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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 3 (1), 2015, pp 30 - 37
ISSN 2815-6994 (en linea)
LOS DESÓRDENES DE
LA CONDUCTA ALIMENTARIA:
UNA PATOLOGÍA RELACIONAL
LILLYANA ZUSMAN T
Bachiller en Lengua y Literatura (PUCP, 1982).
Licenciada en Psicología Clínica (PUCP, 1989).
Magister en Psicología Clínica (PUCP,2001).
Magister en Estudios Teóricos en Psicoanálisis (PUCP,2005/6).
Miembro de la Asociación de Psicoterapia de Niños y
Adolescentes de Lima. Actualmente se desempeña como
Psicoterapeuta especializada en temas
de Desórdenes de la Conducta Alimentaria.
lillyanazusman@gmail.com PERUr
Para citar este artículo / Para citar este artigo / To reference this article
Zusman T L. (2015) Los desórdenes de la conducta alimentaria: una patología relacional
Intercambio Psicoanalítico 3 (1),
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC By 4.0)
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Resumen
Los desórdenes de la conducta alimentaria son patologías relaciona-
les. Se gestan en el vínculo temprano con padres que no han tenido
la capacidad para pensar en sus hijos como seres diferentes y dife-
renciados y que no han posibilitado el libre desarrollo de sus fun-
ciones mentales y afectivas concomitantes a su desarrollo físico y
emocional. Se pueden pensar como enfermedades psicosomáticas,
patologías de décit, patologías de acción. Cualquiera sea la lectu-
ra, son enfermedades modernas con un claro sesgo narcisista en las
que el cuerpo dañado se presenta como un enigma a ser explorado en
un vínculo terapéutico sostenido cuya función será devolver a estos
jóvenes su cohesión y su vitalidad perdidas a lo largo del desarrollo.
LOS DESÓRDENES DE
LA CONDUCTA ALIMENTARIA:
UNA PATOLOGÍA RELACIONAL
Lillyana Zusman T.1
1 Bachiller en Lengua y Literatura
(PUCP, 1982). Licenciada en
Psicología Clínica (PUCP, 1989).
Magister en Psicología Clínica
(PUCP,2001). Magister en
Estudios Teóricos en Psicoanálisis
(PUCP,2005/6). Miembro de la
Asociación de Psicoterapia de
Niños y Adolescentes de Lima.
Actualmente se desempeña como
Psicoterapeuta especializada en
temas de Desórdenes de la Conducta
Alimentaria. lillyanazusman@gmail.
com PERU
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Si yo estoy bien, tomo el camino del deseo;
Si estoy enfermo, no soy yo el que decide:
es mi enfermedad
E. Cioran1
Actualmente, los desórdenes de la conducta alimentaria se comprenden
como una de las nuevas patologías del alma (Kristeva, 1993); se pue-
den describir como patologías de décit con tendencia a la acción (Bjørn
Killingmo)2, de claro sesgo narcisista y clasicarlas dentro del rubro de
patologías borderline (Kernberg, 1987, 1979). Se estructuran como defen-
sas que protegen a un self pseudo estructurado con un lenguaje hiper
articulado que pretende cubrir la evidencia de los vaivenes de la desin-
tegración del self.
Los desórdenes de la conducta alimentaria pueden ser considerados
como enfermedades psicosomáticas, toda vez, que contienen en su es-
tructura manifestaciones psíquicas y somáticas así los síntomas físicos
no tengan un asidero real en el cuerpo. La enfermedad psicosomática,
que puede ser denida como un jeroglíco, revela trasposiciones somá-
ticas de vivencias emocionales primitivas que dejan ver signos de fra-
gilidad, desintegración, despersonalización y un sentimiento de que el
mundo es irreal (Winnicott, 1949). Este tipo de enfermedades, sostiene
Cristóforis (2006), revelan lo que pasa en la vida del paciente y su (pobre)
capacidad para enfrentar dicha situación. Así, antes de averiguar por
la(s) causa(s) de un desorden de la conducta alimentaria, habría que pre-
guntarse por el sentido que tiene la enfermedad en la vida del paciente.
