INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 17 (1), 2026, pp 94 - 99
ISSN 2815-6994 (en linea) DOI: 10.60139/InterPsic/17.1.8
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SEMPRE O MESMO ASSOMBRO?
¿SIEMPRE EL MISMO ASOMBRO?
ALWAYS THE SAME ASTONISHMENT?
Margarida Viñas
ORCID: 0009-0006-9545-4479
Correio eletrônico: margaridavrlima@gmail.com
Centro de Estudos Psicanalíticos de Porto Alegre /Serra
Data de Recebimento: 11 – 03 -2026
Data de Aceitação: 11-03-2026
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Viñas M. (2026) SEMPRE O MESMO ASSOMBRO?
Intercambio Psicoanalítico 17 (1), DOI: 10.60139/InterPsic/17.1.8
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I - Introducción
Freud percibió la dicultad de interpretar el momento en que se
vive, de allí el trauma en dos tiempos. Con esto, podríamos creer que los
acontecimientos del tiempo actual, cuando resultan incomprendidos, son
traumáticos. Tal vez sea una conclusión apresurada, pero, sin duda, vi-
vimos en una época de asombros, situándonos constantemente en una
especie de límite. Como psicoanalistas, somos nosotros los interpelados
a descifrar lo desmedido.
“Asombro” es una palabra generosa, en la que caben muchos mun-
dos, cargando en sí una especie de espanto, de arrebato. Puede aparecer
como secuestro, a través de una imagen; o como interrupción, como algo
que irrumpe en el sentido. Sucede algo que se ve, se escucha, pero en
lo cual no se cree: una realidad se impone como increíble. A la luz de la
metapsicología psicoanalítica, podemos diferenciar tres tipos de manifes-
taciones del asombro, que merecen respuestas clínicas distintas.
II– El retorno de lo reprimido
Es del retorno de lo reprimido de lo que Freud trata, de modo casi
íntimo, en Un trastorno de memoria en la Acrópolis. Hombre hecho, visita
Atenas por primera vez. Al alcanzar la colina sagrada, es tomado por un
pensamiento extraño, que conesa a su hermano: “¿Entonces todo esto
existe de hecho, como aprendíamos en la escuela?” (Freud, 1936, p.241).
Aquello que está allí, frente a sus ojos, surge como un imposible, forjado
en la infancia, cuando la idea de Atenas parecía tan grandiosa que, en
verdad, resultaba increíble. Grecia era demasiado grande para caber en
el mundo. Visitar Atenas, entonces, es tocar lo que antes era puro signo.
En ese ensayo memorial, Freud nos revela que hay asombros que
no provienen de lo nuevo o lo inédito, sino de la irrupción de lo que fue re-
primido como imposible — aunque verdadero. El espanto de la Acrópolis
dice menos del paisaje que de su inscripción. Un tiempo se pliega sobre
otro: el adulto encuentra la ciudad, pero es el niño el que no cree en ella.
Ese pliegue de tiempos aparece también en el cuento El otro (Bor-
ges, 2021). Borges, viejo, se encuentra con Borges, joven. Es un tiempo
plegado, entre recuerdo y presencia, infancia e historia. El joven y el viejo
no se reconocen de inmediato. Están sentados en un banco, a orillas de
un río, y el tiempo ya no es lineal. El viejo cree estar soñando; el joven, des-
pierto. Ambos se preguntan cuál es lo real, cuál es el sueño. Una frase lo
dene todo: “Mi sueño ya duró setenta años... Al n y al cabo, al recordar,
no existe nadie que no se encuentre consigo mismo”(2009b, p.103). Hay
un encuentro, un espejo, un vértigo. El pasado y el futuro colapsan en un
instante.
En el retorno de lo reprimido que causa asombro, un hiato revela
una sura en el tiempo y en el saber: es lo extraño, lo unheimlich, que
golpea la puerta.
¿SIEMPRE
EL MISMO ASOMBRO?
