INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 17 (1), 2026, pp 101 - 109
ISSN 2815-6994 (en linea) DOI: 10.60139/InterPsic/17.1. 9
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LA ESPERANZA Y OTROS INGREDIENTES
EN EL TRABAJO CLÍNICO
A ESPERANÇA E OUTROS INGREDIENTES
NO TRABALHO CLÍNICO
HOPE AND OTHER INGREDIENTS
IN CLINICAL WORK.
Olinda Serrano de Dreifuss
ORCID: 0000-0001-6235-3627
olindaserranodedreifuss@gmail.com
Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima
Fecha de recepción: 30 – 04 - 26
Fecha de aceptación: 04 – 05 - 26
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Serrano de Dreifuss O. (2026) LA ESPERANZA Y OTROS INGREDIENTES EN EL TRABAJO CLÍNICO
Intercambio Psicoanalítico 17 (1), DOI: 10.60139/InterPsic/17.1. 9
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC By 4.0)
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Resumen: Se presenta una reexión que pone atención explícita en
la presencia e importancia de los afectos en el proceso terapéutico,
centrándose especialmente en la esperanza. Este concepto es ras-
treado “entre líneas” en la obra de autores clásicos e integrado con
autores contemporáneos. La idea de esperanza, lejos de reducirse
a una expectativa optimista, puede pensarse como una forma de
persistencia frente a la adversidad. Desde Freud, donde la repeti-
ción abre la posibilidad de transformación, pasando por Klein y la
reparación del objeto, Ferenczi y la ética del encuentro, Winnicott y
la conabilidad del ambiente, Bion y la fe en el pensamiento, hasta
Orange y Buechler, donde la esperanza se vuelve explícitamente, éti-
ca y afectiva, se despliega un recorrido que permite concebir la espe-
ranza como una condición estructural del proceso analítico. Incluso
en contextos contemporáneos, atravesados por la violencia y la pre-
cariedad, como plantea Mbembe, la esperanza no desaparece, sino
que se redene como una forma de resistencia. Así, la esperanza se
congura como aquello que permite que el sufrimiento psíquico no
quede clausurado, sino abierto a la posibilidad de transformación en
el vínculo.
Palabras clave: complejidad - afectos - esperanza - reparación fe
violencia - precariedad - resistencia - ética - transformación.
Resumo: Apresenta-se uma reexão que coloca atenção explícita
na presença e na importância dos afetos no processo terapêutico,
centrando-se especialmente na esperança. Este conceito é rastrea-
do “nas entrelinhas” da obra de autores clássicos e integrado com
autores contemporâneos. A ideia de esperança, longe de se reduzir
a uma expectativa otimista, pode ser pensada como uma forma de
persistência diante da adversidade. Desde Sigmund Freud, onde a re-
petição abre a possibilidade de transformação, passando por Mela-
nie Klein e a reparação do objeto, Sándor Ferenczi e a ética do encon-
tro, Donald Winnicott e a conabilidade do ambiente, Wilfred Bion
e a fé no pensamento, até Donna Orange e Sandra Buechler, onde a
esperança se torna explicitamente ética e afetiva, desdobra-se um
percurso que permite conceber a esperança como uma condição
estrutural do processo analítico. Mesmo em contextos contemporâ-
neos, atravessados pela violência e pela precariedade, como propõe
Achille Mbembe, a esperança não desaparece, mas se redene como
uma forma de resistência. Assim, a esperança congura-se como
aquilo que permite que o sofrimento psíquico não que encerrado,
mas aberto à possibilidade de transformação no vínculo.
Palavras-chave: complexidade – afetos – esperança – reparação – fé
violência – precariedade – resistência – ética – transformação.