Estas patologías suelen actuarse en la forma de comportamientos radi-
cales de oposición y de acción que tienen el propósito de armar la au-
tonomía, la madurez, la agresividad y la hostilidad del adolescente. Nos
confrontan con jóvenes que llegan a la adolescencia con una falta de
estructuración psíquica y mental cuyas raíces se encuentran en vínculos
tempranos decitarios que se gestan en un ambiente afectivo, social y
cultural empobrecido que no favoreció la gesta de funciones mentales
sólidas que les provea de un sentimiento de cohesión, vitalidad, equili-
brio narcisista, capacidad para regular la tensión, capacidad para regular
la autoestima, entre otros.
1 En: Nardone, G. (2004). Más allá de la
anorexia y la bulimia. Barcelona: Paidós
2 www.psicoterapiarelacional.es/
Documentación/AutoresDestacados/
BjørnKillingmo/BKillingmoReseñacurricular/
tabid/147/Default.aspx).
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Desde el nacimiento, el niño debe de ser pensado y cuidado por su
madre. Es tarea de la madre, por un lado, proteger a su infante de las
complicaciones que él no está en capacidad de resolver y ofrecerle; de
manera sostenida, fracciones de mundo que él puede ir asimilando y
comprendiendo paulatinamente. El infante identica sobre estos ci-
mientos y sobre una rutina constante, su objetividad frente a la realidad.
Cuando a lo largo de la crianza, fallan los procesos de mentalización,
holding, reveriè, y cuando los elementos alpha no logran ser transforma-
dos en beta y ser “digeridos” como tales, la capacidad para transformar
y abstraer se torna precaria. Si, además, los padres no alientan las des-
trezas de sus hijos para mirar a los otros y al medio ambiente, el infante
tendrá pocas posibilidades de experimentar la existencia de dos mentes
y tenderá a funcionar como si hubiera “una mente para dos” (McDou-
gall, 1995) y, lamentablemente, también, un cuerpo para dos. En estas
circunstancias, el cuerpo del infante no consigue ser representado como
diferente y diferenciado al de la madre y no accede al reconocimiento de
sus necesidades interoceptivas, menos aún a sus deseos.
Los padres que tienen problemas para contener, sostener y pensar a sus
hijos presentan, también, dicultades para comprenderlos como seres
diferentes y separados de ellos, con deseos y necesidades propias y con
un carácter denido3. “El pequeño que no haya dispuesto de una persona
que recoja sus ‘pedacitos’ empieza con un hándicap su propia tarea de auto
integración y tal vez no pueda cumplirla con éxito, o al menos pueda man-
tenerla conadamente”, dice Winnicott (1945. pp. 209). En este sentido, si
los padres no alientan los procesos naturales de separación/individua-
ción, si no facilitan ni dejan uir el desarrollo natural y espontáneo, si
proponen una vinculación angustiante y si la privación materna es soste-
nida (Bowlby, 1980), tenderán a restringir el crecimiento creativo del self
infantil y a deslibidinizar su corporeidad en desarrollo así como a mode-
lar relaciones inaccesibles, inseguras, en las que se gesta la angustia y la
cólera4 (G. Lanza Castelli, 2011).
3 La torpeza o la ausencia de una relación
materno/lial sostenida puede determinar
una suerte de privación materna (Bowlby,
1951) cuyos efectos conducen a la
movilización de emociones e impulsos en la
organización mental del menor inmaduro
siológica y psicológicamente (Maternal
care and mental health , 1951).
