INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 17 (1), 2026, pp 110 - 121
ISSN 2815-6994 (en linea) DOI: 10.60139/InterPsic/17.1.10
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LITERATURA E PSICANÁLISE
NO PROCESSO DE REPARAÇÃO DO TRAUMA
LITERATURA Y PSICOANÁLISIS.
EL PROCESO DE REPARACIÓN DEL TRAUMA.
LITERATURE AND PSYCHOANALYSIS:
THE PROCESS OF TRAUMA REPAIR
Jose Dario Córdova Posada
ORCID: 0009-0003-6316-4037
dariocordova8@gmail.com
Círculo Psicanalítico do Rio de Janeiro
Data de Recebimento: 02 – 05 -2026
Data de Aceitação: 12-05-2026
Para citar este artículo / Para citar este artigo / To reference this article
Córdova Posada J.D. (2026) LITERATURA E PSICANÁLISE NO PROCESSO DE REPARAÇÃO DO TRAUMA
Intercambio Psicoanalítico 17 (1), DOI: 10.60139/InterPsic/17.1.10
Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC By 4.0)
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La huida
Yo no hablé de los asesinos.
Yo hablé de los cuerpos
bajo la interminable noche de noviembre,
hablé de los seis hombres tendidos en la grama,
hablé de las mujeres, las dos, tiradas en el piso,
y las sombras alrededor, siluetas
que persisten bajo el graznido de los cuervos…
Y volví a hablar para contar la historia
de los seis hombres y las dos pequeñas mujeres
pero no de sus asesinos.
Porque no hablé de sus asesinos
pero ellos si me hablaron, formas de penumbra
siempre atrás, mientras andaba por la calle
y al dormir, donde los observé acercarse otra vez,
apuntarme a través de una puerta de cristal,
justo cuando mi cabeza cayó y esperé.
Jorge Galán. Bajo la interminable noche de noviembre1
Este artículo busca reexionar sobre las consecuencias subjetivas
de la guerra civil salvadoreña, haciendo hincapié en la conocida como la
“masacre jesuita” y la vida de la población en la posguerra a través de dos
obras semicticias: Noviembre, de Jorge Galán, y Asco, de Horacio Caste-
llanos Moya. La reexión se fundamentará en las contribuciones teóricas
de Sigmund Freud y Sándor Ferenczi con los conceptos de trauma y nega-
ción, y en el concepto de Beatriz Cortez sobre la estética del cinismo en la
literatura de posguerra. Estos conceptos pertenecen a distintos campos
del conocimiento, congurando el trabajo como una investigación trans-
disciplinaria que articula la memoria social, el psicoanálisis y la literatura
de posguerra, con el n de comprender el impacto subjetivo que los doce
años de conicto armado (1980-1992) produjeron en los salvadoreños.
Es importante destacar que revisaremos el concepto freudiano de
trauma y el camino que lo llevó a considerar el trauma como un elemento
fundamental de una nueva etiología para las neurosis de guerra que se
propagaron tras el n de la Primera Guerra Mundial. Para Freud, estos
traumas son especícos de una situación dada y, al mismo tiempo, reve-
lan, en cada individuo, una historia peculiar. Freud dene el trauma como
una experiencia «que, en un corto período de tiempo, trae a la mente
un aumento de estímulo excesivamente poderoso para ser manejado o
procesado de manera normal, y esto solo puede resultar en alteraciones
permanentes en la forma en que opera esta energía» (Freud, 1917/1996,).
LITERATURA Y PSICOANÁLISIS.
EL PROCESO DE REPARACIÓN
DEL TRAUMA.
José Darío Córdova
Posada1
1 Psicólogo/Psicoanalista. Miembro
del Círculo Psicoanalítico de Rio de
Janeiro, Brasil. Magíster en Memoria
Social y Psico - sociología UNIRIO/
UFRJ
1 GALÁN, Jorge (2016) Medianoche del
Mundo. XVI Premio Casa de América de
Poesía Americana, Madrid: Visor da Poesía.