LA ESPERANZA
Y OTROS INGREDIENTES
EN EL TRABAJO CLÍNICO
Olinda Serrano de
Dreifuss1
1 Magister en Salud Mental por la
Universidad de León y el Instituto
de Neurociencias y Salud Mental de
Barcelona. Lic. Psicología Clínica por
la Ponticia Universidad Católica
del Perú (PUCP). Psicoterapeuta
graduada del Centro de Psicoterapia
Psicoanalítica de Lima (CPPL).
Docente y Coordinadora del área
de Clínica y supervisión y del
Espacio de Adulto Mayor del CPPL.
Miembro del Board Latinoamericano
de los Encuentros Winnicott. Es
autora del libro: “Diagnóstico
con intervenciones terapéuticas.
Psicoterapia breve a partir de la
historia” y de diversos artículos
locales y en el exterior.
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Abstract: This paper presents a reection that explicitly focuses
on the presence and importance of aects within the therapeutic
process, with a particular emphasis on hope. This concept is traced
"between the lines" in the works of classical authors and
integrated with contemporary ones. Far from being reduced to a
mere optimistic expectation, the idea of hope can be thought of as
a form of persistence in the face of adversity. From Freud, for whom
repetition opens up the possibility of transformation, through Klein
and the reparation of the object, Ferenczi and the ethics of encoun-
ter, Winnicott and the reliability of the environment, and Bion and
faith in thinking, to Orange and Buechler, for whom hope becomes
explicitly ethical and aective, a trajectory unfolds that allows us to
conceive hope as a structural condition of the analytic process. Even
in contemporary contexts marked by violence and precariousness,
as Mbembe observes, hope does not vanish; rather, it is redened
as a form of resistance. Thus, hope emerges as that which ensures
that psychological suering remains not foreclosed, but open to the
possibility of transformation within the therapeutic bond.
Keywords: aects – resistance – ethics – transformation.
Descansar acaso debes, pero nunca desistir
Rudyard Kipling
En esta ocasión, comparto términos y formulaciones explícitamen-
te inusuales en el psicoanálisis clásico, presentes más bien en el psicoaná-
lisis contemporáneo y relacional. Se trata de herramientas clínicas centra-
das más en el vínculo paciente terapeuta que en un trabajo interpretativo
y reconstructivo de la transferencia como distorsión a elaborar.
Empecemos por la esperanza, un concepto que puede dar una sen-
sación romantizada, edulcorada en el trabajo clínico y que puede ser con-
siderada como algo difuso, sin un asidero teórico. En general, se la dene
como el estado de ánimo, de optimismo y conanza, que surge cuando se
presenta como factible o alcanzable algo que se desea. Nos permite mirar
más allá de la situación presente e imaginar un futuro mejor. Partiremos
por ubicarnos en el paradigma de la complejidad, (Coderch & Plaza, 2016)
que plantea la no linealidad de los procesos, en los que sus componentes
se inuyen y se regulan y desregulan mutuamente, dando lugar a nuevas
adaptaciones, a lo emergente e imprevisible, “que permite sentir espe-
ranza para lo que venga.” (Coderch&Plaza, 2016, p. 36) “El psicoanálisis
relacional, apoyado en la interacción, la no linealidad y las posibilidades
de la emergencia de algo nuevo, no considera a nadie como totalmente
intratable. Desde la perspectiva del psicoanálisis relacional siempre hay
esperanzas…” (Coderch&Plaza, 2016, p. 48, 49) Ello conlleva tres actitudes
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a considerar: el respeto total por la complejidad de la experiencia humana
y por la individualidad personal, la necesidad de mantener siempre una
total atención al contexto humano dentro del cual nos encontramos no-
sotros mismos y nos relacionamos con el otro, y nalmente mantenernos
siempre alerta, con la conciencia abierta de nuestra radical falibilidad, con
una actitud de humildad y modestia renunciando a imponer a otros nues-
tro particular criterio de verdad.
Desde esta perspectiva, no hay determinismo: muchos elementos
o innitos elementos participan en los eventos concretos e intersubjeti-
vos, diríamos también en los pragmáticos y los enigmáticos (Atlas, 2017).