4 El niño tiende a sustituir el objeto perdido
por otro equivalente para evitar la presencia
del terror de la separación. Cuando esto
ocurre, el niño no accede al proceso natural
del duelo “mediante el cual entroniza
por identicación el objeto perdido en la
estructura del yo y el superyó” (Lutemberg,
2013: pp.64) y congela su mente
(Lutemberg, 2013), desconectándose de la
fuente de sus sentimientos y emociones
conictivas para interesarse sólo por los
estímulos que vienen del afuera, con los
cuales, por lo general establece vínculos
simbióticos (Lutemberg, 2013) o relaciones
adhesivas (Álvarez,2002) de los cuales no
son conscientes. La patología que, por
lo general, aparece encubierta revela la
compleja interacción entre los traumas
precoces no resueltos, sus defensas y sus
fantasías (primarias y secundarias) así
como la dicultad para vivir los duelos. En
este sentido, el congelamiento mental se
constituye como una defensa que intenta
compensar otras afecciones primarias de
diversa naturaleza a las que subyace una
angustia aterradora.
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Estos niños, expuestos a fallas históricas que devienen en estructurales,
aprenderán a vivir a caballo entre experiencias neuróticas y psicóticas y
tendrán que ir acomodando sus defensas y fantasías de la manera más
adecuada posible para subsistir en el mundo de los otros… una ruptu-
ra dura y dolorosa al estado narcisístico predominante5 y optarán por
organizarse un sistema defensivo para escindirse y desligarse (así sea
parcialmente) de situaciones agresivas, hostiles, incongruentes que los
confrontan al caos. A través de la escisión encuentran una salida satis-
factoria para conseguir el detenimiento de la evolución de la mente o,
en su defecto, un sobre funcionamiento (patológico) de la misma. Y es
que, la vulnerabilidad narcisista de quienes no han contado con una ma-
dre “sucientemente buena” (Winnicott, 1994)6, capaz de generar una
organización jerárquica de impulsos en la que los aspectos pre edípicos
y pre genitales queden postergados en aras de una estructura sólida
y saludable del self, fomentará una representación frágil del sí mismo
que dicultará que la representación del self corporal no se consolide
adecuadamente. En estas circunstancias, el yo queda fragmentado en
porciones diferentes que no interactúan entre sí pero que tienen una
vida propia, limitada a las circunstancias que se pueden digerir (Lutem-
berg, 2007).
La continuidad existencial es la base de la fuerza del yo; cuando ésta se ve
interrumpida, se produce una suerte de deformación psicótica de la orga-
nización individuo-medio y las consecuentes defensas que intentas preve-
nir al infante de la “angustia impensable” (Gamarra Morgenstern, 2014).
.
5 Al igual que en la vida cotidiana, a lo
largo de la sesión terapéutica, el paciente
pasa por momentos neuróticos, en los
que puede interpretar sus resistencias y
conictos, y, por momentos psicóticos, en
los que lo importante no es interpretar,
sino más bien, acompañarlo a encontrar
y a reconocer su aparato mental que lo
ayudará a pensar y a sentir L. Minuchin
(2008). Lutemberg (2007) sugiere que en
una misma sesión pueden co-existir dos
tipos de silencio: aquél que evoca ausencia
y que está ligado a la represión y aquél que
expresa un vacío sordo. Cuando el silencio
es expresión del vacío mental, la conducta
técnica está centrada en la tarea de edición
transferencial….Los pacientes graves
conviven con su patología escindiendo su Yo
y fragmentándolo en distintas parcialidades
sectoriales que jamás interactúan entre sí.
Cada segmento del Yo aloja una concepción
de mundo interno y del mundo externo
que resulta incompatible con otras. Entre
dichos sectores escindidos se encuentra el
correspondiente vacío mental estructural.