Margarida Viñas1
1 Psicoanalista, psicóloga. Miembro
titular del CEPdePA, maestranda
en Psicoanálisis: clínica y cultura
por la UFRGS, con formación en
psicoanálisis por el CEPdePA y por el
recorrido de la APPOA.
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III – Lo traumático
En Brasil, en mayo de 2024, ciudades enteras fueron inundadas en
cuestión de horas. Cleonice Pereira, que lo perdió todo en la catástrofe, rela-
ta: “Parece que fue una pesadilla... A veces me pregunto: ¿será que esto me
pasó a mí?” (Malinoski, 2025).
En Canoas, un cuerpo fue hallado otando sobre colchones, rodeado
de juguetes. En Porto Alegre, un caballo quedó atrapado en el techo de una
casa durante días, en una imagen que recorrió el mundo. Pocos años antes,
una epidemia global (Covid-19) arrebató 15 millones de vidas. Recuerdo níti-
damente las fosas abiertas en Manaos para recibir cuerpos que ya no cabían
en los cementerios.
¿Qué hacer con esas imágenes? ¿Dónde colocarlas en el aparato psí-
quico? ¿Serán los tiempos actuales tiempos de exceso traumático?
En estos casos, no se trata de lo reprimido que retorna, sino de lo que
es, de cierta manera, inédito. Lo real, en ese sentido, no retorna. Irrumpe,
perfora, desborda el aparato. Es lo que no tiene lugar en el Otro, lo que no
se escribe, lo que no se sueña. Lacan insiste: “De lo imposible es de lo que se
constituye lo real” (Lacan, 1964, p. 167).
Lo imposible: cuerpos entre escombros, en una guerra sin sentido. O
el horror de la muerte de miles de niños por hambre intencional, en Gaza.
A diferencia de la escena de la Acrópolis o del encuentro con el otro Borges,
aquí no hay pasado del sujeto que retorna, ni infancia reencontrada. Sólo un
exceso que desaloja, un presente que no puede integrarse. Lacan diría que
estamos ante un real que no cesa de no inscribirse. El real de la violencia sin
contorno, de la impotencia y de la muerte, que irrumpe como quiebre de la
escena, como desgarradura en lo simbólico.
En 1933, cuando Hitler asumió el poder en Alemania, Freud ya había
escrito sus textos fundamentales. Siete años más joven que Freud, Hitler
asciende como síntoma del malestar de la civilización. Encarnaba el odio, la
intolerancia, la organización burocrática de la muerte. No fue sólo un mo-
mento de regresión histórica, sino la irrupción de algo estructural: el goce
del exterminio.
Podemos entender la ascensión del nazismo como el retorno de
un reprimido civilizatorio: la violencia, el horror al extranjero, la pulsión de
muerte encarnada en instituciones. El análisis freudiano del malestar en la
cultura toca justamente ese punto: la renuncia pulsional, exigida por la vida
en común, retorna — desplazada — bajo la forma del superyó, de la culpa,
de la destructividad.
Hoy, en un nuevo retorno, son otra vez los Estados los que encarnan
el genocidio y el exterminio. Dictadores con discursos inamados, democra-
cias corroídas desde adentro, redes que amplican el odio y el delirio. Ve-
mos cuerpos muertos bajo escombros, escuelas bombardeadas, hospitales
demolidos. Los déspotas actuales visten otras ropas, usan redes sociales,
hablan en nombre de la libertad y la democracia, y operan bajo la lógica de
la excepción. El autoritarismo se actualiza como espectáculo. La crueldad se
transmite en vivo, a propósito, para instaurar el miedo y la obediencia servil.
La deshumanización y el genocidio se normalizan como política de Estado,
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así como la destrucción del medio ambiente y la extinción de la ora y la
fauna.