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Esta concepción del trauma como un exceso que la psique no puede me-
tabolizar fue posteriormente ampliada por los estudios de Sándor Ferenc-
zi, un psicoanalista húngaro que hizo de las experiencias traumáticas el
centro de su teoría. Para Ferenczi, el exceso de energía, o incluso la violen-
cia, no serían sucientes para explicar el trauma. Sería necesario agregar
a esta violencia otra experiencia: la del desmentido, que consiste en desa-
creditar la percepción, los afectos y la subjetividad misma de quienes han
experimentado la violencia, produciendo en la psique una escisión y una
confusión acerca de la experiencia vivida (Ferenczi, 1931/2011).
El punto de partida. Un pequeño país, una década de guerra civil,
más de ochenta mil muertos.
En la madrugada del 16 de noviembre de 1989 un comando del
Batallón Atlacatl, un batallón de élite entrenado por el gobierno nortea-
mericano ingresó a la Universidad Centroamericana de El Salvador sacó a
5 sacerdotes jesuitas de dentro de la residencia de UCA, los arrojó tirados
en el jardín de la residencia y los ametralló, incluso asesinó a una emplea-
da domestica en la misma residencia junto con su hija de 15 años. Este
evento se conoció como la masacre de los jesuitas.
Esto sucedió en medio de la guerra civil de El Salvador, que duró
desde 1980 hasta 1992, cuando se rmaron los acuerdos de paz;
Es en esta conguración social que podemos entender la Guerra
Civil en El Salvador, que se constituyó como un conicto armado entre
el gobierno dictatorial y las guerrillas de izquierda, organizadas en torno
al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). La guerra
comenzó ocialmente en 1980, ya que fue en este año que el Ejército lan-
zó la primera operación contra los insurgentes, pero entendemos que el
conicto se había ido perlando desde hace varias décadas.
El episodio que se conoció como la “masacre de los jesuitas” fue la
reacción brutal y arbitraria de las fuerzas armadas a un evento que había
ocurrido un poco antes: el 11 de noviembre de 1989, el ejército libertador
invadió la capital en lo que se llamó la “ofensiva nal” y tomó por sor-
presa a las fuerzas armadas del gobierno. Los combates fueron intensos,
con muchas bajas tanto en los ejércitos como entre la población civil. Una
de las estrategias de las fuerzas gubernamentales fue, en medio del caos
causado por la sorpresa, ingresar a la Universidad Centroamericana en
la madrugada del 16 de noviembre y asesinar a seis jesuitas, la ama de
llaves y su hija.
Uno de los jesuitas asesinados, Ignacio Martín-Baró, que era profesor
de psicología social en la UCA, señala en su libro Psicología Social de la Gue-
rra (1990) que la situación en El Salvador era insostenible y que se espera-
ba una guerra civil, porque las condiciones miserables de la población eran
ofensivas para la dignidad humana. Históricamente, se impuso una alianza
entre la oligarquía tradicional y una fuerza armada corrupta que bloqueó
cualquier intento de cambio, incluso a través del voto. Mucho antes de que
estallara la guerra, la represión (encarcelamiento, tortura y desaparición) ya
estaba siendo respondida a cualquier demanda de satisfacción de las nece-
sidades básicas de la población.
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La guerra duró doce años y cada año aumentaba en extensión y
profundidad, porque lo que al principio se limitaba a unas pocas zonas crí-
ticas, en los últimos años se había extendido a todo el territorio nacional.
Para un país pequeño (aprox. 21.000 km²) y, en ese momento, con
una población de alrededor de 6 millones, era difícil para la gran mayoría
de la población no haber sido afectada directa o indirectamente.
El resultado de la ofensiva nal fue decisivo para encontrar una sa-
lida negociada al conicto que se había establecido como una guerra civil
desde 1980. Era la primera vez que la lucha llegaba a la capital y, aunque
el ejército libertador demostró ser fuerte, todavía no había posibilidad de
tomar el poder mediante la lucha armada (MONTOBBIO, 1999). La masa-
cre de los jesuitas aumentó la presión internacional para la rma de los
acuerdos de paz y fue decisiva para que se rmaran dos años después
de la masacre. La falta de avances en el esclarecimiento de los asesinatos
fue uno de los factores clave para hacer posibles estos acuerdos en 1992.
¿Cómo elaborar el trauma desde la literatura, la memoria social y el
psicoanálisis?
