INTERCAMBIO PSICOANALÍTICO, 17 (1), 2026, pp 132 - 138
ISSN 2815-6994 (en linea) DOI: 10.60139/InterPsic/17.1.12
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RECONOCER PARA REPARAR:
VÍNCULOS QUE RESTAURAN LA DIGNIDAD
RECONHECER PARA REPARAR:
VÍNCULOS QUE RESTAURAM A DIGNIDADE
RECOGNITION AS REPAIR:
BONDS THAT RESTORE DIGNITY
Carmen Rosa Zelaya Pucker
ORCID: 0009-0003-5213-6778
Correo electrónico: camuzp15@gmail.com
Instituto Inter-Cambio
Fecha de recibimiento: 13 – 05 - 2026
Fecha de aceptación: 19 – 05 - 2026
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Zelaya Pucker C. R. (2026) RECONOCER PARA REPARAR:
VÍNCULOS QUE RESTAURAN LA DIGNIDAD
Intercambio Psicoanalítico 17 (1), DOI: 10.60139/InterPsic/17.1.12
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Resumen: El artículo analiza la discriminación racial y étnica en Amé-
rica Latina como expresión de violencia estructural y síntoma cul-
tural con profundas implicancias psíquicas. Desde el psicoanálisis,
distingue entre una discriminación benigna —operación constitutiva
del yo que posibilita la diferenciación y el reconocimiento de la alte-
ridad— y una discriminación maligna, ligada a posiciones narcisistas
que deshumanizan al otro y erosionan la mutualidad. Apoyándose
en autores como Silvia Bleichmar, Donald Winnicott y Jessica Benja-
min, el texto plantea que la capacidad de sostener la tensión entre
dependencia y autonomía es central para el reconocimiento inter-
subjetivo. Cuando esta falla, emergen dinámicas de dominio y su-
misión, asociadas a la pulsión de muerte y reforzadas por herencias
coloniales y pactos inconscientes transgeneracionales. La discrimi-
nación social aparece así como defensa frente al temor inconsciente
de pérdida identitaria. El trabajo propone que la reparación requiere
historizar los traumas colectivos, reconocer el daño y promover con-
diciones de reconocimiento mutuo. Finalmente, destaca el papel del
psicoanálisis en la transformación de vínculos sociales, orientándo-
los hacia formas más elaboradas, simbólicas y reparadoras.
Palabras clave: Reconocimiento; Narcisismo; Alteridad; Pulsión de
muerte; Transmisión transgeneracional.
Resumo: O artigo analisa a discriminação racial e étnica na Améri-
ca Latina como expressão de violência estrutural e sintoma cultural
com profundas implicações psíquicas. A partir da psicanálise, distin-
gue entre uma discriminação benigna —operação constitutiva do eu
que possibilita a diferenciação e o reconhecimento da alteridade—
e uma discriminação maligna, vinculada a posições narcísicas que
desumanizam o outro e corroem a mutualidade. Apoiado em autores
como Silvia Bleichmar, Donald Winnicott e Jessica Benjamin, o texto
propõe que a capacidade de sustentar a tensão entre dependência e
autonomia é central para o reconhecimento intersubjetivo. Quando
essa falha ocorre, emergem dinâmicas de dominação e submissão,
associadas à pulsão de morte e reforçadas por heranças coloniais
e pactos inconscientes transgeracionais. A discriminação social
aparece, assim, como defesa frente ao temor inconsciente de per-
da identitária. O trabalho propõe que a reparação requer historizar
os traumas coletivos, reconhecer o dano e promover condições de
reconhecimento mútuo. Por m, destaca o papel da psicanálise na
transformação dos vínculos sociais, orientando-os para formas mais
elaboradas, simbólicas e reparadoras.
Palavras-chave: Reconhecimento; Narcisismo; Alteridade; Pulsão de
morte; Transmissão transgeracional.