Frente a este escenario, la desmentida no es individual. Se gene-
raliza. Vemos, sabemos, pero algo en nosotros retrocede. La velocidad
de la imagen impide el tiempo de la inscripción, naturaliza el exceso. Y el
horror, en vez de provocar reacción, se vuelve rutina. Desmentimos colec-
tivamente.
Sin embargo, aunque algunos acontecimientos traumáticos pue-
dan pensarse como retorno de lo reprimido civilizatorio, se trata de un
reprimido colectivo, cuya inscripción psíquica está en el campo del gran
Otro. Singularmente, no hay registro real, vivido. Hay algo que irrumpe
como un exceso inédito. Lo real retorna como una especie de nuevo ho-
rror, un sin-antecedente. Un real sin pasado, que nos deja huérfanos de
memoria y de sentido.
Si la verdad aparece como agujero, el horror contemporáneo nos
exige, a los psicoanalistas, una ética. Como Lacan nos recuerda: “La ver-
dad tiene estructura de cción” (Lacan, 1959–1960, p. 13). Es decir: necesi-
ta ser construida, a través de la palabra. Por lo demás, de la enseñanza de
Lacan es fácil concluir que la función del analista es justamente encarnar
la ausencia de garantía.
IV – Otro tipo de asombro
Me encontré recientemente con lo que pienso puede ser una espe-
cie de asombro no abordado por Freud: cuando el sujeto se enfrenta con
lo que podríamos llamar un Otro grande distinto. Es decir, un sistema sim-
bólico completamente diferente de aquel en el que el sujeto se inscribió.
Quizá sólo sea posible cuando alguien se enfrenta con una civilización o
un mundo diferente del suyo.
En el podcast Dos mundos (Folha, 2025), un indígena de poco con-
tacto de la etnia Madirrá Culina cruza más de mil kilómetros de selva vir-
gen con su esposa, llevado por la Fudación nacional de los Pueblos In-
dígenas1 FUNAI, en busca de atención hospitalaria para una emergencia
en el parto. La pareja, Tadeu Colina y Corimá Colina, a punto de tener a
su primer hijo, es transportada primero en barco y luego en helicóptero
hasta Manaos, ciudad de dos millones de habitantes.
Al llegar al hospital, Corimá es atendida y Tadeu es enviado afuera,
sin haber estado jamás en una ciudad, sin tener idea de lo que era un he-
licóptero, y pasando por la experiencia de ver nacer a su primogénito. No
había nadie de la Funai para acompañar a Tadeu a una casa de asistencia,
como correspondería. No habla una palabra de portugués. En un brote
psicótico, sale del hospital y su cuerpo es hallado posteriormente. Aunque
se sospecha que su asesino sea la policía, una cosa es cierta: Tadeo fue
aniquilado por un sistema de códigos distinto al suyo.
1 Se trata de un órgano federal brasileño,
vinculado al Ministerio de los Pueblos
Indígenas, responsable por proteger,
promover y garantizar los derechos de los
pueblos indígenas en Brasil.
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Aquí, el asombro capaz de desencadenar una psicosis es el choque
con otro mundo, con códigos y signos completamente desconocidos para
el sujeto. Tales elementos ni siquiera están presentes en su gran Otro,
podríamos decir.
Una narrativa semejante puede escucharse en primera persona en
la voz de Equiano (1789), un negro esclavizado que relata su choque al
entrar en el barco negrero:
El primer objeto que saludó mis ojos cuando llegué a la costa fue el
mar y un barco negrero, que entonces estaba anclado, esperando
su carga. Eso me llenó de asombro, que pronto se transformó en
terror cuando fui llevado a bordo. Fui inmediatamente palpado y
arrojado hacia arriba, para ver si estaba en buenas condiciones, por
algunos de los tripulantes; y entonces me convencí de que había en-
trado en un mundo de malos espíritus y que ellos iban a matarme.
Sus complexiones, tan diferentes de las nuestras, los cabellos lar-
gos y la lengua que hablaban (tan distinta de cualquiera que yo hu-
biera oído) conrmaron aún más esa creencia. (...)