Se trata de un estado virtual de vacío
mental pues los vínculos simbióticos
(simbiosis secundaria) lo compensan y
simultáneamente lo ocultan. Muchas
veces, esta difícil tarea se realiza en silencio,
asignándole al encuadre la posibilidad de
congurar un espacio y al terapeuta, la
tarea de constancia y solidez. Es, quizá, en
el interjuego entre una estructura y una
presencia, que el paciente podrá sentir que
el caos y el terror se pueden vivir de manera
más amable siempre teniendo el aliciente
de la permanencia y de la conanza
6 D. W. Winnicott.“Los procesos de
maduración y el ambiente facilitador”.
Estudios para una teoría del desarrollo
emocional.Paidós, Buenos Aires, 1994.[]
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Winnicott (1949) sostiene que el crecimiento excesivo de la función men-
tal es una consecuencia natural ante una maternización errática. Frente
a un estado ambiental anormal, que amenaza la continuidad existencial
del individuo, se genera una oposición entre la mente y el psiquesoma
cuya consecuencia es que el pensamiento toma la organización, control
y cuidado del mismo, que, en situaciones saludables, debiera ser fun-
ción del ambiente. En estas circunstancias, el funcionamiento mental se
transforma en “cosa” y reemplaza a la “madre buena” haciéndola innece-
saria. En este sentido, la relación mente/psique se torna patológica y los
síntomas físicos se constituyen como el escenario idóneo para sostener
el desplazamiento del dolor. El cuerpo adolorido, enfermo, se constituye
en un foco puntual del que se puede hablar, al cual se puede mirar, al
cual se puede tratar así como un distractor atemporal de un psiquesoma
inhibido en su capacidad potencial.
Estas dicultades trasladadas al vínculo alimenticio, que es la primera
experiencia de relación del infante, determinarán que el niño incorpore
mentalmente a su madre en equivalencia a la comida (como represen-
tación de “cosa”), cuando, naturalmente, debiera incorporarla como un
símbolo nutricio, externo y diferente, a partir de su capacidad mental
transformadora. El conjunto de esta falla estructural inhibe al infante
a acceder a espacios de simbolización que favorezcan paulatinamente
el manejo de los impulsos y de las necesidades instintivas, restringe la
diferenciación del self corporal y del self psicológico y diculta el acceso
a los modos simbólicos de pensamiento, para establecer empatía con
los otros de su entorno, para regular asertivamente sus emociones, para
referirse a sus estados emocionales internos y para comprender los es-
tados emocionales de quienes están en su entorno. Así mismo, cuando
falla la congruencia en el proceso de mentalización, algunas represen-
taciones que requieren cierto grado de tolerancia y/o de abstracción no
encontrarán correspondencia con el estado constitucional interno del
niño, por lo que éste rechaza contactarse mental y psicológicamente con
sus guras de apego y eludir los sentimientos hostiles que surgen del
vínculo7. Quienes presentan un desorden de la conducta alimentaria se
han visto en la necesidad de desarrollar un yo precoz como un intento
de resarcir la falta de una organización primaria que se asienta como
la base para la desintegración (Winnicott, 1945).8 El cuerpo anoréxico
habla por sí mismo; revela la vacuidad de contenidos, se erige como
una protesta, como un monumento al dolor. El cuerpo bulímico negocia
el dolor desde la ambivalencia de la incorporación y la expulsión de los
sentimientos tolerables e intolerables.
7 El lenguaje que anuncia su desarrollo
y revela su poder de conexión social y
afectiva, se queda entrampado en lo
concreto y operativo: la representación de
cosa se mantiene dicultando el desarrollo
de la representación de palabra (Freud,
1895).
8 Winnicott, D. (1945). Desarrollo emocional
primitivo. En: Escritos de Pediatrìa y
Psicoanàlisis. Barcelona: Editorial Laia
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Estas patologías que, por lo general, aparecen encubiertas, revelan la
compleja interacción entre los traumas precoces no resueltos, sus de-
fensas y sus fantasías (primarias y secundarias) así como la dicultad
para vivir los duelos. En este sentido, el congelamiento mental (Lutem-
berg, 2013) se constituye como una defensa que intenta compensar
otras afecciones primarias de diversa naturaleza a las que subyace una
angustia aterradora.