RECONOCER PARA REPARAR:
VÍNCULOS QUE RESTAURAN
LA DIGNIDAD
Carmen Rosa Zelaya
Pucker1
1 Licenciada en Psicología Clínica,
Magíster en Estudios Teóricos
en Psicoanálisis y doctoranda en
Estudios Psicoanalíticos por la
Ponticia Universidad Católica del
Perú (PUCP). Es psicoanalista de
adultos, niños y adolescentes de la
Sociedad Peruana de Psicoanálisis
(SPP), y miembro de la International
Psychoanalytical Association
(IPA). Se ha desempeñado como
coordinadora suplente de la
Comisión de Infancia y Adolescencia
de la Federación Psicoanalítica de
América Latina (FEPAL, 2020-2022),
como docente de psicoterapia
psicoanalítica en el Instituto Inter-
cambio, el Instituto Peruano de
Psicoanálisis (IPP) y el Centro de
Psicoterapia Psicoanalítica de
Lima (CPPL), como exdirectora
de la Biblioteca de la SPP, como
expresidenta de la APPPNA, y como
vicepresidenta del Instituto Inter-
Cambio (2025-2026). Además, es
coeditora del libro La maternidad y
sus vicisitudes hoy (2006). Investiga y
publica sobre temas de maternidad y
vínculo temprano.
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Abstract: This article examines racial and ethnic discrimination in
Latin America as an expression of structural violence and a cultural
symptom with profound psychic implications. From a psychoanalytic
perspective, it distinguishes between benign discrimination—a cons-
titutive operation of the ego that enables dierentiation and the re-
cognition of alterity—and malignant discrimination, linked to nar-
cissistic positions that dehumanize the other and erode mutuality.
Drawing on authors such as Silvia Bleichmar, Donald Winnicott, and
Jessica Benjamin, the text argues that the capacity to sustain the ten-
sion between dependence and autonomy is central to intersubjecti-
ve recognition. When this capacity fails, dynamics of domination and
submission emerge, associated with the death drive and reinforced
by colonial legacies and transgenerational unconscious pacts. Social
discrimination thus appears as a defense against the unconscious
fear of identity loss. The article proposes that reparation requires
historicizing collective traumas, acknowledging harm, and fostering
conditions for mutual recognition. Finally, it highlights the role of
psychoanalysis in transforming social bonds, orienting them toward
more elaborated, symbolic, and reparative forms.
Keywords:Recognition; Narcissism; Alterity; Death drive; Transgene-
rational transmission.
La discriminación racial y étnica en América Latina constituye una
forma de violencia estructural y simbólica con profundas consecuencias
psíquicas y relacionales. Desde la colonia se establecieron desigualdades,
tensiones y enfrentamientos sociales que persisten hasta hoy bajo la for-
ma de prejuicios y discursos sustentados en la desvalorización de lo indí-
gena y lo mestizo. Estos legitiman relaciones de dominio y sometimiento
sobre amplios sectores de la población, desconociendo derechos funda-
mentales y necesidades que dignican la vida humana.
En psicoanálisis, el concepto de discriminación admite una doble
acepción. Puede comprenderse en sus aspectos benignos, como opera-
ción intersubjetiva vinculada al desarrollo y la diferenciación; o en sus as-
pectos malignos, como resultado de posiciones narcisistas que niegan la
humanidad del otro.
En este marco, Silvia Bleichmar (2002) dene la discriminación be-
nigna como una operación psíquica fundante en la estructuración del yo,
cuya función es delimitar fronteras entre lo propio y lo ajeno, tanto en lo
corporal como en lo mental. Aunque contiene elementos agresivos, res-
ponde a un proceso normal del desarrollo, necesario para la constitución
de la identidad y el acceso a la capacidad simbólica. Tal como señala Win-
nicott (1971) respecto al uso del objeto, el niño debe poner a prueba a
nivel de fantasía su capacidad destructiva para comprobar que el objeto
sobrevive y permanece inalterado: “El objeto ha de sobrevivir a la destruc-
ción para poder ser usado”. Este proceso facilita la diferenciación, en tan-
to el reconocimiento de la alteridad implica tolerar la frustración y aceptar
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la realidad externa. Supone elaborar elementos narcisistas, desplegar la
capacidad de mentalización y abrirse al establecimiento de vínculos em-
páticos, siempre que existan vínculos sucientemente presentes y conte-
nedores. En este sentido, la discriminación benigna constituye un logro
del desarrollo, ligado a la función objetalizante de la libido (Green, 1990).
Los desarrollos teóricos y clínicos contemporáneos han enfatizado
el análisis de las organizaciones psíquicas limítrofes para describir y com-
prender la complejidad afectiva que se juega en los procesos de separa-
ción y diferenciación. En este sentido, Joyce McDougall (1985) entiende
la experiencia del reconocimiento de la alteridad como el primer trauma
que debe afrontar el sujeto en su relación con el objeto. El reconocimien-
to, como describen también Melanie Klein(1987) y Jessica Benjamin (1995),
implica atravesar tensiones: el yo debe renunciar a deseos y fantasías om-
nipotentes de posesión exclusiva, al mismo tiempo que se arma en su
individualidad. La subjetividad surge precisamente en la oscilación entre
dependencia y autonomía. En términos intersubjetivos, la discriminación
benigna se halla promovida por la función de Eros, que permite ver al otro
como agente de deseo, diferencia y valor.