Este planteamiento del paradigma de la complejidad nos abre a la
mirada y la escucha a lo verdaderamente inesperado, a la sorpresa, a lo
insospechado, aquello de que “cualquier cosa puede suceder, lo impor-
tante es que suceda” es decir a la oportunidad de cada momento en el
encuentro humano que, incluso breve, puede ser trascendental. En ese
“cualquier cosa puede suceder” se ubica entonces la esperanza y con ella
la fe y la resiliencia es decir la evolución o la respuesta inesperada. Dicen
Rubén y Raquel Zukerfeld (2016): “Para la producción de resiliencia una
cuestión fundamental del testimonio es la generación de esperanza. He-
mos sostenido en publicaciones anteriores el valor decisivo de la secuen-
cia de las tres anzas, el sentir la semejanza con el padecimiento del otro, el
desarrollar así conanza en su palabra y de allí el generar esperanza en el
propio desarrollo.”
En tiempos de pandemia, estas lecturas grupales nos trajeron una
fuerza muy especial. La no predictibilidad es diferente a la concepción li-
neal, orgánica y determinista del proceso terapéutico a través de fases
relativamente previsibles, o de esquemas espaciales como capas de ce-
bolla que se van atravesando en el proceso analítico, con conceptos como
analizabilidad.
Esto es muy importante cuando nos encontramos en la clínica con
pacientes que viven y se relacionan como si no hubieran sufrido las cir-
cunstancias que a la vez nos narran. Entonces pensamos en las defensas
implementadas, en una cierta funcionalidad, en un falso self, en un fun-
cionamiento escindido, distintos conceptos que implican una cierta des-
valorización de estas -podríamos decir- “áreas del yo libres de conicto” y
del esfuerzo y logro para sostenerlas, o más recientemente estados dife-
rentes del self (Bromberg, 2017), capacidad de agencia y resiliencia. Darles
escucha, espacio y credibilidad a estos aspectos preservados de Eros, si
se quiere, son centrales porque validan estas posibilidades y favorecen el
aspecto vincular de la alianza terapéutica.
Es relevante que como terapeutas psicoanalíticos seamos conscien-
tes que frecuentemente tendemos a un pensar teórico y psicopatológico
inmediato en la situación clínica. Es más, nos hemos formado en un ideal
de neutralidad, anonimato y abstinencia, conceptos ya reformulados por
Stolorow, Atwood y Orange (2012). La neutralidad más bien puede ser
entendida como “la creación de un espacio potencial interior (Winnicott,
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1974) que funcione como un marco (Milner, 1952) a través del cual el pa-
ciente pueda vivir de nuevo una vida infantil sin la importuna instrucción
de los juicios del clínico”. (Bollas, 2009, p.242) Se trata de un espacio que
reservamos dentro, de modo que el paciente nos habite y que incluso nos
pueda producir una enfermedad situacional. (Bollas, 2009, p.246)
Decíamos que tendemos a pensar en automático en clasicacio-
nes de décit y conicto, histeria-borderline, perversión-psicosis, jación
y regresión, aspectos edípicos y pre-edípicos, y tratamos de buscar qué
modalidad de estructura y pauta vincular despliega el paciente, intentan-
do una pronta comprensión de las defensas, conictos, carencias y trans-
ferencia.
