
67 / FLAPPSIP
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 3 (1), 2015, pp 59 - 68
ISSN 2815-6994 (en linea)
La psicoterapia como juego permite encuentros que dan sentido al he-
cho de ser y existir. Habilita la vivencia de estar conectados, de sentir-
nos comprendidos, reconocidos, encontrados y “usados” (sin ser “abusa-
dos”) y hace que surja en nosotros la posibilidad de conar, de creer que
el futuro nos deparará experiencias de equivalente valor. Podremos
guardar la esperanza de vivir posibles reediciones de tales vivencias pla-
centeras (no orgásmicas ni pulsionales sino experienciales), y de sentir-
nos “existentes” dentro de vínculos signicativos. Este proceso comien-
za dándose en ambos miembros de cualquier díada madre-bebé que
interactúa armoniosamente, lo bastante como para no generar distur-
bios en el desarrollo del niño. Esta díada originaria Winnicott la propone
como patrón paradigmático inicial de uno de sus sucedáneos, el par te-
rapeuta-paciente. Para los autores contemporáneos que se pliegan, con
inevitables sesgos personales, a la tradición de los Independientes de la
Sociedad Británica de Psicoanálisis, la “cura” consiste en otra cosa que
“amar y trabajar” o alcanzar la “ambivalencia” y la “Posición Depresiva”.
Se trata de ampliar la gama de intereses culturales, de cultivar la mis-
midad junto al respeto y la “preocupación” (concern) por los demás y de
ser capaz de encuentros creativos con nosotros mismos y también con
otros que compartan nuestros intereses, cuyo bienestar nos genere una
normal “preocupación” que se acompañará de parecida predisposición
de esos “otros” hacia nosotros.
Bollas nos dice que, a menudo, en su práctica, la “interpretación” llega
como producto de la negociación entre terapeuta y paciente. Él plantea
abandonar la idea predominante del observador objetivo y abstinente
que sabe de lo reprimido del paciente y lo vuelve consciente comunicán-
doselo mediante la verbalización. La interpretación puede ser correcta
o errada, el paciente podrá aceptarla, corregirla, negarla o resistirse a
ella. Pero aun siendo correcta puede que el paciente no esté en condi-
ciones de aceptarla, en cuyo caso lo deseable sería que el terapeuta no
interpretara sistemáticamente este hecho como una “resistencia” y que
retirara su “interpretación” promoviendo, en todo caso, lo que él llama
“dialéctica del disenso”. Sería algo así como decir: “¡Vea! Usted piensa
así y puede que tenga razón. Pero yo pienso de otro modo y tengo mis
propias razones para hacerlo.” O sea que cabe considerar cómo este
autor, un post-winnicottiano confeso y muy valorado en la actualidad,
considera que en muchas ocasiones la llamada “interpretación” puede
adquirir el carácter de una negociación y por tanto en estos casos sería
más correcto incluirla dentro de la categoría de “intervención”.
Una última razón para insistir en la negociación como componente indis-
pensable de los encuentros interpersonales propios de la psicoterapia.
Terapeuta y paciente necesitan llegar a acuerdos para sentirse cómodos
y “auténticos” cediendo terreno hasta donde cada uno pueda (falso self
normal) y defendiendo hasta la última trinchera lo que para cada uno es
cosa irrenunciable (verdadero self). De lo contrario estaríamos frente a
una situación de sometimiento o de Falso Self patológico.