La consideración de la tensión en la relación con el otro constituye
una dimensión central en psicoanálisis, pues permite diferenciar dinámi-
cas intersubjetivas saludables de aquellas propias de las neurosis y pato-
logías graves. Según Benjamin, cuando se rompe esa tensión se quiebra
la mutualidad, dando lugar a dinámicas de intolerancia a la diferencia y a
la ambigüedad. El otro deja de ser reconocido como sujeto de deseos y
derechos, y pasa a ser percibido como amenaza: portador de lo siniestro
(Freud, 1919) o de lo extranjero (Kristeva, 1988). De este modo, se lo redu-
ce a objeto, negándole la posibilidad de pensar o articular una narrativa
propia. Se establece así una dinámica de dominio y sumisión, donde la
exclusión y la desvalorización se naturalizan. Benjamin (2020) conceptua-
liza esta lógica como “el que hace y a quien le hacen”, propia de sistemas
autoritarios, en los que se ejerce una discriminación maligna asociada a la
pulsión de muerte, cuyo n es degradar y negar al otro, deshumanizándo-
lo. Para André Green (1990), tal actitud se sostiene en una racionalización
que evita la culpa mediante discursos que justican la agresión proyecta-
da sobre el otro.
En el plano clínico, la discriminación maligna revela fallas de inte-
gración psíquica que limitan la elaboración de lo traumático inherente a la
confrontación con la diferencia. El desprecio por el otro puede entenderse
como defensa de un yo frágil, que se siente amenazado en su integridad
y necesita atacarlo para preservar su identidad. Desde una posición de
poder, logra imponer su ideología y conservar privilegios, pero al mismo
tiempo empobrece la dinámica intersubjetiva, impidiendo un verdadero
intercambio afectivo y mental. De este modo, aunque refuerza su posi-
ción narcisista, queda atrapado en un sufrimiento subjetivo ligado a la
rigidez defensiva.
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La conceptualización de las organizaciones limítrofes ofrece claves
para comprender los fenómenos de discriminación social. Las diferencias
de cultura, clase y raza tienden a vivirse como perturbadoras, generando
reacciones de rechazo y denigración hacia lo que representa al otro: fe-
notipo, saberes, creencias o tradiciones. El grupo dominante erige muros
simbólicos que separan a quienes considera inferiores, peligrosos, primi-
tivos o inmorales. La discriminación social se congura así como un acto
violento e irracional, impulsado por la necesidad de proteger fantasías de
pureza y superioridad, y por el miedo a perder identidad.
En el contexto latinoamericano, la dinámica colonial y poscolonial
ha generado tensiones sociales profundas. Desde los inicios, indígenas
y afrodescendientes fueron situados en la posición de objeto abyecto
(Kristeva, 1988), reconocidos únicamente bajo la condición de inferiori-
dad y servidumbre, pues el trato igualitario amenazaba con desestabilizar
el orden simbólico dominante. Así, la cultura andina fue colectivamente
percibida como arcaica, impura o peligrosa, y excluida del campo social
legítimo.
No obstante, pese a la fuerza discriminatoria, la convivencia social
propició el mestizaje entre indígenas, europeos y afrodescendientes, dan-
do origen a una gran variedad de castas, cuyo estatus estuvo determina-
do tanto por la posición económica como por el origen racial y étnico. Al
escritor peruano Ricardo Palma se le atribuye la frase: “El que no tiene de
inga, tiene de mandinga”, expresión que reeja el carácter mestizo de los
peruanos. Hoy, el mestizaje y la fusión cultural denen buena parte de
nuestra identidad.
Sin embargo, la confrontación con lo diferente sigue generando
tensión y desconanza. Puede pensarse que detrás de ello subyace el te-
mor a reconocer que ese otro devaluado no es tan ajeno. Freud (1919)
entendía lo siniestro como lo reprimido que retorna y amenaza con re-
velarse. En este sentido, la discriminación sería un mecanismo defensivo
frente al miedo a convertirse en ese otro denigrado, lo que pondría en
riesgo la seguridad del sistema jerárquico. Las prácticas discriminatorias
pueden así comprenderse como un modo de negar la extranjería interna
y el propio origen mestizo. La historiadora Cecilia Méndez (2014) señala
la necesidad de mirarnos a nosotros mismos y reconocer que lo negativo
que criticamos no solo pertenece a una élite lejana o a un pasado bárba-
ro, sino también a nosotros.
