sólo buscaría la descarga sino el contacto y descubri-
miento del objeto de satisfacción, sea parcial o total. La consideración
de dos participantes que se entregan a un progresivo interjuego pulsio-
nal y luego afectivo (Kristeva, 1980; Stern, 1985) adquiere relevancia en
la comprensión de la constitución del aparato psíquico.
La mixtura de componentes primitivos sexuales y agresivos atribuidos a
la pulsión cumpliría una importante función de contacto predominante-
mente sensorial en un comienzo, para luego dar curso al descubrimien-
to progresivo de la realidad, tanto en el reconocimiento de uno mismo
individualizado (Lacan, 1949) en la experiencia con el propio cuerpo y
con la propia mente, como en la interacción con el otro, proceso al que
André Green se ha referido como la teoría de la representación genera-
lizada.
Entendemos entonces que la pulsión impulsaría -valga la redundancia- a
una conguración psíquica donde su agente, el ello activaría el trabajo
del yo para “traducir” o bien representar las excitaciones corporales,
convirtiéndolas en deseos, fantasías, sueños, como también en pensa-
mientos (Bion, 1990), atravesando por un proceso gradual de puente
hacia la realidad al que Winnicott ha llamado fenómeno transicional.
Por lo tanto su n ya no se limitaría a la pura satisfacción y búsqueda
de objeto (Fairbairn, 1949). Se la entendería dentro de un contexto de
goce, a veces extraño, que en condiciones de salud conducirían a una
vivencia plena de sentido (Aulagnier, 1994). De lo contrario, cuando no
es posible acogerla la pulsión se situaría en algún lugar de la mente para
seguir operando, sea en la normalidad o en la patología.
Es interesante notar cuánto del campo de la psicopatología, al tratar
regresiones profundas, así como el de observación de infantes nos
confrontan con la expresión de los aspectos más primitivos y desorga-
nizados de la mente, en donde el concepto de pulsión adquiere un sig-
nicado revelador de las necesidades, pasiones y tendencias humanas
más profundas.
Así, la noción de pulsión queda asociada al estado de vida, informa al
psiquismo sobre sus necesidades y estados afectivos. Sin embargo, la
alternancia de dos fuerzas en donde se observa una contrafuerza a las
pulsiones de vida ha obligado a reconocer la existencia de las pulsio-
nes destructivas (Winnicott, 1971; Green, 1993). En “Ataques al Vínculo”
(1959), Bion describe el funcionamiento destructivo de pacientes psicó-
ticos dirigido hacia el vínculo de objeto, considerando los ataques fanta-
seados al pecho como el prototipo de todos los ataques a objetos que
sirven de vínculo, y en su otra versión, ataque al pensamiento.
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H. Rosenfeld (1971) investiga las condiciones clínicas en donde predomi-
nan los impulsos agresivos, y los relaciona con la teoría freudiana acerca
de la fusión y defusión de las pulsiones de vida y muerte. Examina los
aspectos libidinales y destructivos del narcisismo, en un intento por de-
nir los factores que contribuyen al alcance de fusiones normales y pa-
tológicas. Señala que la fuerza y persistencia de la relación objetal narci-
sista omnipotente está íntimamente ligada con la fuerza de los impulsos
destructivos envidiosos, estando la destrucción, como defensa, dirigida
tanto a cualquier relación objetal positiva, como contra cualquier parte
libidinal del self que experimente la dependencia hacia un objeto.
Green (1993) establece una relación entre el narcisismo y el dualismo
pulsional. Continuando con la teoría del narcisismo freudiano, en la que
se considera solamente los aspectos positivos, en virtud de los cuales
se los reere a las pulsiones sexuales de vida, él se aventura a ampliarlo
al postular la existencia de un narcisismo de muerte, al que denomina
“narcisismo negativo”, vinculado a la pulsión de muerte. A diferencia del
narcisismo de vida, que estaría dirigido a favorecer la unidad del yo, el
narcisismo de muerte por el contrario, tendería a su destrucción en su
aspiración a anular los vínculos.
Una importante contribución de Green al estudio de las pulsiones se
reere a la función que éstas ejercen en el seno del aparato psíquico.
Dene como función objetalizante, propia de las pulsiones de vida, al del
ejercicio psíquico libidinal para transformar las funciones y estructuras
en objetos, a través de su investimiento. Por el contrario, lo característi-
co de la pulsión de muerte sería la función desobjetalizante, que no sólo
comprendería un ataque a la relación de objeto, sino a todos los sustitu-
tos de éste, incluyendo al Yo y el proceso de investidura (Green, 1996).