Para ilustrar esta reexión cito el libro de Flavio Tavares, Memorias
del Olvido (2005), ganador del Premio Jabuti en 2000, está escrito como
una obra de reportaje, con el ritmo de una novela de acción que revela los
detalles de la historia de la violencia estatal en Brasil. Flavio Tavares fue
arrestado y desterrado de Brasil por la dictadura. El autor tardó 30 años
en escribir este conmovedor libro como testimonio de la tortura que su-
frió a manos del Estado. En el capítulo “Exilio en el Sueño”, relata:
A lo largo de mis diez años de exilio, un sueño me atormenta-
ba de vez en cuando, intermitentemente. Mi pene se me escapaba del
cuerpo, cayendo en mis manos como un tornillo suelto. Y, como un
tornillo de carne roja, lo volvía a enroscar, colocándolo entre mis pier-
nas un palmo por debajo del ombligo, en su lugar habitual. Soñé en
México, en 1969, con mi pene escapándose de mis manos, sostenido en
la palma izquierda, mientras los dedos de mi mano derecha buscaban
ansiosamente si aún latía, si la sangre uía por su interior, si mi pene
aún vivía...
Más aterrador que la pesadilla fue despertar con él, en la duda,
en esas fracciones de segundo a medio camino entre la noche y el ama-
necer, sin saber si había sido solo un sueño o el despertar de una rea-
lidad cloroformada por la vida. Mi pene se deslizó de su lugar sin nada
más, como una especie de hoja caída. (TAVARES, 2005 p 19).
El sueño traumático suele describir una fractura, una división que
ocurre en una situación de tortura. Exige el reconocimiento del sufrimien-
to físico, presenta el terror a la muerte y la búsqueda de la supervivencia.
El cuerpo se integra en la trama misma de la experiencia traumática del
sueño.
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En el relato del autor, vemos la experiencia literal de la castración,
en la que la integridad física y mental se evapora gradualmente. La hu-
millación repetida en el sueño demuestra el fracaso del procesamiento
psíquico. La publicación del relato de Marcio Tavares demuestra, a través
de la literatura, una forma de resistencia y procesamiento de este fracaso
inicial de la psique, y una búsqueda de una salida al trauma, incluso déca-
das después del evento. El libro de Marcio Tavares se completó 27 años
después de su liberación de prisión durante la dictadura en Brasil y, a tra-
vés de la experiencia psicoanalítica, quizás este sea el momento necesario
para separar el hecho del terror que produce.
Los sueños tienen un subsueño subliminal, que no aparece, pero
que también se sueña, y que para mí era una pesadilla oculta: si mi
pene se volviera morado, de un lila intenso, se necrosaría y yo sería,
denitivamente, castrado. El morado violáceo nunca apareció y seguí
siendo, durante esos años, mi propio cirujano plástico... (TAVARES, 2005
p 20).
Ferenczi no hizo mucho hincapié en el tema de la castración. El au-
tor señaló que, al trabajar con pacientes traumatizados por la guerra, es-
tos a menudo se veían abrumados por la emoción y un dolor violento de
naturaleza psicológica y física. Incluso delirios y pérdidas de consciencia,
más o menos profundas, se mezclaban con el trabajo de asociación pura-
mente intelectual. La comprensión así adquirida proporciona una especie
de satisfacción a la vez afectiva e intelectual, que merecería llamarse con-
vicción, pero esta satisfacción no dura mucho, a veces solo unas horas. A
través del sueño traumático, el sujeto se enfrenta a una forma distorsio-
nada del trauma, sin la menor sensación de comprender lo que le suce-
de. Una vez más, toda la convicción que se había formado se desmantela
continuamente, y el paciente oscila, como antes, entre el terror sentido,
pero no comprendido, y la reconstrucción del estado rígido durante el
cual puede comprenderlo todo, pero no sentir nada. El sueño de Márcio
Tavares no trata tanto de la castración simbólica sino de la castración real,
una experiencia de aniquilación. En este sentido, puede entenderse me-
diante una combinación de las ideas de Freud y Ferenczi. El psicoanalista
húngaro valora el sueño traumático como modelo para todos los sueños
y observa que “todos y cada uno de los sueños, incluso los más desagra-
dables, son un intento de llevar los eventos traumáticos a una mejor reso-
lución y dominio psíquico” (Ferenczi, 1934 p 128). La repetición, noche tras
noche, del sueño traumático sería una búsqueda para dotar al trauma
de cierto grado de elaboración psíquica, para que nalmente pudiera ser
asimilado por la psique.