En nuestro recorrido por autores contemporáneos, varios de noso-
tros, nos encontramos con Sandra Buechler, psicoanalista estaduniden-
se quien, como otros autores, destaca la importancia de la experiencia
emocional tanto para el terapeuta como para el paciente. Ella plantea una
escucha desde los afectos que nos surgen en cada encuentro, atendiendo
en primer lugar al impacto afectivo que, de modo muy personal, suscita
ese momento en la sesión. En su obra más conocida Marcando la diferen-
cia en la vida de los pacientes (2015), la autora remarca cómo cada uno se
sentirá impactado por la ansiedad, la pena, el miedo, el arrepentimiento
o inclusive la alegría desde su propia historia y desde ahí podrá recuperar
su equilibrio, alterado por ese impacto, para poder ejercer la curiosidad,
es decir, el pensar analítico exploratorio e interpretativo. Para Buechler,
su objetivo personal es acceder al estado de curiosidad, posterior a la re-
cuperación del impacto en la sesión, para poder comprender qué está
pasando entre paciente y terapeuta. La empatía, la esperanza y la auten-
ticidad devienen en conceptos centrales de la terapia. En las numerosas
e intensas viñetas que la autora presenta, se incluyen interpretaciones,
no siempre formuladas al paciente, pero indispensables para aprender
más de uno mismo y de aquél. Bolognini (2004) plantea algo semejante,
en otros términos: accedemos a la empatía, tema sobre el cual tiene toda
una publicación, a través de la contratransferencia y su elaboración.
En el CPPL, en 2023 se llevó a cabo el XX Congreso “Emociones y
sentimientos: contención y desborde” organizado por una promoción que
inicia su formación en pandemia, con la tutoría de la Lic. Patricia León, en-
frentando dicultades a todo nivel, sobreviviendo y rescatando las emo-
ciones y los afectos, incluyendo la creatividad.
Esta apertura a nuestros afectos y su participación en la sesión
nos acerca a dos términos que pueden ser ora controvertidos, ora útiles:
enactment y autorevelación pues remiten a afectos y emociones del tera-
peuta que pueden contenerse o desbordarse, situación esta última objeto
de gran temor, entendida clásicamente como opuesta al pensar, al análi-
sis. En el Congreso que menciono, la Dra. Alejandra Plaza, nos decía “Las
emociones colorean nuestra vida, están ahí todo el tiempo inuyendo en
lo que hacemos. Pueden ser más poderosas que el pensamiento. Si las
emociones nos invaden se van a apoderar de la actuación, por eso han
sido tan temidas”.
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Entonces, dentro de los diferentes afectos, nos detenemos hoy en
la esperanza. Hay esperanza en la vida, en cada persona participante de
un proceso analítico: el paciente en recuperarse y el terapeuta en su la-
bor, y en el “tercero analítico” (Ogden, 2014) como espacio compartido y
cocreado que emerge en la relación analítica. Rastreando el concepto de
esperanza en la obra de varios autores, vemos que, como tal, como un
concepto explícito, está básicamente ausente y que más bien lo podemos
encontrar entre líneas y suponerlo entre otros conceptos y reexiones.
Así, en Freud (1912, 1914, 1914b, 1920, 1937) se puede encontrar la
esperanza referida al deseo, la transferencia, la compulsión de repetición
y el trabajo psíquico. Convoca a Eros, al instinto de vida, la energía de la
libido, el deseo como fuerza vital y sus múltiples formas de expresión que
tenazmente se mantiene a la expectativa, en esperanza podríamos decir.
El mismo síntoma, la repetición transferencial permite el trabajo elabora-
tivo vale decir, la puesta en palabras, la simbolización y la resignicación,
sin duda con un objetivo analítico-terapéutico que supone una expectati-
va de cambio.
En la teoría kleineana (Klein 1940, 1957), la esperanza también im-
plícita, la encontramos en el paso a la posición depresiva, la culpa y sus
posibilidades de reparación y gratitud. Que el objeto dañado no sea des-
truido, sino que sobreviva, sea reparado y pueda seguir disponible supo-
ne claramente una esperanza, que se dirige también al trabajo analítico.