En el contexto de la relación de objeto, las pulsiones se denirían por
sus posibilidades de ligazón al conseguir investir al objeto, o de desliga-
ción, al desinvestirlo, alternándose y sucediéndose dinámicamente en el
seno del psiquismo. Sin embargo, en ciertas ocasiones es posible que se
rompa el equilibrio de ésta alternancia, dando lugar al predominio de las
pulsiones destructivas y de la desligazón, tal como puede observarse en
algunos estados psicóticos. Las reacciones violentas y destructivas, que
podrían orientarse hacia el exterior o hacia el interior, representarían
un intento desesperado por detener una situación sentida como intole-
rable. En estos casos, la tensión y la angustia irrumpirían en el psiquis-
mo impidiendo diferenciar afecto y representación; casi siempre darían
paso a situaciones psíquicas irrepresentables (Green, 2001).
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El inconsciente como objeto de estudio del psicoanálisis
Los desarrollos freudianos que le siguen a la formulación de inconscien-
te planteada y minuciosamente descrita en el texto “La interpretación
de los sueños” en 1900 no logran superponerse a la fuerza y estatuto de
este concepto. Si bien entendemos que el planteamiento de la segunda
tópica responde a una necesidad clínica, el ello, concebida como aquella
parte dividida del yo que no es consciente, no logra reemplazar hasta el
día de hoy la esfera que engloba la noción de inconsciente (Green, 2003).
Lo característico y destacable del inconsciente es su desconocimiento.
Podría entenderse también como “lo sabido pero no pensado” (Bollas,
1987), para referirse a aquellos contenidos cargados de signicado afec-
tivo que circulan dentro de la mente en forma aparentemente desor-
ganizada. Se trata de un lugar o zona que almacena recuerdos muy
primarios, del orden sensorial (Aulagnier, 1977; Bollas, 1987), dominado
por tendencias arcaicas (Green, 1990), por afectos incontrolables y por
el registro de experiencias tempranas de relación intersubjetiva (Bleich-
mar, 2000; Balint, 2001).
Un continente en donde quedan inscritas las experiencias tempranas,
de placer y displacer, que el sujeto haya obtenido en su interacción con
el ambiente, impresiones cargadas de afecto sometidas al olvido por
la acción de la represión primaria. Sus contenidos serían los represen-
tantes de la pulsión expresados a través de deseos, fantasías e identi-
caciones, asociadas al recuerdo de experiencias signicativas vividas en
diferentes momentos de la vida.
Su funcionamiento se entiende como un movimiento de ligazón (Green,
1998) con una lógica propia, intemporal, regido por los procesos prima-
rios y dirigida a la activación de deseos y fantasías. Las primeras formas
con los que el bebé representa su cuerpo y su mundo según las expe-
riencias de placer-displacer pasan a constituirse en fantasías inconscien-
tes, las que quedan registradas y se mantienen activas a lo largo de toda
la vida. Su presencia no es indicador de enfermedad, la naturaleza de
estas fantasías y su relación con la realidad externa es lo que determina-
ra el estado psíquico. Estos primeros modos de representar coinciden
con la idea de pictograma de Piera Auglanier (1975). La fantasía tiene un
aspecto defensivo, como su objetivo es satisfacer impulsos instintivos
sin recurrir a la realidad externa, se puede decir que la graticación que
proviene de esa fantasía es una defensa contra la realidad externa de la
privación y contra la realidad interna de hambre y frustración.
En la historia del pensamiento de Freud, el abandono de la teoría de la
seducción basada en la realidad da paso a un modelo más universal de
la dominancia de las fantasías inconscientes como determinante de la
realidad psíquica. La naturaleza de las fantasías del paciente se convirtió
en el interés central del trabajo psicoanalítico. La experiencia de obser-
vación del desarrollo temprano de la relación madre-hijo muestra una
interacción en la que se deja apreciar el progresivo contacto entre dos
mentes que se trasmiten mensajes que van más allá de las palabras, sin
que los participantes se den cuenta de ello (Balint, 2001). Son las caricias,
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ritmos, tonos, gestos y costumbres los que “sin prisa pero sin pausa” van
a dar signicado al “estar juntos” (Stern, 1985). Teresa Rocha Leite (2007)
destaca la importancia de la mirada del primer objeto psíquico, el objeto
externo primario, para que el sujeto pueda construir una rme noción
de sí mismo, de su singularidad. Cada uno de los gestos intercambiados
traducen el sentido de un diálogo que da cuenta o no de una compren-
sión de la experiencia emocional compartida. La introyección de las pri-
meras vivencias intersubjetivas quedarían inscritas y sumergidas en lo
que pensamos sería lo más profundo de nuestra mente, lo inconsciente,
y desde ahí se encargarían de teñir la interpretación de las situaciones
que se vivan de ahí en adelante. Así, una experiencia límite –pudiendo
llegar a ser traumática- obligaría al yo a defenderse sea para negar una
realidad insoportable o para distorsionarla.