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Por lo tanto, consideramos que el sueño traumático de Márcio Ta-
vares estaba permeado por pulsiones vitales, introduciendo en la interac-
ción de la aparición y desaparición del pene, la inserción y extracción de
su propio órgano, un principio de un orden completamente diferente al
de la experiencia de la extracción del pene. El sueño restableció al soñan-
te la capacidad de recomponer su cuerpo cada vez que lo desenroscaba.
En este caso, se busca el orden frente a la fragmentación, pero este no
restaura ni repara.
Después de 1920, con el nal de la primera guerra, el desarrollo de
una clínica para el tratamiento de neuróticos de guerra y el regreso de
algunos discípulos de Freud convocados como médicos de guerra, Freud
vuelve de manera diferente a la idea del trauma.
Freud se vio obligado en 1920 a revisar su tesis sobre el predominio
del principio del placer en la vida psíquica y a analizar el sueño de nuevo,
pero esta vez para dar fe del fracaso, a veces, de la elaboración del sueño.
En estos sueños, lo que aparece es la literalidad de la experiencia vivida y
traumática.
Así, surge un nuevo elemento que no era visible para Freud: la su-
pervivencia en la psique de un evento psíquicamente insoportable, física-
mente insistente, pero que encontró un índice de permanencia en la ex-
periencia. Todo sucedió como si se volviera a visitar ese lugar que vivieron
los soldados en la guerra, donde también vivieron el horror y luego los
revivieron en sus sueños (Freud, 1920). Es esta concepción la que se sue-
le utilizar para pensar el trauma social de Freud: tanto a nivel individual
como colectivo, puede haber situaciones muy fuertes y violentas que van
más allá de la capacidad de elaboración psíquica de individuos, grupos o
comunidades.
El sueño deja de ser un relato del pasado, pero tampoco es pre-
sente; No es una memoria que se pueda reportar, no se representa, pero
está presente. En este caso, tenemos una distinción temporal, en lugar de
dos tiempos.
Aunque la guerra llevó a Freud a volver a poner el trauma en el cen-
tro de su teoría, los psicoanalistas que investigan la relación del psicoaná-
lisis con áreas como la política, la cultura y los derechos humanos señalan
la importancia de pensar sobre el concepto de trauma de una manera
más amplia que la que Freud presentó originalmente. Es que Freud, des-
de que creó el psicoanálisis, ha dejado de enfatizar la realidad y la exter-
nalidad del evento traumático. Después del abandono de la teoría de la
seducción, por la cual veía en el trauma el abuso de un niño por parte
de un adulto, comenzó a articular el trauma siempre desde una realidad
psíquica.
Será con Ferenczi que un cambio más fundamental de concepción
se presentará a los psicoanalistas y a la teoría psicoanalítica.
La principal contribución de Ferenczi sobre el trauma se presenta
en dos textos importantes: Análisis de niños con adultos, de 1931, y uno de
sus escritos más emblemáticos, Confusión de lenguajes entre adultos y niño,
presentado en 1933 en el congreso de Wiesbaden.
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Sin embargo, no fue suciente para Ferenczi explicar el trauma por
la violencia de la experiencia. Era necesario que a esta violencia se aña-
diera también otro elemento, este sí, fundamental para el carácter pa-
togénico del trauma: el desmentido, como arma Ferenczi en Análisis de
niños con adultos (1931, p. 79): “Lo peor es el desmentido, la armación de
que no pasó nada, que no hubo sufrimiento o incluso al ser golpeado y
reprendido cuando se maniesta la parálisis traumática del pensamiento
o de los movimientos; Eso es principalmente lo que hace que el trauma
sea patógeno”.