Cuando miré alrededor del barco y vi un gran horno o calde-
ra hirviendo, y una multitud de personas negras de toda condi-
ción encadenadas, cada rostro expresando abatimiento y triste-
za, ya no dudé de mi destino; y, completamente dominado por
el horror y la angustia, caí inmóvil en la cubierta y me desmayé.
Cuando recobré un poco los sentidos, encontré a algunas personas
negras a mi alrededor, que creí eran quienes me habían llevado a
bordo y estaban recibiendo su pago; me hablaban para animarme,
pero en vano. Les pregunté si no seríamos comidos por aquellos
hombres blancos de apariencia horrible, rostros enrojecidos y ca-
bellos sueltos. Me dijeron que no; y uno de los tripulantes me trajo
una pequeña porción de bebida espirituosa en una copa de vino;
pero, con miedo de él, no la acepté de su mano.
En El Aleph, Borges narra la existencia de un punto secreto, en el
sótano de una casa común, desde el cual puede verse todo lo que hay en
el mundo, al mismo tiempo. En ese lugar, nada escapa. Cada detalle, cada
gesto, cada acontecimiento de la Tierra, todos simultáneamente inscrip-
tos en un único punto.
Pero, tomado por todo, el mirar se disuelve en exceso. La expe-
riencia del Aleph es insoportable: lo que ofrece no es la totalidad, sino lo
insoportable de la totalidad. Se trata de un saber que sobrepasa al sujeto.
Ver todo en ese nivel es no ver ya nada; la función signicante entra en
cortocircuito.
Aunque como analistas no nos enfrentemos con frecuencia a este
tipo de asombro, me viene a la cabeza D. H. Lawrence, en su novela El
hombre que murió. Después de ser crucicado, el protagonista una -
gura crística — renace y camina sin ser reconocido.
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Andrajoso, desesperanzado, se acerca a una choza. Melancólico,
escucha, en medio del silencio del mundo, el canto de un gallo. Y es en ese
instante banal que irrumpe la vida. Dice Lawrence: “Él escuchó al gallo, y el
canto era la vida. Por primera vez, supo que estaba vivo” (2006, s/n.pag.).
¿Cómo hacer escuchar el canto del gallo? Nuestro mundo está en
ruinas. Como arqueólogos de lo real, escuchamos las capas, las suras,
los restos. Pero es preciso restaurar el canto del gallo, una señal mínima
que resuene en el interior de nuestros analizandos, insistiendo en que
todavía hay vida.
Referencias bibliográcas
BORGES, J. L. (2009a). O Aleph. São Paulo: Companhia das Letras.
BORGES, J. L. (2009b). O outro. In O livro de areia. São Paulo: Companhia das Letras.
EQUIANO, O. (1789). The interesting narrative of the life of Olaudah Equiano, or Gustavus
Vassa. London: Printed for and sold by the Author. Project Gutenberg
FREUD, S. (1996). Um distúrbio de memória na Acrópole. In Obras completas (Vol. 22). Rio de
Janeiro: Imago. (Trabalho original publicado em 1936).
LACAN, J. (1988). O seminário, livro 7: A ética da psicanálise (1959–1960). Rio de Janeiro: Zahar.
LACAN, J. (1985). O seminário, livro 11: Os quatro conceitos fundamentais da psicanálise
(1964). Rio de Janeiro: Zahar.
LAWRENCE, D. H. (2006). O homem que morreu. São Paulo: Estação Liberdade.
MALINOSKI, A. (2025, 30 de janeiro). “Parece que foi um pesadelo”: Como está a vida dos
migrantes climáticos após a enchente de maio. Gauchazh. Porto Alegre. Gauchazh
SASSINE, V. (2025, 31 de maio). Dois mundos: Nascimento e morte [Podcast]. Em Café da
Manhã. Spotify. Spotify