El campo clínico del psicoanálisis se enfocaría entonces en el reconoci-
miento de las motivaciones, recuerdos y mensajes inconscientes, sobre-
todo con el propósito de develar lo disociado o lo reprimido que consti-
tuirían la fuente del malestar o enfermedad del paciente, dependiendo
en mayor medida de su estructura psicopatológica (Green, 2005). El su-
frimiento y la necesidad de cambio exigirían al psiquismo un trabajo de
disminución de las defensas en un contexto transferencial positivo para
aproximarse reexivamente al análisis de los contenidos derivados del
inconsciente, sean sueños, fantasías, lapsus, actos fallidos u olvidos.
El juego y la asociación libre
La observación del juego en la infancia demuestra que el niño necesita
coordinar su experiencia somato psíquica. El juego expresa la trans-
formación de los estímulos provenientes del cuerpo en un código de
representaciones regidos por necesidades emocionales. Desde muy
temprano el bebé da cuenta del operar de sus procesos mentales para
enfrentar y resolver la angustia que emana de su experiencia somática,
proyecta su angustia a través del llanto y los movimientos musculares
para que la madre o cuidador lo lea y escuche. Sobre la base de la con-
moción emocional, su proyección en el mundo externo, los permanen-
tes ensayos para regular las ansiedades, de armar defensas operativas,
de incluir sucesivas integraciones del yo en crecimiento, de abarcar las
manifestaciones pulsionales de cada fase libidinal va surgiendo el jue-
go como actividad que da cuenta de la construcción de la subjetividad
infantil. A. Pérez (1996) sostiene que “lo psíquico sería una primera
defensa frente al conocimiento, no de una amenaza de muerte, o de
un instinto de muerte, sino del contacto con la realidad biológica de la
inmediatez” (p.89).
El desarrollo infantil estaría marcado además por sucesivos tiempos de
encuentro con la realidad, que van exigiendo a la psiquis en su estado
narcisista, el difícil y muchas veces doloroso reconocimiento de la sepa-
ración, la dependencia, la insuciencia y la incompletud sexual. El jugar
es el medio a través del cual el niño puede ir pensándose en relación a
su mundo externo en cada uno de sus momentos evolutivos y sus co-
rrespondientes logros madurativos.
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En el caso de los niños varones éstos expresan de manera continua
los movimientos que rigen su mundo interno en la construcción de su
identidad masculina. El fútbol, así como el juego de las espadas, nos
muestran las sosticadas estrategias que requiere la mente infantil para
sentir que es capaz de lidiar y vencer lo que imagina son los grandes
enemigos o contrincantes. En el “rescate de la princesa” de los juegos
de Nintendo también vemos, que al pasar de nivel en nivel, enfrentan y
resuelven crecientes exigencias para alcanzar lo que representaría ga-
narse el derecho a la mujer. Éstos juegos, y tantos otros más, nos dan
cuenta del progresivo interjuego de identicaciones masculinas incons-
cientes que van ensayando los niños, luego adolescentes y más tarde
hombres para armar en el tiempo su self masculino.
La escucha del juego en las sesiones con niños nos confronta con la in-
tensidad elaborativa que supone para el psiquismo humano atravesar
por el laborioso proceso de representarse los distintos sucesos básicos
de la vida y por ende uno de ellos, la sexualidad.
Marita, una niña de 4 años, que asiste a terapia por un tema de mas-
turbación compulsiva me habla del miedo de una amiga a las arañas
marinas. Me cuenta cómo éstas crecen hasta volverse gigantes como
monstros. Mientras dibuja me va contando que mojó su calzón en la
casa de su primo y que le pidió que le prestara su calzoncillo. Al co-
mentarle que algunos niños pueden asustarse cuando ven un cuerpo
diferente al suyo, ella me cuenta que tiene un amigo que la persigue con
cara de monstro para pincharla.