En la obra de Bion (1987, 2000, 2001), si bien no se ubica la esperan-
za explícita como tal, la fe como la posibilidad de pensar lo impensable,
de tolerar la confusión emocional hasta que se ordene en pensamien-
to, se encuentra muy próxima. La fe implica una disposición emocional,
no religiosa sino existencial; permite tolerar el estado de incertidumbre,
aquel sin memoria y sin deseo. La fe -y añadiríamos la esperanza- no ga-
rantiza un resultado, justamente de eso se trata, pero permite sostener o
contener el proceso a pesar -como la vida misma- del caos y la angustia
catastróca. “Descansar acaso debes, pero nunca desistir” decía Rudyard
Kippling en 1910 reriéndose tal vez a la esperanza no como optimismo
sino como perseverancia. Otra vez, la sobrevivencia en el rol o en la tarea
analítica de parte del analista transmite al paciente que lo suyo puede ser
pensado, que lo intolerable puede ser procesado. Podríamos decir que el
analista encarna la esperanza y tenacidad incluso, o especialmente, cuan-
do el paciente está en estados de desesperanza y caos psíquico.
En la obra de Winnicott (1958, 1963, 1965), el ambiente facilitador
y la madre sucientemente buena transmiten una capacidad de soste-
ner y de conar, lo que favorece la continuidad del ser. Paulatinamente,
el espacio transicional y el juego proporcionan una esperanza diríamos,
que permite el despliegue de un self verdadero y creativo, sin aniquilar,
destruir ni perderse. El vínculo terapéutico también supone vivir o revivir
una esperanza en un ambiente y un vínculo que esta vez sí sostenga. La
presencia auténtica del analista vivo, despierto y creativo encarna la es-
peranza.
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Con Ferenczi (1928, 1928b, 1932, 1933) la esperanza no se conside-
ra un concepto teórico en sí mismo, pero atraviesa su obra en el aspecto
clínico, técnico y ético en su relación con el trauma y el vínculo analítico.
No se reere a un consuelo sino a la posibilidad de una verdad compar-
tida. El autor subraya el riesgo de retraumatización en el proceso, y más
bien propone la autenticidad del terapeuta como base para recobrar la
conanza. Sus propuestas de elasticidad técnica transmiten esperanza
en lo vital que el paciente conserva de sí mismo cuando ha requerido
implementar no sólo mecanismos de defensa sino de sobrevivencia. La
esperanza se aloja en que el otro, el analista, no abuse ni desmienta los
abusos sufridos.
Veamos ciertas condiciones clínicas. Hay pacientes y situaciones
que nos desafían particularmente a toda esperanza, pacientes con aspec-
tos autodestructivos por voluntad propia, u otros en situación terminal
quienes nos convocan a mantenernos vitales porque siempre hay algo
que se puede “hacer” como compartir afectos, temores, incertidumbre,
angustias indecibles, duelos por el self ileso perdido, y las pérdidas que
en general acompañan la vida. A veces, situaciones que pueden ser des-
esperanzadoras tienen que ver con aspectos concretos: edades que no
permiten al paciente salir de un entorno patológico, carencias económi-
cas, situaciones de sometimiento, al parecer sin escapatoria y sin n, pa-
cientes verdaderamente solos. Espacios de supervisión, intervisión y na-
turalmente el espacio personal se nos hacen imprescindibles. En la vida
diaria, hay otras fuentes de esperanza, “la alegría de la vida, no decaer y
seguir, con esperanza y más” (comunicación personal de la Mg. Liliana
Granel). El llanto de un bebé, el síntoma, una crisis vital, la demanda de un
paciente pueden ser tomados como expresiones de esperanza. Es cuan-
do un bebé no llora en que la situación se pone alarmante, porque ha sido
abandonado demasiado tiempo en el que su vida está en riesgo y tal vez
ya está en estado de hospitalismo. El llanto del bebé es señal de vitalidad,
aún cuando brota de la angustia, y es señal de espera y esperanza de que
haya alguien que responda. En la dinámica del paciente y el terapeuta hay
múltiples formas de “llamado”, de mensajes a ser tolerados y descifra-
dos, de presentaciones emocionales (que solemos llamar proyecciones,
inoculaciones) de diversa intensidad, forma, duración que nos impactan,
nos desregulan y que al identicarlas y recuperarnos nos permiten resca-
tar la función analítica, con nosotros mismos y con el paciente. (Buechler,
2015) Entonces, podríamos decir que la esperanza no es siempre luminosa
ni articulada, no siempre garantiza ni promete un éxito sino un esfuer-
zo compartido buscando alguna claridad y comprensión. Tengámosla así
más presente. El trabajo terapéutico puede enfrentar al terapeuta al ago-
tamiento, la soledad y el desánimo que amenace incluso el sentido de la
tarea. La esperanza requiere convivir con la vulnerabilidad, alejarse de las
defensas narcisistas de arrogancia y situarse con apertura emocional y no
sólo conceptual.
