
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 16 (1), 2025, pp 127 - 133
ISSN 2815-6994 (en linea) DOI: doi.org/10.60139/InterPsic/16.1.14
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El deterioro del tejido social se nutre de la proliferación de dis-
cursos de odio y de una propaganda antiderechos que promueve la in-
tolerancia. Esta intolerancia se maniesta en la estigmatización de iden-
tidades disidentes, de la discriminación a la diversidad corporal como
en el caso del gordo-odio o las mutilaciones a cuerpos de bebés inter-
sexuales bajo el coronado discurso de emergencia neonatal. Además, es
importante señalar que el racismo que azota a nuestro país no es un fe-
nómeno aislado, sino que forma parte de la estructura misma de nues-
tra identidad nacional, y que discrimina y violenta directamente a las
identidades marrones. Estos discursos operan como ríos subterráneos,
invisibles pero poderosos, alimentando formas especícas de violencia
hacia ciertas subjetividades que se traducen en la imposibilidad de ac-
ceso a derechos, en identidades cloacalizadas, según la expresión de Ber-
kins (2012). ¿Qué puede aportar el psicoanálisis en relación a los efectos
en la subjetividad de llevar vidas sometidas a la mera supervivencia?
A cuarenta años de la recuperación de la democracia en Argen-
tina, continúan los crímenes de lesa humanidad contra ciertos colecti-
vos. Wayar (2018) denuncia un auténtico genocidio travesti, reriéndose
al exterminio sistemático de las identidades trans y responsabilizando
al Estado y a los estados de la región. Sostiene que se debe aceptar la
culpa y resarcir el agravio justamente, pues se ha afectado, sistemática-
mente, la salud psíquica, física y económica: “Este genocidio se reeja
en una esperanza de vida de apenas 32 años, con muertes causadas en
gran medida por la violencia estatal y social, así como por otras causas
evitables” (Wayar, 2021).
Hay otro genocidio que persiste, la Campaña del Desierto no
concluyó en 1885. Comunidades originarias a lo largo de Latinoamérica
continúan siendo objeto de exterminio. Y en este punto se abren dife-
rentes líneas de reexión: Por un lado, debemos considerar los efectos
de las estrategias de supervivencia que estas comunidades se han visto
obligadas a adoptar: renunciar a su identidad, prohibir sus ritos y cos-
tumbres, censurar la transmisión de su lengua e incluso verse impedi-
das de enterrar a sus muertos. Si concebimos el rito como una forma de
representar el dolor de la pérdida, como una inscripción en el sistema
simbólico cultural, ¿qué sucede cuando se niega la posibilidad del ritual?
Freud, en Tótem y tabú (1913), sostiene que el tabú de los muertos sur-
ge de los sentimientos ambivalentes del doliente hacia el fallecido, lo
cual guarda similitud con los autorreproches de la neurosis obsesiva. De
ahí que, tras una pérdida dolorosa, sea necesaria una reacción ante la
hostilidad latente en el inconsciente, origen de los reproches obsesivos.
En el caso de los pueblos originarios, esa hostilidad se proyecta sobre
el propio muerto: “se deenden de ella desplazándola sobre el objeto
de la hostilidad, sobre el muerto” (Freud, 1913, p. 67). Entonces, ¿qué
destino aguarda a esa hostilidad reprimida? ¿Cómo vive una comuni-
dad en deuda con sus muertos? ¿Qué ocurre cuando el rito funerario se
imposibilita, ya sea por la ausencia del cadáver —como en el genocidio
de la Campaña del Desierto o en las desapariciones forzadas durante la