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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 3 (1), 2015, pp 30 - 37
ISSN 2815-6994 (en linea)
Desde el nacimiento, el niño debe de ser pensado y cuidado por su
madre. Es tarea de la madre, por un lado, proteger a su infante de las
complicaciones que él no está en capacidad de resolver y ofrecerle; de
manera sostenida, fracciones de mundo que él puede ir asimilando y
comprendiendo paulatinamente. El infante identica sobre estos ci-
mientos y sobre una rutina constante, su objetividad frente a la realidad.
Cuando a lo largo de la crianza, fallan los procesos de mentalización,
holding, reveriè, y cuando los elementos alpha no logran ser transforma-
dos en beta y ser “digeridos” como tales, la capacidad para transformar
y abstraer se torna precaria. Si, además, los padres no alientan las des-
trezas de sus hijos para mirar a los otros y al medio ambiente, el infante
tendrá pocas posibilidades de experimentar la existencia de dos mentes
y tenderá a funcionar como si hubiera “una mente para dos” (McDou-
gall, 1995) y, lamentablemente, también, un cuerpo para dos. En estas
circunstancias, el cuerpo del infante no consigue ser representado como
diferente y diferenciado al de la madre y no accede al reconocimiento de
sus necesidades interoceptivas, menos aún a sus deseos.
Los padres que tienen problemas para contener, sostener y pensar a sus
hijos presentan, también, dicultades para comprenderlos como seres
diferentes y separados de ellos, con deseos y necesidades propias y con
un carácter denido3. “El pequeño que no haya dispuesto de una persona
que recoja sus ‘pedacitos’ empieza con un hándicap su propia tarea de auto
integración y tal vez no pueda cumplirla con éxito, o al menos pueda man-
tenerla conadamente”, dice Winnicott (1945. pp. 209). En este sentido, si
los padres no alientan los procesos naturales de separación/individua-
ción, si no facilitan ni dejan uir el desarrollo natural y espontáneo, si
proponen una vinculación angustiante y si la privación materna es soste-
nida (Bowlby, 1980), tenderán a restringir el crecimiento creativo del self
infantil y a deslibidinizar su corporeidad en desarrollo así como a mode-
lar relaciones inaccesibles, inseguras, en las que se gesta la angustia y la
cólera4 (G. Lanza Castelli, 2011).
3 La torpeza o la ausencia de una relación
materno/lial sostenida puede determinar
una suerte de privación materna (Bowlby,
1951) cuyos efectos conducen a la
movilización de emociones e impulsos en la
organización mental del menor inmaduro
siológica y psicológicamente (Maternal
care and mental health , 1951).
4 El niño tiende a sustituir el objeto perdido
por otro equivalente para evitar la presencia
del terror de la separación. Cuando esto
ocurre, el niño no accede al proceso natural
del duelo “mediante el cual entroniza
por identicación el objeto perdido en la
estructura del yo y el superyó” (Lutemberg,
2013: pp.64) y congela su mente
(Lutemberg, 2013), desconectándose de la
fuente de sus sentimientos y emociones
conictivas para interesarse sólo por los
estímulos que vienen del afuera, con los
cuales, por lo general establece vínculos
simbióticos (Lutemberg, 2013) o relaciones
adhesivas (Álvarez,2002) de los cuales no
son conscientes. La patología que, por
lo general, aparece encubierta revela la
compleja interacción entre los traumas
precoces no resueltos, sus defensas y sus
fantasías (primarias y secundarias) así
como la dicultad para vivir los duelos. En
este sentido, el congelamiento mental se
constituye como una defensa que intenta
compensar otras afecciones primarias de
diversa naturaleza a las que subyace una
angustia aterradora.