Por lo tanto, correspondía a Ferenczi promover una des represión
de la primera teoría freudiana del trauma para avanzar en la comprensión
de la acción exógena involucrada en el trauma. Como arma Gondar
(2012), aunque Ferenczi construyó su modelo de trauma a partir de his-
torias familiares que involucraban a un niño maltratado y negado, este
modelo no privilegiaba a los personajes, sino a las relaciones. “Relaciones
de poder, de dependencia, de devaluación, de falta de respeto; en de-
nitiva, las relaciones políticas, en la misma medida que afectos como la
vulnerabilidad, la humillación, la injusticia y la vergüenza pueden consi-
derarse afectos políticos” (GONDAR, 2012, p. 196). Es en este sentido que
podemos extender su concepción del trauma a situaciones más amplias,
como las que conciernen a grupos o sociedades. Se puede pensar que en
el trauma social una instancia más poderosa viola e invalida a los sujetos
en una posición más vulnerable, negando la violencia ejercida y la percep-
ción misma y las formas de vida de estos sujetos.
Haciendo una articulación entre Freud y Ferenczi es que podemos
analizar algunos ejemplos de la incidencia del trauma debido a la violen-
cia estatal, revelando la parálisis del trabajo psíquico en la elaboración
de sus propias experiencias. Esta imposibilidad de elaboración traumática
produce no sólo síntomas individuales, como parálisis del pensamiento y
de los movimientos, apatía, pánico y depresión, sino también síntomas
relacionales, como la pérdida de una conanza básica en uno mismo y
en los demás, en los vínculos que garantizan la convivencia social, en los
gobernantes, en el conocimiento humano y en cualquier posibilidad de
apoyo, ya sea familiar, comunitario, social, político. Podemos ver así que
el sujeto está destinado a una experiencia individual de la catástrofe. Pero
también ese trauma, entendido dentro de las relaciones de poder, puede
pensarse en una dimensión social y política. En este sentido, puede consi-
derarse como un trauma social.
La posguerra desde la literatura. Interpretación en los márgenes
Después de la rma de los acuerdos de paz en El Salvador en 1992,
y después del n del gobierno sandinista en Nicaragua, surgió lo que Bea-
triz Cortez (2009) llama una sensibilidad de posguerra. Se reere a una
forma de sensibilidad que no aparece exactamente a partir de la fecha del
nal de la guerra, sino que se produce a partir de una cierta conguración
social e histórica. Por lo tanto, no se puede mapear exactamente en un
rango denido por fechas, aunque sus orígenes se remontan al período
de la segunda mitad del siglo XX.
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Es una sensibilidad de desencanto vinculada a una forma de pro-
ducción cultural, denida como una estética del cinismo. Esto último con-
trasta con una estética utópica de la esperanza que estuvo estrechamente
vinculada a los procesos revolucionarios de la guerra e inmediatamente
anteriores (Cortez, 2009, p. 25).
La literatura de posguerra sería un reejo de este cambio en la for-
ma de sentir el mundo y puede entenderse a partir de la noción psicoa-
nalítica de trauma, particularmente la noción ferencziana, que relaciona
el trauma con el desmentido. Mi hipótesis es que uno de los factores más
importantes para que la literatura de posguerra en El Salvador se presen-
te como cínica y desesperada deriva del hecho de que la historia ocial
y dominante no reconoce las masacres llevadas a cabo, incluso si estas
aclaraciones fueron previstas en los acuerdos de paz de 1992. Se puede
decir, y muchos psicoanalistas lo hacen (GONDAR, 2012), que el desmen-
tido es lo opuesto al reconocimiento; es decir, que no reconocer los actos
de violencia perpetrados por una autoridad contra los más vulnerables
equivale a un desmentido. Aquí vemos un dialogo entre Ferenczi y Cortez,
entre la estética del cinismo y lo desmentido:
[...] desde el lugar de la formación de una subjetividad preca-
ria en medio de una sensibilidad de posguerra llena de desencanto:
se trata de una subjetividad constituida como subordinada a prio-
ri, una subjetividad que depende del reconocimiento de los otros,
una subjetividad que sólo es posible a través de la esclavización de
este sujeto que a priori se constituye como subordinado, a través
de su destrucción, su desmembramiento, su suicidio, literalmente
hablando. (CORTEZ, p. 25).