En América Latina, la discriminación maligna se ha cristalizado des-
de la colonia hasta la actualidad, pese a esfuerzos por reivindicar culturas
originarias. El movimiento indigenista, promovido por élites intelectuales,
expuso en el arte y la literatura la realidad indígena, pero no logró asentar
un discurso que facilitara la elaboración psíquica de las heridas narcisis-
tas. Desde una perspectiva transgeneracional, se observa la inscripción
inconsciente de traumas y conictos no elaborados que se transmiten de
generación en generación. René Kaës (2006) denomina a este fenómeno
pacto inconsciente intergeneracional, que perpetúa dinámicas intersubje-
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tivas naturalizadas y determina posiciones en los vínculos, tanto íntimos
como colectivos. Así, hasta hoy se reproducen modos de relación que pri-
vilegian a unos y excluyen a otros, según el origen, la clase social o el lugar
de residencia.
La discriminación, más que un hecho social, puede entenderse
como síntoma cultural de un funcionamiento primario que genera angus-
tia y tensión en quien discrimina y en quien es discriminado. El primero se
siente obligado a proteger su identidad mediante distancia e indiferencia
frente a un sistema violento que no quiere reconocer; el segundo sufre la
negación de su subjetividad y dignidad. Tal como en la clínica el paciente
requiere narrar su historia para elaborar sus traumas, a nivel social es ne-
cesario historizar los acontecimientos y reconocer los hechos traumáticos
inscritos en la subjetividad colectiva. Winnicott (1963) subraya la impor-
tancia de un medio que reconozca el dolor psíquico en la elaboración de
lo traumático y advierte que la falta de reconocimiento conduce al encap-
sulamiento de experiencias ligadas al “derrumbe de la conabilidad”.
En América Latina enfrentamos cotidianamente desigualdades y
opresiones que sostienen un sistema servil y precario. La ética del reco-
nocimiento exige dar voz al dolor silenciado de los oprimidos y asumir,
desde quienes ocupan posiciones de poder, el reconocimiento del daño
inigido. La reparación solo es posible cuando se explicita la injusticia.
La propuesta del reconocimiento mutuo de Jessica Benjamin invita
a desarticular la verticalidad de las relaciones para construir un proyecto
social inclusivo, capaz de convivir e interactuar con la diferencia, validan-
do la individualidad del otro en su historia, cultura, raza y tradiciones. La
coexistencia de múltiples culturas constituye un desafío: no se trata de
eliminar la tensión de la diferencia, sino de sostenerla y aprender de ella,
reconociendo en las cosmovisiones ajenas conocimientos y valores que
pueden enriquecer la propia cultura.
El psicoanálisis tiene el desafío de participar en el debate interdisci-
plinario, visibilizando las formas patológicas que sustentan relaciones de
poder y proponiendo transformaciones que conviertan la discriminación
maligna en modos más elaborados y menos destructivos de relación. Al
mismo tiempo, debe mostrar cómo el enfrentamiento social empobrece
la vida colectiva y, cuando no se elabora, puede estallar en violencia, como
ocurrió con movimientos terroristas en la región. La permanencia de la
discriminación maligna es, en este sentido, una bomba de tiempo.
Los aportes psicoanalíticos apuntan a crear conciencia sobre la
importancia de reconocer al otro como sujeto psíquico pleno, valioso y
complejo, expresión de Eros en el cuidado de la vida. Escuchar sus voces
y relatos abre la posibilidad de discursos reparadores y acciones sublima-
torias que no nieguen el pasado. Un psicoanálisis latinoamericano con-
temporáneo debería profundizar en el conocimiento de las poblaciones
que conforman nuestra sociedad y generar dispositivos de investigación e
intervención que amplíen su alcance hacia sectores sociales marginados.
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En esta línea, iniciativas como la del Instituto Intercambio, que pro-
mueve la inclusión de becarios de provincias en su sistema de formación
de psicoterapeutas, representa un paso hacia el reconocimiento mutuo.
El intercambio de experiencias entre candidatos de contextos diversos
amplía la comprensión de la convivencia con diferencias culturales y so-
cioeconómicas, y muestra cómo el encuentro con lo diverso puede enri-
quecer, facilitar la elaboración de duelos y abrir la imaginación hacia polí-
ticas transformadoras.
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