
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 17 (1), 2026, pp 94 - 99
ISSN 2815-6994 (en linea) DOI: 10.60139/InterPsic/17.1.8
96 / FLAPPSIP
III – Lo traumático
En Brasil, en mayo de 2024, ciudades enteras fueron inundadas en
cuestión de horas. Cleonice Pereira, que lo perdió todo en la catástrofe, rela-
ta: “Parece que fue una pesadilla... A veces me pregunto: ¿será que esto me
pasó a mí?” (Malinoski, 2025).
En Canoas, un cuerpo fue hallado otando sobre colchones, rodeado
de juguetes. En Porto Alegre, un caballo quedó atrapado en el techo de una
casa durante días, en una imagen que recorrió el mundo. Pocos años antes,
una epidemia global (Covid-19) arrebató 15 millones de vidas. Recuerdo níti-
damente las fosas abiertas en Manaos para recibir cuerpos que ya no cabían
en los cementerios.
¿Qué hacer con esas imágenes? ¿Dónde colocarlas en el aparato psí-
quico? ¿Serán los tiempos actuales tiempos de exceso traumático?
En estos casos, no se trata de lo reprimido que retorna, sino de lo que
es, de cierta manera, inédito. Lo real, en ese sentido, no retorna. Irrumpe,
perfora, desborda el aparato. Es lo que no tiene lugar en el Otro, lo que no
se escribe, lo que no se sueña. Lacan insiste: “De lo imposible es de lo que se
constituye lo real” (Lacan, 1964, p. 167).
Lo imposible: cuerpos entre escombros, en una guerra sin sentido. O
el horror de la muerte de miles de niños por hambre intencional, en Gaza.
A diferencia de la escena de la Acrópolis o del encuentro con el otro Borges,
aquí no hay pasado del sujeto que retorna, ni infancia reencontrada. Sólo un
exceso que desaloja, un presente que no puede integrarse. Lacan diría que
estamos ante un real que no cesa de no inscribirse. El real de la violencia sin
contorno, de la impotencia y de la muerte, que irrumpe como quiebre de la
escena, como desgarradura en lo simbólico.
En 1933, cuando Hitler asumió el poder en Alemania, Freud ya había
escrito sus textos fundamentales. Siete años más joven que Freud, Hitler
asciende como síntoma del malestar de la civilización. Encarnaba el odio, la
intolerancia, la organización burocrática de la muerte. No fue sólo un mo-
mento de regresión histórica, sino la irrupción de algo estructural: el goce
del exterminio.
Podemos entender la ascensión del nazismo como el retorno de
un reprimido civilizatorio: la violencia, el horror al extranjero, la pulsión de
muerte encarnada en instituciones. El análisis freudiano del malestar en la
cultura toca justamente ese punto: la renuncia pulsional, exigida por la vida
en común, retorna — desplazada — bajo la forma del superyó, de la culpa,
de la destructividad.
Hoy, en un nuevo retorno, son otra vez los Estados los que encarnan
el genocidio y el exterminio. Dictadores con discursos inamados, democra-
cias corroídas desde adentro, redes que amplican el odio y el delirio. Ve-
mos cuerpos muertos bajo escombros, escuelas bombardeadas, hospitales
demolidos. Los déspotas actuales visten otras ropas, usan redes sociales,
hablan en nombre de la libertad y la democracia, y operan bajo la lógica de
la excepción. El autoritarismo se actualiza como espectáculo. La crueldad se
transmite en vivo, a propósito, para instaurar el miedo y la obediencia servil.
La deshumanización y el genocidio se normalizan como política de Estado,