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INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 3 (1), 2015, pp 116 - 122
ISSN 2815-6994 (en linea)
En ese período surge una escena que marca a M e ilustra su relación con
su gura primaria. Su madre partía todas las mañanas en el auto y él se
quedaba esperando en la ventana, que ella volviera a abrazarlo, sin em-
bargo ella se iba. Esta imagen sirvió para ver cómo en ciertos aspectos
de su vida, él seguía esperando que la madre volviera y lo abrazara, re-
curría mucho a la imagen de una ex pareja, por quién en algún momento
“lo dejó todo” y a la posibilidad de volver con ella, como solución a sus
problemas; en un momento del tratamiento lo intenta desde una postu-
ra más adulta, sin embargo reconoce que no es posible. Opuesta a esta
gura materna, había una nana centroaméricana de grandes pechos,
muy cálida y que no dudaba en regalonear a M. con generosidad. Esta
nana se va de la casa, luego de una discusión con él y al poco tiempo, la
familia se traslada a Chile, quedando este recuerdo y cierto sentimiento
de culpa en M.
La llegada a Chile, no mejora las cosas para M., es víctima de bulling en el
colegio, período que recuerda como angustioso y solitario y con dicul-
tades para “encajar”. Creo que esta experiencia, junto con el desarraigo
reforzó su falso self. Más adelante participó de actividades sociales de
iglesia y en la universidad, pero la sensación de desarraigo no lo aban-
donó.
Le costaba reconocer por qué y desde dónde hacía las cosas, se jactaba
de poder argumentar de igual manera y convicción dos ideas totalmente
opuestas entre sí, con dicultades para encontrar su propia posición al
respecto, esto denotaba que toleraba escasamente la ambivalencia y se
enfrentaba a los temas desde una perspectiva cognitiva, lejano aún de
la posibilidad de integrar. Daba la sensación de haber perdido el rumbo
en algún punto.
Se entrega al trabajo analítico con una cierta reticencia, busca maneras
de que “optimicemos” el trabajo, a menudo llega con cuadros o mapas
conceptuales sobre lo que hemos hablado, se apega a la forma y a la
estructura, buscando un asidero que no encuentra en sí mismo. Acepté
su “forma” sin cuestionarle y poco a poco sus “ofrendas” fueron cam-
biando; hablo de ofrendas porque M. nunca dejó de llevar “cosas” a se-
sión, pero la cualidad de éstas fue cambiando de manera importante,
siempre las recibí y acepté (no eran regalos, él sólo llevaba cosas para
mostrármelas), pues entendía que quería compartir conmigo un peda-
cito de su mundo. Luego de estos cuadros explicativos, basados sobre
todo en el lenguaje, aparecieron una serie de retratos de las mujeres
signicativas de la vida, así M me las iba presentando y en ocasiones po-
nía una junto a la otra para que las comparáramos, poniendo sus caras
y miradas sobre el tapete, en una ocasión el retrato de una ex pareja
que aparecía recurrentemente en sus fantasías, fue comparado con el
de su madre, notando ciertas similitudes, que pudimos ver y extrapo-
lar a otras áreas. Más adelante empezó a pintar, copiaba cuadros y me
mostraba sus avances, de apegarse al autor pasó de a poco a poner sus
propios colores y dejarse llevar por sus sensaciones, la última pintura
que me llevó era abstracta en tonos cálidos, pero a la vez llena de fuerza,