Entiendo que Marita no sólo me está comunicando su angustia frente a
la intensidad de sus excitaciones genitales sino de su incipiente repre-
sentación terroríca de la escena primaria.
Por otro lado, un paciente en análisis cuyo motivo de consulta tiene que
ver con su temor a tomar la iniciativa para acercarse sexualmente a las
mujeres, me habla de sus primeras experiencias de acercamiento sexual
de niño. Trae el recuerdo culposo de haberle bajado los calzones a una
prima para montarse sobre ella y haber sido sorprendido por sus tías.
Dicha experiencia, entre otras, pareciera ubicarse a la base de sus temo-
res ahora como adulto para sentirse libre en sus acercamientos.
El juego y la asociación libre nos enfrentan a un paciente cuya psiquis
se encuentra en pleno trabajo, buscando integrar su experiencia. Las
pulsiones de vida entrarían en juego para intentar ligar, representar y
simbolizar la experiencia (Green, 1993). La repetición del juego o de
los temas referidos en las sesiones expresan, al igual que quienes han
pasado por una experiencia traumática, la necesidad por nombrar y dar
signicado a lo vivido.
Así como el juego se constituye para los niños en un medio de expresión,
los sueños y la asociación libre representan en el análisis de adultos una
vía de conocimiento y reconocimiento de lo inconsciente. A través del
discurso animado por la fuerza de la pulsión, expresados en el afecto
es que se puede ir interpretando el sentido del tejido que expresan las
fantasías inconscientes.
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La interpretación
La interpretación habla sobre el origen instintivo, de lo corporal, del Ello,
de lo primario (siguiendo a la segunda tópica), así como de lo inconscien-
te (de acuerdo a la primera tópica), otorgándole un sustrato instintivo,
independiente del Yo, entendiéndola como una realidad de la fuerza vi-
tal humana que pulsa por expresarse, para comunicarse con el Yo, para
que la acoja, contenga y la organice intrapsíquica e intersubjetivamente.
La interpretación busca otorgar coherencia y realidad a la experiencia
inmediata, liberando al Yo de sus temores y culpas por su mundo inter-
no y de las fantasías infantiles en la que se ha quedado atrapado, posibi-
litando con ello una mejor discriminación entre el pasado y el presente y
entre el mundo interno y el externo (Fonagy y Target, 1996).
Nombrar lo inconsciente abre la posibilidad de ser percibido y pensado,
con la nalidad de contribuir con una nueva mirada que abra nuevas
posibilidades creativas.
Paquito, un niño de 6 años que viene a consulta por un problema de
control de su agresividad surgido a partir del nacimiento de su hermana
menor, me cuenta que un amigo suyo no quiere venir a jugar a su casa
porque piensa que los velociraptors se salen de la televisión y persiguen
a los niños para comérselos. Le pregunto si no ha pensado que los velo-
ciraptors podrían estar con mucha hambre y desesperados por encon-
trar comida, y que a cualquiera le pasaría si se quedara sin comida. Él se
sorprende y responde que seguramente quieren arroz con pollo como
el que prepara su mamá. Hablar sobre sus platos de comida favoritos
favoreció a que disminuya su ansiedad y pudiera entregarse a los juegos
de mesa.
A modo de conclusión
El contacto, interacción y escucha con los niños en psicoterapia se ha
constituido en una importante referencia clínica en la comprensión de
las ansiedades, fantasías, defensas y procesos mentales que se hallan a
la base de las expresiones inconscientes comunicadas por los pacientes
adultos en análisis. Igualmente, mi experiencia de intervención en el
juego infantil ha enriquecido mis posibilidades creativas para abordar
“lúdicamente” el contenido del material de mis pacientes adultos, favo-
reciendo el desarrollo de un clima exible y natural en la comprensión
de las expresiones pulsionales y contenidos inconscientes, a modo de
“tercero analítico” como lo concibe A. Green (2005).
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Por último, e igualmente importante debo reconocer que mi propia
experiencia analítica, así como mi recorrido de vida han contribuido al
desarrollo de mi capacidad para comprender que la experiencia emo-
cional se arraiga en una matriz de impresiones y fantasías primitivas
que busca alcanzar en el análisis la independencia de un pensamiento
coherente que ofrezca al Yo dimensionar sus ideales, manejar su angus-
tia y sobretodo disfrutar de sus vínculos y de lo que le ofrece la realidad
inmediata. Todo ello me ha brindado un conocimiento muy personal
que también es de valiosa utilidad para identicarme con mis pacientes.
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