
INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 17 (1), 2026, pp 110 - 121
ISSN 2815-6994 (en linea) DOI: 10.60139/InterPsic/17.1.10
120 / FLAPPSIP
En la estructura narrativa de Noviembre, el propio escritor es un na-
rrador reservado que da paso a las voces reales que convergen en aquella
madrugada del 16 de noviembre de 1989, mientras todos dormían. En la
novela, Galán permanece en silencio como narrador, dejando hablar a
sus personajes —que no son cticios—, pero entre líneas, percibimos un
silencio deslumbrante en las grietas de la historia. Estas grietas no están
vacías, pero no pueden hablar abiertamente de lo indecible, más de una
década de guerra con más de ochenta mil muertes. En psicoanálisis, sabe-
mos que el silencio es un espacio de producción. El discurso del silencio a
menudo se compone de dichos sobre lo no dicho. En historia y literatura,
escuchar el silencio es escuchar la narrativa de los muertos y desapareci-
dos que no cuentan, que no forman parte de la historia ocial, pero que
necesitan ser contados. Aquí, el silencio ocupa una posición subjetiva,
convirtiéndose en un personaje más de la compleja trama.
Los sucesos que Galán presenta ocurrieron en medio de lo que
se denominó la “ofensiva nal”, que consistió en el intento de invasión
y ocupación de la capital, San Salvador, por parte del Ejército Liberador.
La interpretación de este suceso diere considerablemente según la re-
gión geográca de los habitantes de la ciudad, ya que, para combatir al
enemigo, el ejército utilizó helicópteros para atacar únicamente las áreas
pobres, no los barrios ricos de la ciudad. Así, a partir de diferentes pro-
tagonistas, el relato lleva al lector a ser testigo de la masacre. El propio
Galán dice al respecto:
Me di cuenta de que para que esta historia fuera cierta, tenía que
permitir que fuera contada por sus protagonistas. El narrador es sólo
un facilitador, no una sola opinión. No da un juicio de valor. La historia
se cuenta a través de aquellos que la vivieron y la sufrieron. (W MAGA-
ZIN, septiembre de 2020).2
El autor de “Noviembre” recrea ese momento como una situación
de la que no había escapatoria. Los jesuitas estaban condenados, y su
asesinato era solo cuestión de tiempo, dadas las circunstancias del país.
Pero el escritor transmite este tono de “sin escapatoria” con algo más que
preocupación, con cierta serenidad, y nos hace preguntarnos si ya espe-
raban que esto sucediera:
De repente, las voces dejaron de ser susurros y revelaron su ver-
dadera naturaleza. Escucharon el primer disparo. Provenía de atrás,
de la fachada del Centro Monseñor Romero. Ignacio Ellacuría se puso
de pie… no tenía miedo, pero le temblaban las manos… Sus compañe-
ros también estaban despiertos. Les instó a calmarse. Algunos rezaban.
Otro preguntó: “¿Vienen otra vez a buscar armas?”, pero Ellacuría no
quiso responder, y nadie lo hizo. “¿Qué pasa?”, preguntó alguien más,
y tampoco hubo respuesta. Les instó a calmarse de nuevo y les explicó
que investigaría lo que estaba sucediendo. Uno de sus compañeros le
dijo que tuviera cuidado, y Ellacuría respondió: “No te preocupes”. Era
una declaración sincera; no tenían nada de qué preocuparse, nada que
pudieran hacer. (GALAN, 2015 p 8)
2 Entrevista publicada originalmente en W
Revista (revista electrónica especializada
en literatura) el 10 de octubre de 2016 y
actualizada el 11 de septiembre de 2020
tras la condena en España de la única
acusado de la masacre. Traducción libre.
Disponible en: www.WMagazin.com .
Acceso el: 11/01/2020