Como ejemplo del escenario que nos describe Cortez, elegimos
en esta investigación dos novelas que pueden ayudar a comprender el
impacto del trauma en la historia reciente de El Salvador, articulando el
psicoanálisis y la literatura del testimonio a través de la novela Noviembre
(2015) de Jorge Galán y la novela Asco de Horacio Castellanos Moya.
En la primera, Galán realiza entrevistas a personas que fueron, de
hecho, protagonistas de este período, recreando una narración sobre el
asesinato de seis sacerdotes jesuitas, profesores de la Universidad Cen-
troamericana José Simeón Cañas, una empleada doméstica y su hija. La
narración del segundo libro, de Castellanos Moya, se desarrolla a partir
de dos amigos que se encuentran en un bar para hablar. Uno de ellos
regresa a El Salvador después de haber vivido durante mucho tiempo en
Canadá. Debido a esto, puedes ver tu país de origen de una manera muy
clara y, al mismo tiempo, peculiar. El protagonista de Asco no cree que
exista tal cosa como una identidad nacional salvadoreña. Para él, “ser sal-
vadoreño” es una ilusión, una idea que se importó sin tener en cuenta los
rasgos de la cultura del país.
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El Asco. Thomas Bernahard en San Salvador Horacio Castellanos Moya
La novela de Horacio Castellanos Moya, “Asco”, gira en torno a dos
amigos que se reúnen en un bar para charlar. Uno de ellos, Vega, regresa
a El Salvador tras un largo exilio autoimpuesto en Canadá. Ha vivido en el
extranjero lo suciente como para ver su país de origen de una manera
muy peculiar, aparentemente sin cortinas de humo ni la ceguera selectiva
que necesitamos para sobrevivir a las dicultades de la vida cotidiana. El
protagonista denuncia la idea de una identidad nacional como algo falso;
es decir, considera “ser salvadoreño” una ilusión importada que niega o
trivializa los rasgos propios de la cultura. En esta novela, uno podría pen-
sar que escuchamos a un sujeto melancólico, pero en realidad, nos en-
contramos ante una obra de cción. Moya, el narrador, permanece prác-
ticamente oculto, silencioso como un analista, sirviendo de vehículo para
lo que se hace público.
[...] todos caminan como si fueran militares, se cortan el pelo
como si fueran militares, piensan como si fueran militares, es increíble,
Moyá. Todos quieren ser militares, todos serían felices si fueran mili-
tares, a todos les encantaría ser militares para matar impunemente,
todos llevan el deseo de matar en sus ojos, en la forma en que caminan,
en la forma en que hablan, todos quieren ser militares para poder ma-
tar, eso signica ser salvadoreño ... (MOYÁ, 2013, p. 22).
Es como si hubiera, en esta identidad salvadoreña, una identica-
ción con el agresor: los que se sienten más vulnerables frente a los perpe-
tradores quieren ser exactamente como ellos, en aras de la supervivencia.
Fue Ferenczi quien desarrolló, en Confusión de lengua entre adultos y niños
(1932), la noción de identicación con el agresor, para él, se trata de una
reacción al trauma. Con el shock traumático, la subjetividad se fragmenta,
pierde su forma y se vuelve susceptible a recibir cualquier forma que se
le conceda, «como si fuera un saco de harina», escribe Ferenczi (1933).
Como trauma psicosocial, comienza a reejarse en la propia «identidad»
de los salvadoreños. Es esta forma concedida y falsicada, esta identica-
ción de las personas con los militares que las explotan y las matan, lo que
Moya denuncia en su texto. Así, al recibir una forma que no los expresa,
sino que les es impuesta desde fuera, los salvadoreños dejan de intere-
sarse por su propia historia, como arma más adelante:
La guerra produce traumas en las personas y en la sociedad en su
conjunto, pero no todas las consecuencias son negativas. En este sentido,
la denuncia de Moya, aunque desencantada, es una forma de elaboración
traumática. Al mismo tiempo que la novela Asco denuncia los abusos y
presenta una identidad que no se puede soportar, como si fuera insopor-
table ser salvadoreño, también denuncia lo que no debe repetirse. La es-
critura es siempre una posibilidad de elaboración, y la estética del cinismo
no es más que la elaboración de una memoria traumática.
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[…] ni siquiera once años de guerra civil han cambiado nada.