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¿Por qué la esperanza está implícita? ¿Porque es obvia, como telón
de fondo y no requiere mención? Porque su proximidad con otros afec-
tos, clásicamente “de cuidado” como el amor de transferencia, el acting,
¿nos podría alejar del camino interpretativo que conduzca al insight? ¿Es
importante que la esperanza no aparezca en blanco y negro o en los dic-
cionarios? Claramente no si forma parte no sólo de nuestro self sino si es
reconocida y la consideramos con todo derecho y legitimidad (como el
enactment en Bolognini, 2011) y como parte de nuestras herramientas de
trabajo clínico.
La esperanza junto con la alianza terapéutica se hace presente en
cada encuentro, en cada sesión en que los miembros de la pareja analítica
renuevan su compromiso de alcanzar los objetivos a través de un vínculo,
que deviene en soporte y campo de la tarea analítica-terapéutica. Esto
se da y se sostiene a pesar de los avatares que surgen en el vínculo, o tal
vez justamente por ellos; sobrevivirlos puede hacer la gran diferencia y
la esperanza mutua la sustenta. El paciente viene con esperanza y esta
requiere reciprocidad y mutuo sostenimiento.
¿Es la esperanza siempre un aporte o un elemento esencial, estruc-
tural? ¿Podríamos pensar en formas inútiles, imposibles, falsas o patológi-
cas de la esperanza? Ella podría volverse defensiva, alienante o destructi-
va, con lo cual perdería su esencia. Así, por ejemplo, habría una esperanza
imposible, jada en algo inalcanzable y que en vez de impulsar el traba-
jo psíquico lo bloquea. Ya lo advertía Freud (1930) cuando armaba que
toda ilusión de felicidad total puede ser fuente de desdicha. La esperanza
puede aparecer como una defensa maníaca que niega o desmiente el do-
lor y la realidad. “No se puede tapar el sol con un dedo, aunque parezca”
dice el refrán. Otra forma de esperanza patológica puede repetir vínculos
patológicos esperando un “esta vez sí” y reteniendo a la persona a situa-
ciones de abuso mutuo.
Así, en situaciones de opresión, autores como Achille Mbembe
(2011) critican la esperanza como discurso que domestica el malestar. Su
planteamiento concibe la esperanza más allá de lo intrapsíquico o vincu-
lar pues está radicalmente condicionada a las formas contemporáneas de
ejercicio del poder, de forma que amplios sectores de la población viven
en extrema precariedad o “vida desechable”. En estas condiciones, la es-
peranza no desaparece y se transforma en una forma de resistencia que
insiste en un reclamo de humanidad cuando ésta es negada. (Mbembe,
2014)
Retomando a Rudyard Kipling, su mensaje “Descansar acaso debes,
pero nunca desistir” condensa algo muy cercano a la esperanza no como
optimismo ni certeza de un desenlace favorable, sino como perseveran-
cia, como pasar de una expectativa a una posición ética y existencial fren-
te a la adversidad, buscando transformaciones en los vínculos.
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