En el intento de buscar un denominador común que revele el fondo de
tan dolorosas patologías, pensamos que quienes padecen de un des-
orden alimenticio han crecido en una situación en la que el contacto, la
comunicación y la alimentación deben de haber sido ofrecidos través
de un vínculo gaseoso y ambivalente, por padres limitados en su ca-
pacidad para dar y recibir, para brindar posibilidades y pautas seguras
ante los procesos de separación e individuación y para elevar la proto
comunicación a una comunicación de nivel simbólico. Los niños que han
pasado por situaciones muy estresantes en las que han prevalecido es-
quemas interpersonales disfuncionales o estados afectivos tensionados
suelen perder su capacidad reexiva pre mentalizada y quedarse jados
a procesos cognitivos, imaginativos, atencionales y reguladores inmadu-
ros sin llegar a realizar los procesos de transformación naturales en el
desarrollo: la lenta maduración desde el pensamiento concreto hacia el
pensamiento simbólico y abstracto. Un mecanismo frecuente que pre-
viene la amenaza del derrumbamiento y que se convierte en un estado
deseable que, a su vez, genera dependencia, será quedarse “sin mente”
y cargar al cuerpo con síntomas físicos toda vez que la mente está vacía
y la psique dañada.
Si bien en la génesis de los problemas alimentarios está asociada a di-
cultades en los vínculos tempranos con la madre, el padre y el ambiente,
es necesario preguntarse por las condiciones afectivas, sociales y cul-
turales en las que el/la joven no logró, de manera resiliente, separarse
y consolidar un self corporal y afectivo sólido y por qué tampoco pudo
organizar, a lo largo del desarrollo, los aspectos de su mente a través de
un funcionamiento armónico resistente y exible a las múltiples re-es-
tructuraciones del desarrollo y llegar a la adolescencia con una identi-
dad sólida y una mente madura.
¿Qué ocurre con un adolescente que llega a la pubertad y se descubre
en un cuerpo en vías de modificación constante, con expectativas que
no sabe si serán cumplidas y con nuevas reglas de juego en lo familiar,
social, académico, afectivo y mental?. ¿Cómo articula su self mental y
corporal un adolescente que no ha tenido una experiencia de apego y
de mentalización de la que se haya sentido reejado y conectado con
los aspectos mentales, corporales y afectivos de su desarrollo? ¿Cómo
afecta la experiencia transgeneracional del sistema familiar a la totali-
dad del self? ¿Cómo encuentra su self el adolescente que se defendió de
las vivencias de terror, sea por abandono, maltrato, indiferencia de sus
cuidadores y que se inventó una coraza para crecer inmune a semejante
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dolor emocional? ¿Qué ofrece una sociedad a un joven que llega a la
adolescencia sin un aparato propio para pensar y sin la capacidad para
identicar y para nombrar los diferentes aspectos del sentir?
Siendo los desórdenes de la conducta alimentaria una de las formas
de ataque al psiquesoma, éstos representan memorias de situaciones
que han exigido reacciones excesivas y que se han resuelto a través de
un tipo de funcionamiento mental tóxico, adictivo y dañino en los que
se ha realizado una operación mental de equivalencia de los fallos del
medio ambiente con los fallos del self. Es como si estos pacientes hicie-
ran responsable a su self de los fallos del ambiente (Winnicott, 1949). En
este sentido, siendo la adolescencia un tiempo de re-ediciones de las
vivencias infantiles sobre un cuerpo nuevo en vías de formación y de
re-organización, los síntomas alimenticios denuncian las memorias no
metabolizadas de la infancia que amenazaron la continuidad del self,
una suerte de acting out que pone de maniesto la fragmentación de la
realidad psíquica y el exceso de actividad mental.
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