Once años de matanzas han mantenido a los mismos ricos, a los mis-
mos políticos, a los mismos estafados y la misma imbecilidad impreg-
nando el ambiente. (MOYA, 2013, p. 50).
Es posible pensar que la literatura de posguerra en El Salvador nos
ofrece transformaciones en la subjetividad de un país, un detalle poco pre-
sente en la literatura salvadoreña. Como señala Beatriz Cortez, la estética
de la guerra orientó la literatura hacia una producción comprometida con
la idea de la revolución. Creemos que el trauma social fue precisamente la
ruptura que condujo a una estética diferente, más cínica y desencantada.
“Los políticos apestan por todas partes, Moya. Pero aquí, en este
país, los políticos huelen especialmente mal. Te garantizo que nunca he
visto políticos tan apestosos como los de aquí. Quizás sea por los cien mil
cadáveres que cada uno lleva, quizás la sangre de esos cien mil cadáveres
es lo que hace que todo huela de una manera tan peculiar, quizás el su-
frimiento de esos cien mil muertos los haya impregnado de esa particular
forma de apestar”, me dijo Veja. (MOYA, 2013, p. 25).
Noviembre. La novela de Jorge Galán sobre la masacre de los jesuitas
que conmocionó al mundo
Por otro lado, la novela Noviembre de Jorge Galán es una obra sobre
una historia real que causó gran conmoción en el país y en el mundo: el
asesinato de seis sacerdotes jesuitas y dos colaboradores el 16 de no-
viembre de 1989. Hubo un juicio a los perpetradores, esto fue exigido por
la guerrilla dentro de los acuerdos de paz, pero fueron amnistiados. En la
novela, escrita, veinticinco años después, el presidente, en su momento,
revela, por primera vez, los nombres de los autores intelectuales de la ma-
sacre, el 11 de septiembre de 2020, la justicia española condenó al único
acusado a 131 años de prisión.
Galán presenta en la novela una entrevista que él mismo le hizo al
presidente de la época –Alfredo Cristiani– en la que menciona los nom-
bres de los culpables. Las amenazas a Galán no tardaron en llegar tan
pronto como el libro fue lanzado en El Salvador, lo que lo obligó a exiliarse
en España. Actualmente, tanto el autor como la novela son actores clave
en el proceso de investigación en el que la Justicia española, desde 2009,
busca acabar con la impunidad de este crimen, ya que cinco de los sacer-
dotes asesinados son españoles.
Cuando ocurrió la masacre, Galán tenía 16 años. La teología de
la liberación predominaba entre los jesuitas. Uno de ellos, Ignacio Mar-
tín-Baró, mientras enseñaba psicología social en la universidad, valora-
ba la psicología de la liberación como herramienta para comprender la
guerra como un proceso revolucionario, la psicología como herramienta
para una nueva era. Ignacio Ellacuría, entonces rector de la UCA, ya era un
intelectual de renombre internacional basado en la losofía.
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 17 (1), 2026, pp 110 - 121
ISSN 2815-6994 (en linea) DOI: 10.60139/InterPsic/17.1.10
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En la estructura narrativa de Noviembre, el propio escritor es un na-
rrador reservado que da paso a las voces reales que convergen en aquella
madrugada del 16 de noviembre de 1989, mientras todos dormían. En la
novela, Galán permanece en silencio como narrador, dejando hablar a
sus personajes —que no son cticios—, pero entre líneas, percibimos un
silencio deslumbrante en las grietas de la historia. Estas grietas no están
vacías, pero no pueden hablar abiertamente de lo indecible, más de una
década de guerra con más de ochenta mil muertes. En psicoanálisis, sabe-
mos que el silencio es un espacio de producción. El discurso del silencio a
menudo se compone de dichos sobre lo no dicho. En historia y literatura,
escuchar el silencio es escuchar la narrativa de los muertos y desapareci-
dos que no cuentan, que no forman parte de la historia ocial, pero que
necesitan ser contados. Aquí, el silencio ocupa una posición subjetiva,
convirtiéndose en un personaje más de la compleja trama.
Los sucesos que Galán presenta ocurrieron en medio de lo que
se denominó la “ofensiva nal”, que consistió en el intento de invasión
y ocupación de la capital, San Salvador, por parte del Ejército Liberador.
La interpretación de este suceso diere considerablemente según la re-
gión geográca de los habitantes de la ciudad, ya que, para combatir al
enemigo, el ejército utilizó helicópteros para atacar únicamente las áreas
pobres, no los barrios ricos de la ciudad. Así, a partir de diferentes pro-
tagonistas, el relato lleva al lector a ser testigo de la masacre. El propio
Galán dice al respecto:
Me di cuenta de que para que esta historia fuera cierta, tenía que
permitir que fuera contada por sus protagonistas. El narrador es sólo
un facilitador, no una sola opinión. No da un juicio de valor. La historia
se cuenta a través de aquellos que la vivieron y la sufrieron. (W MAGA-
ZIN, septiembre de 2020).2
El autor de “Noviembre” recrea ese momento como una situación
de la que no había escapatoria. Los jesuitas estaban condenados, y su
asesinato era solo cuestión de tiempo, dadas las circunstancias del país.
Pero el escritor transmite este tono de “sin escapatoria” con algo más que
preocupación, con cierta serenidad, y nos hace preguntarnos si ya espe-
raban que esto sucediera:
De repente, las voces dejaron de ser susurros y revelaron su ver-
dadera naturaleza. Escucharon el primer disparo. Provenía de atrás,
de la fachada del Centro Monseñor Romero. Ignacio Ellacuría se puso
de pie… no tenía miedo, pero le temblaban las manos… Sus compañe-
ros también estaban despiertos. Les instó a calmarse. Algunos rezaban.
Otro preguntó: “¿Vienen otra vez a buscar armas?”, pero Ellacuría no
quiso responder, y nadie lo hizo. “¿Qué pasa?”, preguntó alguien más,
y tampoco hubo respuesta. Les instó a calmarse de nuevo y les explicó
que investigaría lo que estaba sucediendo. Uno de sus compañeros le
dijo que tuviera cuidado, y Ellacuría respondió: “No te preocupes”. Era
una declaración sincera; no tenían nada de qué preocuparse, nada que
pudieran hacer. (GALAN, 2015 p 8)
2 Entrevista publicada originalmente en W
Revista (revista electrónica especializada
en literatura) el 10 de octubre de 2016 y
actualizada el 11 de septiembre de 2020
tras la condena en España de la única
acusado de la masacre. Traducción libre.
Disponible en: www.WMagazin.com .
Acceso el: 11/01/2020
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Aunque el informe de la Comisión de la Verdad sobre esta masa-
cre nombró a los militares implicados como verdugos y luego condena-
dos, no fueron encarcelados, pues el gobierno les concedió una amnistía.
Esto signica no hacerlos responsables, es decir, implica una negación so-
cial. Esta amnistía, tal vez, tenga sentido para una parte de la población;
Pero para la otra parte, trae un silencio ensordecedor.
Conclusión
Castellanos Moya, a través de su personaje, demuestra explícita-
mente que, en el contexto de la posguerra, la memoria se vive como una
herencia maldita, algo que debe ser eliminado y combatido como si fuera
una farsa. En este sentido, se observa que el trauma llega a ocupar el
lugar de la memoria, congurando lo que puede entenderse como una
memoria traumática.
Resulta emblemático que, durante la elaboración de esta diserta-
ción, en el aniversario de los Acuerdos de Paz, el 16 de enero de 2022, el
presidente Nayib Bukele se reriera a estos acuerdos como una «farsa».
En el mismo contexto, el presidente instituyó un decreto que cambió el
nombre de la fecha, anteriormente conocida como «Aniversario de los
Acuerdos de Paz», a «Día Nacional de las Víctimas del Conicto Armado».
Este gesto resalta la importancia de fortalecer las políticas de memoria
en El Salvador, reconociendo la memoria como un patrimonio social que
debe ser preservado y valorado, especialmente para las nuevas genera-
ciones. El cambio de terminología puede entenderse como un proceso de
elaboración del trauma, en la medida en que reconoce que la violencia
perpetrada no puede borrarse ni ignorarse. En este proceso de reconoci-
miento, la literatura de posguerra desempeña un papel fundamental que
no debe pasarse por alto.
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